Por Fabrice Hadjadj
Últimamente, estoy anunciando a mi alrededor que nos vamos de Suiza y que, en lugar de regresar a Francia –como estaba previsto– nos mudaremos a España con toda la familia (tenemos diez hijos y ninguno de nosotros habla aún español), nuestros amigos franceses nos miran con sorpresa. Su sonrisa, ligeramente tensa, deja entrever una mezcla de duda y entusiasmo… Y es que, en Francia, para hablar de un proyecto irrealizable, se dice que vamos a “Construir castillos en España”. En España, la expresión no responde a una fórmula simétrica, no se habla de “Construir castillos en Francia”, se utiliza una expresión más precisa que carece de tierra: “Construir castillos en el aire”.
Nuestra mudanza suena a los oídos franceses como una especie de salto al vacío. ¿Quién es aquí nuestro modelo, don Quijote o san Ignacio? ¿Cuál es nuestro motor: un arrebato de locura o el llamado de una sabiduría superior? ¿Estaré escuchando la voz de Dios, como Abraham, o atravesando la crisis de los cincuenta? A decir verdad, no lo sé. Y debo desmentir tanto a quienes nos consideran heroicos como a los que nos juzgan de insensatos. En primer lugar, mudarse con una familia numerosa no es tan difícil, ya que, aunque lo hagamos con la lentitud de una tortuga, nos llevamos la casa a cuestas. Luego, lo que nos está sucediendo a nosotros es a la vez muy grande y muy sencillo, y se expresa con la frase más banal, aunque a la vez la más cargada de misterio: “¡Así es la vida!”.
Porque la vida es una misión imposible desde la primera brizna de hierba. ¿Por qué la hierba yergue como un dedo que señala las nubes? ¿Por qué afirma su verdor, si está destinada a amarillear, secarse y desaparecer? En su obstinación loca y ordinaria, ese brote de hierba es ya palabra de Dios. Se dirige a nosotros tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento (Salmo 102, 15; 1 Pedro 1, 24): “Toda carne es como hierba…”. Esta comparación anuncia que la vida no sólo es fugaz, sino también injustificable, salvo por la palabra del Señor, que permanece para siempre…
“Lo que nos está sucediendo a nosotros es a la vez muy grande y muy sencillo, y se expresa con la frase más banal, aunque a la vez la más cargada de misterio: “¡Así es la vida!”
El universo no da razón de la vida de ninguna manera. Según la física contemporánea, la vida surge como por azar, en un pequeño paréntesis. Y, sin embargo, está ahí, esperando… contra toda esperanza (Rom 4,18). Esto lo dice san Pablo de Abraham, pero la esperanza ya había comenzado desde la primera brizna de hierba. Toda vida es un sueño –esto no vale sólo para el Segismundo de Calderón– y un sueño del más allá. La brizna de hierba ya está en una misión, llamada a este mundo por lo que no es de este mundo. Es ya símbolo del apóstol, enviado por otro (su Creador), con otros (el sol, la tierra, la lluvia…), para otros (las vacas, las ovejas…).
Así pues, lo dicho: nos venimos con la familia a España para crear un instituto universitario, de vida en comunidad, similar al que dirigí en Suiza, para que, en un mundo cada vez más virtual, los jóvenes puedan, a través de la filosofía y del trabajo manual, del teatro y de la Misa, reencontrar el espíritu reconociendo su cuerpo. (El instituto se llamará Incarnatus, y pretende seguir al Mesías que era carpintero durante la semana y cantor de la Palabra en el sabbat). Lo que nos sucede a nosotros, sin embargo, no es más grande que lo que hace quien sigue levantándose cada mañana a trabajar, a bendecir y a animar a cuantos encuentra, con la ingenuidad y la perseverancia de la brizna de hierba, cuyas raíces se hunden en la tierra, pero ya indica un castillo en el cielo, ese castillo interior donde quiere vivir Aquel que da la esperanza y la audacia de acoger y dar la vida hasta el final.



El filósofo francés Fabrice Hadjadj y su esposa, la artista Siffreine Michel, durante la recepción de bienvenida a España. Fotografías: Ivan W. Jaques
Artículo publicado en la edición número 76 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





