Por Javier de Cendra
Decano de la Facultad de Derecho, Empresa y Gobierno de la UFV
Artículo publicado en la edición número 73 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.
Para los que peinamos canas es posible que nos parezca algo natural y tendamos a quitarle importancia. Es el ciclo de la vida, de las estaciones, del ocio y del negocio, siempre girando, casi siempre igual. Para los hijos, en cambio, el componente de novedad es mucho más importante, pues pasan de curso, quizás de la ESO a Bachillerato, de Bachillerato a la Universidad, o quizás al mundo del trabajo. ¡Eso sí que es un cambio significativo que hay que aprender a acompañar como padres!
Si miramos más allá de los sentimientos, percepciones y emociones que naturalmente brotan y nos tomamos el tiempo para ir a lo profundo del corazón, de la inteligencia y de la libertad, descubrimos que el inicio de un nuevo curso es un momento con un potencial enorme de sentido. En La explosión de la soledad, de Erik Varden, el autor hace referencia a una frase que san Antonio Abad, Padre del Desierto, pronunciaba cada día: “Hoy comienzo de nuevo”. Con esto quería decir que hay que vivir cada día como si fuera el último; sólo así podemos dar lo mejor de nosotros, amar a los demás sin límites, comprender sin límites, perdonar sin límites, como nos exhorta san Pablo en el capítulo 12 de la Primera Carta a los Corintios. Si esto es válido para todos los días, todavía más para aquellos que separan un tiempo de otro, como los que separan las vacaciones del colegio o del trabajo. Josef Pieper, en El ocio y la vida intelectual, nos recuerda que la palabra «negocio» etimológicamente se contrapone al ocio, y que este último es fundamento de cualquier cultura verdaderamente humana, que tiene su origen en la fiesta. Para nosotros los católicos, la fiesta por excelencia es el Domingo. Las vacaciones son un regalo que, bien aprovechado, nos invitan a gozar por anticipado de la fiesta eterna que viviremos en el Cielo, junto a Dios y todos los que han acogido su voluntad y le han entregado su corazón, su mente y sus manos en esta vida.
“Si comprendemos el ocio como la anticipación de la fiesta del Cielo, acogeremos el paso del ocio al negocio con ilusión y esperanza”
Vivir bien las vacaciones no es fácil, pero es muy importante, porque si aprendemos a disfrutar del tiempo de ocio, también disfrutaremos el tiempo para el negocio. El principal riesgo en ambos casos es caer en el activismo: para el verano nos proponemos planes ambiciosos, llenos de viajes, actividades exóticas, lecturas profundas, y comprobamos al poco tiempo que el tiempo de vacaciones era demasiado corto, ha pasado rápido y lo hemos aprovechado poco. En cambio, si hemos comprendido bien el significado del ocio como anticipación de la fiesta del Cielo, y nos hemos preparado adecuadamente para disfrutarlo, acogeremos el paso del ocio al negocio con ilusión y esperanza, incluso si sentimos una cierta pereza.
Al crear al hombre, Dios nos dio una misión: “Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven sobre la tierra”. El trabajo, cuando responde a esta llamada del Creador, es participación en la vida divina, fuente de sentido, antesala del Cielo. Ocio y negocio son conceptos complementarios en la lógica del amor y se requieren mutuamente. Tras unas vacaciones bien vividas en familia, estamos deseando comenzar juntos el nuevo curso, ayudándonos para vivirlo a lo grande.
Artículo publicado en la edición número 73 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





