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Parto

El parto: de la muerte a la vida

El amor reside a treinta centímetros de distancia, en el fondo de tus pequeños ojos clavados en los míos. Eres precioso, perfecto. Estoy exhausta y feliz. Estás aquí, después de todo. El viaje ha sido duro y hermoso: he llegado más allá de lo que me creía capaz, he cruzado los límites de mis miedos, he traspasado el umbral más alto del dolor… No me he resistido: he muerto y he vuelto a la vida. ¡Y qué vida! La mía, completamente nueva, ha tocado el Cielo; la tuya, incipiente, acaba de abrirse paso desde lo profundo de mis entrañas.

Por Isis Barajas (www.mujeresteniamosqueser.com)
Ilustración: María Olguín

Artículo publicado en la edición número 70 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

El parto es un acontecimiento de una intensidad desbordante. El cuerpo de la mujer ha sido diseñado de un modo tan admirable que en ese cóctel de hormonas que dirige el parto natural hay un lenguaje que habla de la belleza de la vida y la plenitud a la que estamos llamados.

El origen de todo está, sin duda, en el amor; aquel por el que, nueve meses antes, fue llamada una nueva vida a la existencia. De hecho, la hormona que rige las contracciones del parto es la oxitocina, la misma que actúa durante el encuentro sexual. El nacimiento es el desenlace de esa unión esponsal de los padres, de un amor primero que ahora se ve encarnado en el hijo.

Nada es al azar. El parto, como el acto sexual, necesita de intimidad, confianza y seguridad. No en vano, las investigaciones sobre la fisiología del parto natural confirman que a medida que aumenta la intensidad de las contracciones, –si el ambiente es propicio, la mujer está en calma y otras sustancias sintéticas no interfieren– aumentan también unos opiáceos naturales (las endorfinas) que contribuyen a hacer más llevadero el dolor. Cuanto más nos resistimos al dolor, mayor es el sufrimiento. Pero en la vida, como en el parto, cuando nos rendimos y nos entregamos, sumergiéndonos en cada ola que sube y baja, mayor es el consuelo, el alivio, y finalmente el gozo.

Tras la fase de dilatación, justo antes del nacimiento, la mayoría de mujeres que dan a luz sin anestesia tienen una breve pero profunda experiencia de muerte, de no poder más, de sentir que se van a partir en dos. La doctora Ibone Olza explica en Parir (Vergara, 2017) que el parto es  “un viaje interior”:  “Siempre hay un punto en el que eres tú y tu dolor, tú frente a tus miedos, tú frente a tus ganas de escapar, tú frente a tu dificultad para dejarte llevar, para dejar de controlar, para abandonarte y confiar”. 

“A través del parto, Dios ha permitido a la mujer acariciar el misterio de la redención de Cristo a través de la cruz”

Esa dificultad para confiar y no saber que lo que sentía era normal me ha llevado a pedir la epidural en la mayoría de mis partos. Sin embargo, fue revelador para mí saber que el  “no poder más”  era transitorio y que cumplía una función en el nacimiento. El doctor Michel Odent explica que ese “miedo fisiológico” al final del parto provoca que la mujer segregue altos niveles de adrenalina, la hormona responsable del reflejo de eyección fetal necesario para empujar al bebé hacia el exterior.

Esta fortísima experiencia nos lleva a una indescriptible sensación de logro y plenitud cuando por fin nos encontramos con nuestro pequeño. Con el nacimiento, los cerebros de madre e hijo quedan bañados por altísimos niveles de oxitocina y endorfinas que, según explica Olza, “facilitan la experiencia amorosa”. “Parece obvio que lo que ha previsto la naturaleza es que las mujeres salgan del parto sintiéndose poderosas, capaces, fuertes y enamoradas de sus bebés… Y que los bebés lleguen esperando ser amados y listos para amar”, añade.

A través del parto, Dios ha permitido a la mujer acariciar de algún modo el misterio de la redención de Cristo a través de la cruz. La vida plena aflora del sacrificio por amor. 

Y es que solo disminuyendo, rindiéndonos y entregándonos se puede generar vida. La mujer muere para que se dé a través de ella una nueva vida y, a su vez, ella también alcanza la plenitud gozosa en la promesa del hijo. Es un misterio que apenas puedo comprender, pero sí, desde luego, admirar y agradecer.     

Artículo publicado en la edición número 70 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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