Emociones: mírate por dentro y mejora tu vida

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Por Marta Peñalver

Por José Antonio Méndez

Los problemas de salud emocional se ha multiplicado en las últimas décadas, y no solo por la pandemia. Los expertos alertan de que la mala gestión de nuestras emociones está estrechamente relacionada con numerosas enfermedades, y con demoledores fenómenos sociales que van desde el alto número de divorcios hasta el incremento de suicidios. ¿Cuál es la raíz de este problema? Y sobre todo, ¿qué solución hay?

Con 23 años, Kendall Jenner se coronó en 2019 como la top model mejor pagada del mundo, con ganancias superiores a los 40 millones de dólares. Además de su trabajo de pasarela, como integrante del clan Kardashian protagoniza un reality sobre su familia que lleva emitiéndose 20 temporadas, con una audiencia de millones de personas en todo el mundo. Ha sido descrita como una de las personas más influyentes de su generación, y no es extraño, pues solo en Instagram cuenta con 165 millones de seguidores (tanto como la suma de las poblaciones de España, Argentina y Tailandia juntas), que se deleitan con sus portadas para Vogue o Elle, sus posados para Valentino o Chanel, y sus fotos con celebs como Justin Bieber o Rosalía.

Pero a pesar de que tiene dinero, fama, reconocimiento profesional y un físico portentoso, hace pocas semanas Kendall Jenner revelaba que padece severos problemas de ansiedad. “Tengo una vida privilegiada, pero sigo teniendo un cerebro que a veces no es feliz; hay momentos en los que me cuesta respirar, estoy sobrecargada y siento que pierdo el control”, confesaba para Vogue. De forma instantánea, sus declaraciones fueron replicadas por medios de todo el globo, que agradecían su testimonio como altavoz de los problemas de bienestar emocional que afectan cada vez a más personas y que son, a juicio de los expertos, una epidemia silenciosa, creciente y más peligrosa de lo que parece. Como sintetizaba un usuario en redes sociales: “Si esto le pasa incluso a Kendall Jenner, ¿cómo no nos va a pasar al resto?”.

Una epidemia silenciosa

“En los últimos 20 años, el incremento de consumo de psicofármacos ha sido exponencial en España. Ya antes de la pandemia, éramos el segundo país europeo con mayor consumo de ansiolíticos, el cuarto en consumo de antidepresivos y el sexto en hipnóticos y sedantes; el 11 % de la población española consumía de modo habitual ansiolíticos y casi el 6 %, antidepresivos. Y si añadimos a quienes los toman de modo ocasional, podemos hablar del doble”, explica para Misión Xosé Manuel Domínguez Prieto, director del Instituto da Familia de Ourense.
Unos números que el coronavirus ha multiplicado aún más. Un ejemplo: la aseguradora médica Sanitas acaba de publicar su Estudio de Bienestar Emocional, en el que señala que en 2020 realizó más de 55.000 videoconsultas de psicología, lo que supone multiplicar por 17 las de 2019. Además, mientras que en enero y febrero de 2020 (antes de la pandemia), registró 800 consultas digitales de psicología, en los mismos meses de 2021 contabilizó 15.800: un incremento del 1975 %.

Y no se trata solo de fatiga pandémica –el hartazgo que nos generan las dificultades ocasionadas por el coronavirus–, sino que al analizar diversos indicadores relativos a la ansiedad, el estrés, la sensación de vacío existencial, las heridas afectivas, las reacciones de pérdida de control, las dependencias emocionales o la depresión, “se muestra claramente que estamos ante una situación social de mayor sufrimiento y debilidad personal que hace unas décadas”, constata Domínguez Prieto, experto en acompañamiento familiar con 30 años de experiencia, autor de 52 libros sobre familia, salud emocional y problemas afectivos, y doctor en Filosofía.

Una vida que hace sufrir

Entonces, ¿cuál es la causa de que justo en una época dominada por el emotivismo estemos perdidos en nuestro propio laberinto emocional?

La doctora Isabel Rojas Estapé, psicóloga clínica y especialista en salud emocional del Instituto Español de Investigaciones Psiquiátricas (IEIP), explica que “cada vez hay más conciencia de la importancia del mundo emocional, pero, a la vez, vivimos en una sociedad muy relativista, que niega que haya valores y comportamientos malos o buenos por sí mismos, ni un camino válido por el que encauzarse, ni la necesidad de crear un proyecto de vida con un horizonte estable, trascendente y realista. Ese pensamiento hace muy difícil que la persona viva con madurez y acaba convirtiéndola en esclava de sí misma: de sus emociones, apetencias, heridas… Y eso hace sufrir muchísimo”.

Cabeza y corazón

Isabel Rojas Estapé, que trabaja codo a codo junto a su hermana Marian y su padre, el célebre psiquiatra Enrique Rojas, señala que “lo que veo en consulta es que las pantallas, y especialmente las series y los programas de entretenimiento, se han convertido en nuestros grandes educadores; y casi el cien por cien de las series o shows nos trasladan ideas sobre el amor, la sexualidad, el dinero, la fidelidad, la familia, el éxito o el trabajo, basadas en unos patrones que, al llevarlos a la realidad, no pueden hacer feliz a nadie”.

Algo parecido, constata, se da con la influencia de instagramers, tiktokers, youtubers, etc., “que están generando un modo de vida y una cultura social (incluso entre quienes no usan estas redes) en los que priman la apariencia física, reducen lo emocional a la pura apetencia y al sentimentalismo, rehúyen de la introspección y del conocimiento de uno mismo, y entienden el éxito como fama y dinero”. Es decir, “una cultura vital que separa la razón de la emoción, la cabeza del corazón, y que por tanto rompe a la persona. Es lo que ocurre hoy: personas infelices en el trabajo, que no se conocen a sí mismos, y que son incapaces de expresar y gobernar su vida emocional”, asegura la psicóloga del IEIP.

Cómo tomar las riendas

Esta situación “está estrechamente vinculada a fenómenos que nos destrozan, como adicciones al trabajo o al porno, el alto número de rupturas matrimoniales, los desórdenes sentimentales, conductas compulsivas”, y hasta el número de depresiones y suicidios, confirma Isabel Rojas.

Por eso, tomar las riendas de nuestras emociones para aprender a canalizarlas es cada vez más necesario. Rojas Estapé da pautas para lograr una buena salud emocional: “Lo primero es identificar la emoción. Si estás rabioso, triste… tienes que saber qué te pasa, no dejarte llevar. Lo segundo es ponerle nombre para saber qué emoción es (ira, decepción, miedo…) y que no sea solo ‘estoy mal’. Lo tercero es preguntarte por qué te afectan así las cosas, explicar tu emoción. Lo siguiente es ponerte en la tesitura del otro, pensar en por qué quien me hiere o me descontrola hace lo que hace. Y, por último y sobre todo, darle la importancia justa a las cosas que te ocurren, que te dicen o que piensas, sin minusvalorar el impacto que generan en ti, pero sin dramatizar. Quien pondera bien, anda ligero y firme por la vida; el que se lo toma todo a pecho sufre enormemente”.

Y concluye: “La salud emocional es la gran asignatura pendiente de hoy. Dedicamos horas al deporte, a las redes, a la estética… y descuidamos la salud emocional. No hace falta estar roto para buscar ayuda y formación. Basta con que nos preguntemos: ¿qué puedo hacer para mejorar como persona, para ser más positivo o estable, para ponerme en la piel del otro, para expresarme en momentos malos sin perder los papeles, para reconocer los estados físicos que me hacen saltar, para aceptar mi debilidad…? Porque para ser feliz y tener salud emocional, lo primero es conocerme, después, comprenderme, y luego aceptarme para, por último, poder superarme y ser cada vez más parecido a lo que Dios quiere de mí”.

Frenar enfermedades con “personas vitamina”

“La inteligencia emocional es la base y el fundamento para la salud física y psicológica global de una persona”, explica la psicóloga Isabel Rojas Estapé. De hecho, según indica la experta en gestión emocional, “es mucho más importante la salud psicológica que la física, porque si tu cabeza, tus emociones, tus conductas y tus relaciones no van acompasadas, te rompes físicamente y aparecen enfermedades neurológicas, estomacales, dermatológicas, musculares…incluso se ha demostrado la relación entre situaciones emocionales de gran impacto y cánceres como el de mama, a causa del incremento del cortisol, la hormona del estrés”. “Por el contrario, aunque tengas problemas físicos graves, si tienes salud psicológica y emocional, serás capaz de ser feliz, vivir bien una enfermedad, e incluso mejorarla de forma decisiva”, explica.

Por ese motivo, Rojas Estapé recomienda rodearse –y convertirse– en “persona vitamina”: “aquella que sabe sacar lo positivo de cada momento y circunstancia, reconducir y mejorar, e influir positivamente en su entorno”. Porque “la felicidad –explica Rojas Estapé, que justamente está preparando su tesis doctoral sobre la felicidad– no depende tanto de una serie de barómetros, como del enfoque que seas capaz de darle a cada situación”. “Muchas veces necesitamos ayuda para encauzar nuestras emociones y convertirnos en persona vitamina. Pero, al lograrlo, se genera un efecto virtuoso que crea destellos de luz: al vivir de forma positiva, tu círculo se impregna de buen ambiente, y se da la emulación, que no es envidia, sino querer ser mejor a ejemplo de otros», indica. Y añade: “De que uno cree buen ambiente y sea empático puede depender que los de alrededor quieran ser más agradables, más optimistas, más generosos, menos competitivos…”. Eso sí, “si tu visión de la vida es muy horizontal, te hundes. Para ser persona vitamina, hace falta mirar hacia arriba, al Cielo, elevar la mirada”, concluye.

¿Qué es la sanación espiritual?

“Ni el terapeuta ni el acompañante nos sanan. Su papel es ser medios de sanación, pero pretender que el terapeuta, el psicólogo o el coach nos sanen es una especie de chamanismo”, explica Xosé Manuel Domínguez Prieto, experto en acompañamiento familiar y director del Instituto da Familia de Ourense. “Y tampoco la persona se sana a sí misma desde sus fuerzas –añade–. La persona herida es sanada. Y toda sanación, si es integral, si es profunda, procede de la dimensión espiritual de la persona”. Porque para sanar, reconducir y equilibrar nuestra dimensión afectiva y emocional no hace falta solo un cambio de mentalidad (la metanoia), sino también un cambio más profundo: un cambio de corazón (la metacardia). “La sanación –explica Domínguez– ocurre en el corazón, en el interior. Pero no es la persona la que se sana a sí misma. Es el Espíritu que da vida el que vivifica el corazón y restaura a la persona, poco a poco, a su imagen originaria. Esta sanación espiritual restaura a la persona y le permite su plenitud, su apertura a sí misma, a los otros y a Dios, restablece su sentido y libera su capacidad de amar”. Por eso, “quien acompaña a alguien herido debe promover el despertar y el crecimiento espiritual del acompañado, que es la clave de toda sanación afectiva”, señala. Para lograrlo, “hay un camino que comienza con experiencias (silencio, meditación, oración, contacto con personas de alto voltaje espiritual…) que conducen al (re)descubrimiento de la propia llamada, de lo valioso, de la trascendencia y de la autotrascendencia. Y en este despertar espiritual, que puede ser preámbulo de un despertar religioso, es donde puede ocurrir la metacardia, el cambio de vida”.

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