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Por qué queremos seguir siendo humanos

La ciencia y la tecnología han avanzado más en los últimos 50 años que en toda la historia de la humanidad. Sin embargo, muchas innovaciones parecen abocarnos a un futuro lleno de sombras. Filósofos, biólogos y expertos en transhumanismo explican por qué progreso no es sinónimo de bienestar, y cuándo oponerse a él.
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Por Marta Peñalver y José Antonio Méndez

Artículo publicado en la edición número 61 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

La bandera que alzan todas las bioideologías para imponerse es la del progreso. La innovación tecnológica y científica, respaldada y financiada por la política y la economía, se presenta como algo inevitable. Y con ella, dicen sus promotores, también será inevitable una nueva forma de concebir el futuro, el planeta y a los propios seres humanos.

En palabras de Nick Bostrom, uno de los grandes postuladores del trans­humanismo –quizás, el movimiento que mejor resume la contracultura bioideológica–, nos encontramos ante “una corriente cultural, intelectual y científica que afirma el deber moral de mejorar las capacidades físicas y cognitivas de la especie humana, y aplicar nuevas tecnologías para eliminar aspectos indeseables e innecesarios de la condición humana, como el sufrimiento, la enfermedad, el envejecimiento o el ser mortales”.

Su retórica puede sonar atractiva, pero ¿el progreso que proponen las bioideologías es realmente bueno e inevitable? El filósofo francés Fabrice Hadjadj ya alertaba en 2017 del mito del progreso, en una conferencia pronunciada en el Vaticano, en la que contraponía progreso frente a desarrollo: “El progreso hace ir hacia donde no se había llegado aún. El desarrollo hace que llegue a su madurez lo que ya existía en estado germinal.

Los progresistas exaltan un progreso autojustificado, bueno en sí mismo y que no se puede detener. Pero cuando no existe una meta, ¿cómo es posible saber si se produce un progreso o un regreso? Y si el progreso es liberación, ¿cómo puede ser algo contra lo que no se puede luchar? Quien es conducido a un destino contra su voluntad, no experimenta un progreso, sino un secuestro. El progreso indefinido ha confesado su verdad: no es un progreso ni un desarrollo humano, sino un intento de abolición de la condición humana, realizado en nombre de una abolición total del mal”.

“¿Este progreso es inevitable? Quien es conducido contra su voluntad no progresa: es secuestrado”

Planteamientos erróneos

Según la doctora Elena Postigo, profesora de Bioética y Antropología de la Universidad Francisco de Vitoria, esta idea del progreso como garantía de bondad no es el único error de las bioideologías.

En primer lugar, su error radica en que todas desean “alterar la naturaleza humana: que dejemos de ser humanos, para ser primero transhumanos, es decir, humanos mejorados física, intelectual y psicológicamente; y luego posthumanos, una especie hipermejorada distinta al Homo Sapiens”. Tal vez suene a ciencia ficción, pero es la idea que está en la base de las prácticas de cambio de sexo, de mejora y selección genética de embriones, de procreación artificial (vientres de alquiler, técnicas in vitro…), o en la creación de híbridos humano-animal con fines presuntamente terapéuticos, como los que ya se han aprobado en Japón.

Postigo señala, además, “su reducción del ser humano a materia, genes y neuronas”, que destierra la visión cristiana del cuerpo y el alma, y toda noción de trascendencia. Un error fruto de su ceguera ideológica, pues, como señala el doctor en Biología Miquel-Àngel Serra, “el ser humano siempre ha intentado mejorar y perfeccionarse, pero si esperamos llegar a un mundo mejor y a una vida más feliz mediante una transformación solo material, sin sentido transcendente, nos vamos a equivocar, porque la dimensión trascendente y religiosa está enraizada en nuestra naturaleza”.

Además, Postigo apunta que se trata también de “corrientes eugenésicas que plantean la eliminación de los embriones humanos con patologías o con discapacidad. No plantea eliminar una enfermedad, sino al enfermo”. De hecho, la biocontracultura extiende esta práctica, a través de la eutanasia, a los adultos enfermos y ancianos, e incluso hay grupos animalistas (una bioideología que afirma la igualdad radical entre humanos y el resto de seres vivos) que proponen experimentar en humanos enfermos antes que en animales sanos.

Queremos ser humanos

Tras bioideologías como el transhumanismo, explica Postigo, hay un deseo de inmortalidad, pero malentendida. Apunta a la perpetuación de la existencia terrenal. “En realidad, esto hace de las bioideologías una creencia pseudorreligiosa, no científica, que promete que la ciencia y la técnica nos salvarán y nos harán felices”, señala.

Y por eso recuerda la necesidad de no dejarse seducir por los planteamientos buenistas de ciertos progresos tecnológicos, y tener valor para luchar contracorriente. “Debemos mostrar cómo sus propuestas suponen un antihumanismo, porque plantean la negación, la superación y hasta la eliminación de la especie humana. En el fondo, buscan crear una especie superior, transhumana y posthumana, para luchar contra la premisa de que somos criaturas de Dios, hechos a su imagen y semejanza. Su negación del espíritu, tanto humano como del Ser Trascendente, o sea, Dios, es un ultimátum definitivo”.

“No seremos más felices con una transformación solo material”

Ante la posibilidad de tener una prótesis o un chip implantado para mejorar nuestras capacidades, ¿dónde está el límite?

“Hay que ver las innovaciones que se plantean, una por una, y valorar si ciertas intervenciones en el cuerpo pueden dañar al ser humano y a su descendencia. También valorar el objeto, la intención y las circunstancias de cada intervención, y sus consecuencias previsibles, por descabelladas que parezcan. No se trata de cerrarse ante el desarrollo científico y técnico, que es fruto de la acción humana y debe servir para el desarrollo y bienestar de las personas y de la humanidad. Se trata de ver si cada intervención salvaguarda la vida, la integridad física y psíquica, la salud, la conciencia, la libertad, la identidad y la justicia”, señala la experta en bioética Elena Postigo.

Y el catedrático en Filosofía de la Ciencia Alfredo Marcos añade otro matiz: “El primer límite debe ser el de la concentración de poder: que cinco empresas norteamericanas (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft) y cuatro chinas (Baidu, Alibaba, Tencent y Xiaoming, tras las cuales está el Partido Comunista), detenten el poder digital y tecnológico, y tengan tantísimo conocimiento sobre nuestros datos, es una imprudencia por parte de la humanidad que debe ser corregida”.

Las mejoras que prometen las bioideologías

Mejoramiento genético: a través de prácticas ya en marcha como la técnica crisper (para la edición genética), la eugenesia (mejora de los rasgos hereditarios mediante intervención y selección de embriones), o el alargamiento de telómeros (para prolongar la vida). También hay propuestas para hacer obligatorios los nacimientos in vitro y la gestación y el parto en un útero artificial, para evitar enfermedades y mortandad materna y neonatal.

Mejoramiento moral: fármacos que controlen el bienestar, que eliminen la agresividad, la timidez…

Mejoramiento cognitivo: nano­tecnología en el cerebro con microchips para ampliar memoria, ampliación de los estímulos sensoriales, conexión cerebral y neuronal con la red de internet…

Mejoramiento afectivo: hormonas para reducir problemas, cambios de sexo o amputaciones para satisfacer deseos subjetivos…

Inmortalidad: a través del volcado de nuestra red cerebral a un ordenador que nos permitiría una vida no física; y a través de la criogenización pre mortem o post mortem. “Algo imposible”, denuncia Postigo.

Artículo publicado en la edición número 61 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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