Rémi Brague

Rémi Brague, “Basta una sola generación para que perdamos la cultura de occidente”

Profesor emérito de la Sorbona y de la Universidad de Múnich, el historiador francés Rémi Brague es considerado uno de los mayores intelectuales europeos del momento. Y también uno de los más críticos contra los intentos de reescribir el pasado y perseguir a quienes se salen del discurso políticamente correcto.

Por José Antonio Méndez / Fotografía: Dani García

Artículo publicado en la edición número 63 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Su tono reflexivo y sereno contrasta con la audacia de sus planteamientos y la rotundidad de sus denuncias. En sus libros y conferencias discute sin titubeos cuestiones como la censura que impone la cultura de la cancelación, el peligro de suprimir el pensamiento clásico, el intento de sustituir el cristianismo por ídolos simpáticos “pero que exigen sacrificios humanos”, los intentos del mercado y del Estado por convertirnos en individuos serviles, o la posibilidad real de perder las virtudes de la civilización occidental. “Nuestra cultura está atrapada en una perversión del sacramento de la penitencia: tenemos confesiones por doquier y queremos que otros se arrepientan y confiesen. Sin embargo, no hay absolución, no existe el perdón, por lo que tampoco existe la esperanza de una nueva vida, ni la voluntad de tomar sus riendas”, decía en su última visita a España con ocasión del xxiii Congreso Católicos y Vida Pública. Y todo, sin perder las formas que aprendió en sus décadas como profesor de Filosofía Medieval en la Sorbona y de Historia del Cristianismo Europeo en la Ludwig Maximilians de Múnich. Hablamos con Rémi Brague.

Afirma que la actual cultura de la cancelación “no es sino la espuma de una ola mucho más grande”, y que “estamos en la última fase (por ahora) de un largo proceso”. Subvertir los principios de una civilización no es algo rápido, ni sencillo, ni casual: tiene que haber alguien con deseo de hacerlo. ¿Quién quiere reescribir la historia para cambiar la cultura occidental?

Muy buena pregunta. Hemos de recordar que la destrucción es más fácil que la creación, porque necesita menos tiempo. Por eso la cultura de la cancelación va tan deprisa. ¿Quién está detrás? Casi estamos ante una de las encarnaciones del demonio Legión del Evangelio, porque tiene múltiples identidades y es difícil apuntar que la situación actual sea culpa solo de uno u otro. Es algo propio de lo que los alemanes llaman el zeitgeist, el espíritu de nuestra época. [Hace un silencio y añade] Encontramos cada vez más dificultad –y es un problema de nuestra sociedad– en admitir que quizás lo que estamos viviendo sea culpa nuestra. Para decirlo en términos teológicos, hemos olvidado que somos pecadores que necesitan redención, y por eso buscamos que la culpa sea de otros. Son términos que han dejado de usarse, pero tal vez tenemos que aceptar que la actual destrucción de la cultura es culpa nuestra.

“La barbarie tiene una ventaja sobre la cultura: basta con dejarse llevar por la corriente”

La cultura de la cancelación, es decir, la revisión del pasado y la censura del pensamiento disidente ante lo políticamente correcto, ¿ponen de verdad en peligro la civilización occidental?

Una cultura es siempre algo frágil. Y es así, simplemente, porque la cultura se transmite consciente e inconscientemente. Conscientemente, a través de las escuelas, e inconscientemente, por lo que enseñamos sin querer a las generaciones que nos siguen. Lo que se transmite de manera consciente y voluntaria es lo que llamamos la cultura superior: la literatura, la música, el cine, las artes… Y también hay muchas cosas que transmitimos sin saberlo, con nuestros gestos, las maneras en la mesa, las formas de cortesía, las conversaciones… Sin embargo, basta una sola generación para que se puedan olvidar todas estas formas de cultura. La destrucción cultural puede ir muy rápido.

¿Y piensa que ese peligro nos acecha hoy?

La barbarie tiene siempre una ventaja sobre la cultura, y es que basta con dejarse llevar por la corriente, mientras que la cultura requiere de un esfuerzo por preservarla. El problema es que somos todos un poco vagos y preferiríamos no tener que trabajar ni tener que hacer esfuerzos para mejorarnos a nosotros mismos. Aprender cosas, al contrario de lo que nos quieren hacer creer algunos, nunca es un juego: requiere trabajo, esfuerzo, y hasta puede resultar desagradable. Creo, por tanto, que el peligro está en que rompamos la transmisión de la cultura occidental.

Rémi Brague
Pero lo que hoy se cuestiona a través de corrientes como la ideología de género, el feminismo, el ecologismo radical, el transhumanismo, el antiespecismo, etc., es toda nuestra visión antropológica y social, es decir, la forma que tenemos de comprender al ser humano y a la sociedad. ¿Sobre qué principios se busca fundar esa cultura alternativa?

Lo que se presenta como la construcción de una nueva civilización no puede basarse sobre otros valores que no sean los tradicionales. Por ejemplo, el objetivo principal de las personas que promueven esas corrientes que me ha citado sería algo así como la justicia y la igualdad total. ¡Pero la exigencia de la justicia es algo tan antiguo como la humanidad! Así que más bien se trata de una especie de parasitismo: las nuevas corrientes cogen un valor que son incapaces de inventarse y le dan un nuevo sentido.

“Las nuevas corrientes toman un valor justo y lo corrompen hasta la perversión”

¿Por ejemplo?

Por ejemplo, cuando hablan de igualdad: no se refieren solo a lo que es efectivamente igual, es decir, la dignidad y los derechos de cada uno, sino que quieren eliminar cualquier diferencia entre sexos, géneros, edades, lenguas, épocas de la historia… Toman un valor justo, como la igualdad, y lo corrompen hasta llevarlo a la perversión. Es lo que los clásicos definían como corruptio optimi pessima, es decir, “la corrupción de los mejores es la peor”. Están pervirtiendo los mejores valores clásicos. Perversión es el término más adecuado, sí.

En Manicomio de verdades (Ed. Encuentro, 2021) asegura que el Estado y el mercado buscan atomizar a la sociedad para convertirnos en individuos aislados y débiles. Y dice que el dique de contención es la familia. Sin embargo, a renglón seguido afirma que la familia no es un fin en sí mismo. ¿A qué se refiere?

A que una familia sirve para permitir que sus hijos la abandonen… preferiblemente para formar una nueva familia. Soy consciente de que hay familias que pesan sobre sus hijos y los privan de su libertad, pero la primera preocupación de lo que podríamos llamar un “padre correcto” es hacer que sus hijos reciban los medios para ser independientes. Hoy hemos de tener mucho cuidado para diferenciar persona e individuo: un individuo, como su nombre indica, es el resultado final de una división, el lugar donde hay que parar de dividir; mientras que una persona es siempre un ser de relación. Una persona tiene padres, eventualmente hermanos, puede tener hijos, tiene amigos, colabora con otros miembros de la sociedad civil, es ciudadano de un Estado… De esto sacamos la conclusión de que el mercado, que quiere convertirnos en un simple consumidor o productor, y el Estado, que querría simplemente que estemos dispuestos a pagar impuestos y, llegado el caso, morir por él, necesitan ser compensados desde la familia. No es que el presidente del país o el jefe de la empresa sean malos, es que es la lógica del sistema, de cómo funcionan el mercado y el Estado. Y si el mercado no se compensa con una política social fuerte, y el Estado no es contrarrestado por una sociedad civil enérgica, llevarán hasta el final su lógica. Eso solo puede evitarse con familias fuertes.

“Tanto el mercado como el Estado necesitan ser compensados con familias fuertes”

Dice que para combatir las lógicas del mercado y del Estado, y para frenar la cultura de la cancelación, las alternativas son conservación y conversación…

Es que son las dos cosas que más nos arriesgamos a perder. Y están muy unidas. Piense en la moda del café filosófico [tertulias sobre corrientes filosóficas e ideológicas actuales], que no sé si existe en España: en el 99 por ciento de los casos, lo que oímos en los cafés filosóficos son banalidades aterradoras y aburridas. Por el contrario, leer a los grandes filósofos pasados es mucho más interesante y original. El objetivo de la conservación es permitir que tengamos una conversación lo más amplia posible. Es mucho más interesante conversar con Platón o con Kant que con cualquiera que nos venga con banalidades. Lo mismo ocurre con la música, la literatura, el arte… Para eso sirve la cultura: para ampliar el número de compañeros de conversación, y de ese modo, ampliar nuestra visión del mundo.

Mirada medieval hacia el pasado

“Desde hace siglos, consideramos la Edad Media como una especie de vertedero de la Historia, pero cuando daba clases en París, me divertía preguntar a mis estudiantes: ‘¿Cómo es posible que en el Medievo se dieran horrores dignos del siglo xx?’. Hoy, lo que podemos aprender de la Edad Media es que nunca se acaba de ahondar en los tesoros de la Antigüedad. La verdadera diferencia en la Historia está entre lo moderno y lo premoderno, y en cierta forma, Antigüedad y Edad Media están en el mismo barco. Hoy vivimos en la posmodernidad, con muchos residuos de la modernidad. Y lo que necesitamos heredar de la Edad Media es su preocupación por la continuidad de lo mejor de la Humanidad. Una continuidad crítica, porque en la Edad Media no se buscaba la ruptura con el pasado. Por eso necesitamos tener una ‘actitud medieval’ hacia el pasado”.

Artículo publicado en la edición número 63 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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