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La transformación del mundo del trabajo reclama de los católicos el humanizar las actividades profesionales y el uso de la tecnología
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Por EditorAdmRev

Por José Antonio Méndez

Cada mes de enero desde 2015, Larry Fink escribe una carta y la publica en la web de su empresa. Probablemente, ni su nombre, ni el de la empresa que fundó y preside, BlackRock, le suenen de nada al lector. Pero si decimos que BlackRock es la mayor gestora de inversiones del mundo, y que este estadounidense de 68 años suele aparecer en listas junto a Bill Gates (Microsoft), Jeff Bezos (Amazon) o Elon Musk (Tesla), se entiende mejor su relevancia.

¿Y de qué habla en sus cartas el hombre del que la BBC ha dicho que “cuando habla, todos escuchan: gobiernos, bancos centrales, multinacionales, inversores y políticos, porque las decisiones que toma impactan directamente en la estabilidad de los mercados, el rumbo de las economías y la vida de las personas”?

Pues, además de cuestiones técnicas y de reclamos (a veces con un tono tan expeditivo que suena a amenaza) para que inversores, directivos y empresarios se impliquen en agendas como la igualdad de género o el cambio climático, Fink destaca una idea: entre los múltiples cambios a los que asiste nuestra generación, uno de los que mayor impacto tendrá en el corto, medio y largo plazo es la transformación del mundo del trabajo. Un cambio histórico a la altura de la Revolución Industrial, que se ha acelerado por la pandemia del coronavirus y que va a impactar de forma drástica en el futuro del mundo… y de nuestra vida.

“La forma en que trabajamos hoy tiene cada vez menos que ver con cómo lo hacíamos hace 20 o 15 años, y dentro de 15, 10 o incluso 5 años, habrá cambiado aún más”, explica para Misión Begoña Sánchez Ramos, presidenta de Across Internacional y del Grupo Alta Eficacia, vocal de la Red Europea de Ética Empresarial y asidua en las listas de mujeres más influyentes de España.

“Lo que ocurre es que, junto a las novedades y retos que vendrán y que ya estamos viviendo, se van a mantener muchos de los desafíos que cualquier persona honesta encuentra en su trabajo. Y especialmente un católico”, apunta Sánchez Ramos, que es Medalla al Mérito en el Trabajo por la Asociación Europea de Economía y Competitividad, y miembro de Cursillos de Cristiandad.

Rehumanizar el trabajo

La realidad corrobora sus palabras. Conceptos de nuevo cuño como “automatización” , “teletrabajo” , “smart work” ,“concentración geográfica”, “inteligencia artificial” o “deslocalización” se repiten ya en documentos de la Unión Europea y del Tesoro Estadounidense, en recientes informes de instituciones independientes como el McKinsey Global Institute, y hasta en los locales de las pymes más modestas.

“Vivimos una nueva revolución, la revolución digital, que supone una nueva visión del ser humano, y una nueva forma de concebir el trabajo y las relaciones humanas, en la cual las máquinas tienen la primacía”, explica Juan de Dios Larrú, director del Departamento de Calidad de la Universidad Eclesiástica San Dámaso y vicedecano de su Facultad de Teología. “Y la tecnología, éticamente, no es buena ni mala, pero puede deshumanizarte. Además, hoy el trabajo es sobre todo individual, para mi realización personal. Así que esta situación nos exige volver a humanizar el trabajo, las relaciones que genera y el primado de la tecnología”, señala este sacerdote de los Discípulos de los Corazones de Jesús y María, que antes de entrar en el seminario fue ingeniero industrial.

Una aportación única

En este contexto, la aportación de los católicos puede ser decisiva para protagonizar un cambio en el modelo laboral, tanto a gran escala como en la distancia corta de una oficina o un de taller. Sobre todo, porque, en una cultura cada vez más poscristiana, ya nadie va a proponer (y a vivir) la visión del ser humano, de la sociedad y de las relaciones personales que nace del Evangelio.

“La sociedad está muy polarizada –expone Sánchez Ramos–, y mientras unos dan por sentado que lo normal es obtener el mayor beneficio a toda costa, otros creen que lo normal es trabajar lo menos posible. Para un cristiano, la principal motivación es otra: buscar lo que Dios quiere que hagas, como Dios quiere que lo hagas, con responsabilidad y generosidad, y poniéndole a Él primero”.

Y tras ese imprescindible paso, esta directiva apunta dos claves para renovar el ámbito laboral: “Primero, ser consciente de los talentos que me ha dado Dios, para sacarles el mayor provecho. Porque esos talentos son un regalo, pero hay que cultivarlos. Y después, preguntarme si mi actividad profesional sirve a los demás, empezando por los que tengo cerca y ampliando la visión. He nacido para servir, siguiendo a Jesucristo, así que la clave es buscar cómo puedo aportar mayor valor a los que me rodean, según mi propia personalidad”.

Y concluye: “Nadie, pero especialmente menos un católico, está llamado a hacer las cosas de forma mediocre. Debemos poner en juego todas nuestras capacidades. Así es como han transformado el mundo los santos: buscan la voluntad de Dios y luego, cada uno con su carisma personal, lo da todo en las tareas cotidianas que llevaban a cabo, con soluciones creativas y generosas que surgen de la apertura al Espíritu Santo”.

Negocios en concepto de escritorio inusual

Retos nuevos… y no tanto

Ahora bien, si responder con creatividad a la revolución del trabajo es un reto, no lo es menos enfrentar con éxito las dificultades y seducciones que ya encuentra cualquier laico en su actividad profesional.

Marisa Delgado, directora de Gestión del Conocimiento en uno de los bufetes de abogados más importantes de España, afirma para Misión que “en el mundo, lo que cuenta generalmente es el éxito, y a veces parece que no importa cómo se consiga. Por eso, las principales tentaciones que se le presentan a un católico en el trabajo son la envidia y la codicia, que nos pueden conducir a tener malas actuaciones y a no tomar las decisiones adecuadas”.

Delgado, que cuenta con casi veinte años de experiencia en algunas de las más prestigiosas firmas del Derecho de los negocios, sabe que contra la también presente tentación de la mediocridad y el cortoplacismo, “la ambición entendida como ganas de superarnos puede inspirarnos para crecer personal y profesionalmente”. Pero recuerda que “es muy importante discernir bien en cada momento qué espera Dios de nosotros, porque muchas veces las ansias de poder y de riqueza, la lucha por un ascenso o por tener el favor del jefe, asociado a la idea del éxito como valor supremo, nos pueden llevar a perder el norte”. Y alerta: “El codicioso o envidioso, sea cual sea su puesto laboral, acaba convirtiéndose en esclavo de esas riquezas, poder o influencia que busca, y termina adaptando su escala de valores para justificar sus conductas”.

Tentaciones de omisión

Aunque tal vez el más peligroso “riesgo laboral” para los católicos sea lo que Marisa Delgado denomina “tentaciones de omisión” y que no es otra cosa que “ocultar nuestra fe en el entorno profesional para no ser señalado, para que no se burlen de ti, o para pasar desapercibido”. Una tentación que la irrupción del teletrabajo puede potenciar aún más.

“Nadie oculta a sus compañeros que ha ido a pasar un fin de semana a la playa o a un curso de montañismo, pero sí que se guarda silencio cuando has ido a una convivencia de la parroquia o a unos ejercicios espirituales”, constata. Y por eso señala que “es importantísimo que aprendamos a normalizar el compartir nuestra vida de fe delante de los compañeros”. Algo que ilustra desde su propia experiencia: “En mi trabajo actual me siento una privilegiada, porque tengo compañeros que han ido a retiros de Emaús, Effetá, Cursillos de Cristiandad, Proyecto Amor Conyugal, que colaboran con Hakuna o en su parroquia… Y nos hemos descubierto a veces tomando un café o en la fotocopiadora, al preguntarnos qué tal el fin de semana o qué planes teníamos para un puente”.

Porque, como concluye Begoña Sánchez Ramos, aunque en el horizonte inmediato o más lejano cambie nuestra forma de trabajar, “el éxito profesional para un cristiano seguirá sin ser el reconocimiento, el tiempo libre o el salario, aunque eso sea necesario y justo, sino buscar la excelencia en lo que haga, sea lo que sea, para dar gloria a Dios con los talentos que Él nos ha dado y servir mejor a los demás”. Y así “podremos crear estructuras laborales y sociales más justas y humanas, generar una cultura del agradecimiento que frene la cultura de la competitividad egoísta y de la queja constante, y responder como cristianos ante los retos del futuro”.

LAS SOFT-SKILLS DEL CATÓLICO   

El experto en innovación y tendencias Gustavo Entrala –asesor de un centenar de marcas de 17 países y consultor del Estado Vaticano y del Gobierno de España entre otros organismos– explica para Misión algunas de las habilidades personales mejor valoradas en el entorno laboral (las llamadas soft-skills) que más se van a necesitar en el futuro, y en las que los católicos pueden tener un protagonismo especial:

1. Paciencia:

“Estamos acostumbrados a conseguir lo que queremos de forma rápida, y a veces en el mercado laboral se puede pensar que los avances también van a llegar igual de rápido. Pero el trabajo requiere mucha paciencia y años de experiencia. Hemos de recordar con humildad, como profesionales y como empresas, que llegar a donde debemos estar en el mercado lleva tiempo”.

2. Calor:

“En muchas empresas a las que asesoro veo un enfriamiento progresivo del ambiente de trabajo y una tendencia en aumento hacia el individualismo. Los cristianos tenemos el reto de dar calor humano a los entornos profesionales. Con buen humor, con detalles de cariño, con afán de servicio para ayudar a otras personas…”.

3. Empatía:

“Toda mejora en la empatía (ponerse en el lugar del otro) es importante. No solo para el católico, pero sí sobre todo para él. Va a ser muy necesaria la humanidad, y quien ha recibido mucho porque tiene una vida inspirada por Dios también puede dar mucho”.

4. Ilusión:

“Es clave poner ilusión y corazón (poner amor) en las cosas que uno hace, incluso en las tareas que te aburren soberanamente. Además, los católicos podemos encontrar motivaciones extras (como ofrecer tareas, convertir una hora de trabajo en oración…)”.

5. Progresión:

“Deberíamos tener una progresión permanente para aprovechar el tiempo, para crear relaciones más fructíferas en los hábitos que nos recuerden al Señor a lo largo del día…”.

6. Lo de siempre:

Más allá de modas y tendencias, siempre va a ser necesario “que uno sea una persona honrada, buena persona y buen profesional. Y que ponga laboriosidad y calidad adicional (esa que no se espera) en su trabajo y en su servicio a los demás».

 

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