Abuelo mirando al cielo

Servando Palacín, superviviente de coronavirus con 106 años: “Mi mujer se llamaba Juana y la echo de menos”

Servando sobrevivió a la gripe española, a la Guerra Civil, y ha pasado el coronavirus sin enterarse. Es uno de los pocos varones mayores de 100 años que hay en España, y explica para Misión que, en la pandemia, lo que más echó en falta fue poder ir a misa.
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Por Israel Remuñán / Fotografía Dani García

Artículo publicado en la edición número 61 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

En 1915 nacía Servando Palacín. Fue en Reinoso de Cerrato, un pueblo de Palencia. Allí, como en casi todos los rincones del país, la llamada gripe española golpeó fuerte. Muchas familias quedaron deshechas y la de Servando no fue menos. Su padre falleció en aquella pandemia, dejándole huérfano con 3 años.

En esa España rural, el campo era la única salida. Pero al “pajarito”, como le llamaban en su pueblo, nunca le convenció la idea. La gran oportunidad se le presentó con la mili. Pero llegó la Guerra Civil y le tocó irse al frente. Un disparo de bala le atravesó el brazo y pensó que se moría, aunque no fue la única ocasión en la que estuvo cerca de hacerlo.

Dicen los que le conocen que nadie se explica cómo ha podido llegar a los 106 años. Hoy, Servando, uno de los poco más de 2.500 varones mayores de 100 años que hay en España, nos atiende elegante en el patio de su residencia de Madrid. Lleva su gorro preferido, aparca el andador, se sienta cómodo y declara que está listo para cualquier pregunta.

Ha sobrevivido a dos pandemias y una guerra. No hay mucha gente que pueda decir lo mismo…

Así es, yo al menos no conozco a nadie. En la gripe española perdí a mi padre y en la Guerra Civil estuve a punto de morir. Seguro que en España hay alguien de mi edad y me encantaría que pudiésemos ponernos en contacto. Solo querría preguntarle cómo se encuentra, si aún es capaz de andar y si toma muchas pastillas.

¿Usted toma muchas?

Solo una, para dormir bien. A mi médico, sus pacientes le preguntan si me da alguna receta a escondidas para que me conserve de esta forma.

“Me he agarrado a la fe toda mi vida, y ahora, con más razón todavía”

En las residencias el coronavirus golpeó con mucha dureza. ¿En algún momento tuvo miedo?

La verdad es que no; yo he pasado este virus sin enterarme. Me contagié, pero no sentí nada. Lo supe porque me subieron a la sexta planta, donde estaban todos los que habían dado positivo.

Su familia me cuenta que no se quejó durante el encierro.

¿Por qué iba a quejarme? En la sexta planta tenía las mejores vistas de Madrid de toda la residencia. Me pasaba horas mirando por la ventana. Yo esta ciudad me la he recorrido de cabo a rabo. También aprovechaba el tiempo andando por la habitación, contaba los pasos y calculaba cuánto había hecho. Algunos días hice más de un kilómetro. Lo único que echaba en falta era la misa del domingo.

¿Es importante para usted?

Mucho. Yo me he agarrado a la fe toda mi vida, y ahora que soy mayor, con más razón todavía.

Supongo que en la Guerra Civil también rezaría. Vaya cicatriz tiene en el hombro izquierdo…

Sí. Es de una bala que me atravesó el brazo. Recuerdo que la sangre me salía a chorros. Fue en una batalla en Los Barrios de Luna, en León. Menos mal que pude escapar: me tiré monte abajo rodando y salí corriendo. Si me quedo allí, hoy no podría contarlo.

¿Fue esa la vez que más cerca estuvo de morir?

Para nada. Lo peor fueron unas crisis de asma que tuve cuando todavía eran mis hijos pequeños. Entonces no había tratamientos eficaces y no era capaz de dormir una noche sin despertarme ahogado. Me levantaba de la cama y sacaba la cabeza por la ventana, pero no me entraba el aire. Vaya preocupación para mi mujer… Ella siempre se despertaba para acompañarme.

¿Qué más puede decir de su mujer?

Que se llamaba Juana y que la echo de menos. Falleció en 2008. Llevaba unos años con demencia. Estuve con ella hasta el final. Ha sido toda una vida juntos, ¡cómo no voy a echarla en falta! Para mí, la familia ha sido lo más importante. Tengo dos hijos, que tienen 72 y 78 años, y siempre me he esforzado por ellos.

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¿Y qué nos pasa hoy, que no hay matrimonios tan duraderos?

Pues que la gente no tiene paciencia. Con el matrimonio hay que saber esperar, y saber que ni lo bueno ni lo malo duran para siempre.

En ese momento aparece otro residente. Se llama Enrique y tiene 96 años. “¿Qué?, ¿ya eres famoso?”, le pregunta. Él se ríe y Enrique nos cuenta que en la residencia Servando es como su padre: le anima a seguir adelante y le dice que a su edad ya no es aconsejable echarse novia.

Entonces les avisan de que ya es hora de comer. Servando se levanta, se despide de nosotros y va hacia el comedor apoyado en su andador. Al llegar a la puerta coincide con una señora mucho más joven que él y le hace gestos para que pase ella primero, aunque sin éxito. Servando le insiste en tres ocasiones y al final lo consigue. “Es el abuelo más caballeroso de todos. No he conocido nunca a un hombre tan elegante”, nos dice su cuidadora.

“La gente no tiene paciencia y con el matrimonio hay que saber esperar. Ni lo bueno ni lo malo dura para siempre”

Los valores de mi padre

Javier, el hijo varón de Servando, nos describe los tres grandes valores que les ha inculcado su padre, y que sigue transmitiéndoles a su edad:

La familia: “Desde niños nos ha hablado de la importancia de vivir unidos, cohesionados, remar en la misma dirección, perdonarnos… Siempre estuvo muy enamorado de mi madre; eran un tándem. Durante las crisis respiratorias que casi le cuestan la vida, ella estaba a su lado. Por eso él tampoco la dejó durante esa demencia que fue apagándola poco a poco. Aunque ya era muy mayor, la cuidó hasta el último día”.

El esfuerzo: “Siempre nos ha enseñado la importancia del trabajo y del esfuerzo. Nació en el campo, en una familia muy humilde, no pudo estudiar y tuvo que ganarse la vida desde muy joven. Nunca le importó doblar su turno o trabajar más para que sus compañeros descansasen”.

El agradecimiento: “Mi padre, por encima de todo, nos ha enseñado a ser agradecidos. No le recuerdo quejarse de nada. Estuvo tan enfermo de joven, que recuperar la salud le hizo valorar la vida. No es que sea optimista, es que da gracias a Dios por todo. Muchas veces, cuando salíamos muy pronto y veíamos amanecer, decía: «Gracias Dios por regalarme un día más». Tiene la muerte asumida. Cada Año Nuevo dice que será el último… Y siempre se equivoca. Ve el final de la vida como una etapa más y la vive con alegría y con fe”.

Artículo publicado en la edición número 61 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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