Tu sufrimiento no es estéril

El dolor es parte de la vida, pero cuando nos toca de cerca corremos el riesgo de caer en la desesperación o en la resignación. Vivir el sentido cristiano del sufrimiento abre nuevos horizontes que lo convierten en una experiencia fértil para uno mismo y para los demás.

Por José Antonio Méndez

Tocamos el timbre, nos abren la puerta y Max nos recibe mostrando su malestar por vernos allí. Lleva una pequeña camiseta de algodón que le protege la piel y evita que se le infecten las heridas que aún conserva, después de que unos desaprensivos lo tundieran a palos, le prendiesen fuego y lo abandonaran en la calle. Nos mira, ladra, gruñe y se esconde entre las piernas de su nueva dueña, Cristina, que lo ha acogido para ir curándole poco a poco.  “Después de que me dieran la baja –nos cuenta ella–, cuando yo ya no podía casi ni andar y solo iba del sillón a la cama y de la cama al sillón, me preguntaron si podría cuidar del perro, y como es pequeño y tengo terraza, pensé:  ‘Bueno, eso sí puedo hacerlo…’”.

Antes de esa baja, Cristina de Don Pablos dirigía a un grupo de 200 empleados en una gran multinacional tecnológica, donde trabaja desde hace 20 años. En 2010, las cosas empezaron a cambiar por unos problemas de salud cada vez más severos:  “Al principio eran episodios de dolor y un cansancio que no se iba. Pensaba que era del estrés, porque tenía mucho trabajo y estaba metida en muchas actividades de Iglesia, viajaba mucho, hacía muchos planes con amigos…”.

Aunque aflojó el ritmo de vida, los dolores fueron en aumento: problemas de riego, vértigos, inmovilidad transitoria del lado izquierdo, imposibilidad de concentrarse, lagunas de memoria, mareos y brotes de dolor tan intensos que la dejaban postrada en cama.  “Los médicos no daban con lo que era: me mandaban calmantes y ansiolíticos, me veía lo mismo el psiquiatra que el fisio, me diagnosticaron depresión, problemas inmunológicos, accidentes isquémicos… Al final, me confirmaron que era fibromialgia, que es un cajón de sastre donde entra todo, y que se traduce en que la fatiga y el dolor se vuelven crónicos e intensos”, relata. Desde entonces, su rutina se ha convertido en una montaña rusa de dolor, desorientación, soledad, angustia, incomprensión y bajas médicas como la que ahora la mantiene recluida en casa.

Un cambio de vida

“La vida me ha cambiado del todo –explica mientras trata de calmar a Max–.  Yo siempre he sido la fuerte de mi casa y, de pronto, ya no podía trabajar, no podía salir a la calle, me perdía bautizos y bodas, no podía ir a la parroquia, y a veces necesitaba de mi familia hasta para levantarme de la cama. Antes creía que estas cosas les pasaban a otros, que yo siempre iba a poder con todo y podría tener todos los aspectos de mi vida más o menos controlados, pero cuando llegó el sufrimiento, y no hablo solo del físico, descubrí que, en contra de lo que te dice la sociedad, eres frágil, el dolor es parte de la vida y te llega antes o después”.

Cambio de vida, dolor, incertidumbre, fragilidad… Salvo por los detalles concretos, la experiencia de Cristina es la misma que atraviesa cualquier persona en cuya vida irrumpe el sufrimiento. O, dicho con más precisión, la misma que, antes o después, experimentamos todas las personas cuando, de un modo u otro, el sufrimiento llama a nuestra puerta.

Ya lo dejó dicho san Juan Pablo II en su Carta Salvifici Doloris, escrita en 1984, dos años después del atentado que casi acaba con su vida: “Sucede en diversos momentos de la vida; se realiza de maneras diferentes; asume dimensiones diversas; sin embargo, de una forma o de otra, el sufrimiento parece ser, y lo es, casi inseparable de la existencia terrena del hombre”. Una década después de estas palabras, el Papa polaco comenzaría a padecer los primeros síntomas del Párkinson, la enfermedad que lo convertiría en uno de los más elocuentes testimonios públicos de deterioro y sufrimiento, justo en medio de una sociedad que, como denuncia Cristina, se empeña en ocultar cuanto signifique fragilidad y dolor.

“Descubrí que, en contra de lo que te dice la sociedad, eres frágil, el dolor es parte de la vida y te llega antes o después”

Todos, sí, pero no igual

La muerte de un ser querido, una ruptura sentimental, la pérdida de autonomía fruto de la edad, la falta de trabajo, caer enfermo, los problemas de un familiar… Los ropajes que emplea el sufrimiento son diferentes para cada persona e incluso para cada etapa de la vida. Todos sufrimos, pero ni lo hacemos del mismo modo, ni reaccionamos igual:  “El umbral del sufrimiento es personal”, explica el doctor José Carlos Bermejo, religioso camilo, experto en acompañamiento en el dolor y director del Centro Asistencial San Camilo de Humanización de la Salud.

“Hay una parte que viene en la mochila de nuestra personalidad, y otra que la vamos haciendo por la educación y las actitudes ante los desafíos que encontramos en la vida.  También influyen la familia y el entorno, que para unos son un factor protector y de crecimiento en la adversidad, y a otros les fomenta la actitud victimista”, señala. Por eso, el primer paso para enfrentar con realismo el sufrimiento propio y el ajeno pasa por no despreciar el dolor de los demás al compararlo con el nuestro, ni maximizar el propio frente al del otro.

“Preguntarse ¿por qué sufro? es un primer paso, pero quedarse ahí es un error. La pregunta que en realidad da sentido al sufrimiento no es por qué, sino ¿para qué sufro?”

La gran pregunta

Aunque las circunstancias varíen de una persona a otra, “dentro de cada sufrimiento experimentado por el hombre –señala a Salvifici Doloris–, y también en lo profundo del mundo del sufrimiento, aparece inevitablemente la pregunta: ¿por qué?”. Se trata de una pregunta espontánea y que el mismo Papa reconocía “difícil” porque “si no encuentra respuesta satisfactoria, el sufrimiento se vuelve más profundo”. E incluso animaba a “dirigir tal pregunta a Dios, con toda la conmoción del corazón y con la mente llena de asombro e inquietud”, pues “Dios la espera y la escucha”.

Postrado en un sillón y con un hilo de voz saliendo de su corpachón de casi dos metros, el sacerdote Pablo Cervera, teólogo, editor de Magníficat y enfermo desde hace años a causa de una estenosis de columna que le causa fuertes dolores y graves problemas de movilidad, explica que “la cuestión del por qué es el primer paso, pero quedarse ahí es un error, porque yo no controlo el origen del sufrimiento.  Yo no puedo saber por qué mi madre murió con 45 años, siete hijos y antes de mi ordenación sacerdotal; ni la razón por la cual sufrí hace años una depresión que me habría llevado al suicidio de no ser por mi fe; o por qué tengo esta enfermedad”. Por eso, “la pregunta que en realidad da sentido al sufrimiento no es por qué, sino: ¿Para qué sufro?”, señala.

Cuando el dolor cura

El salto de una pregunta a otra “te da una nueva perspectiva del sufrimiento –afirma– porque te ayuda a entender que el dolor no es inútil, que puedes hacer algo con él.  Y eso le da un nuevo horizonte a tu dolor y te abre a la esperanza, porque, aunque me quede impedido o tenga algo que me hace daño, aunque desde el punto de vista de la eficiencia humana parezca que no soy válido, siempre puedo hacer un acto libre y eficaz: ofrecerme a Cristo, unir mi cruz a la suya, entregarme a Él con mi dolor para que Él, con la potencia de la gracia, saque de mi mal un bien para otros”. O, como dice Cristina, “es decirle a Dios: este sufrimiento mío es una mierda, pero es lo que puedo ofrecerte: aquí la tienes; úsala como abono para cosas buenas”.

Esa entrega a Dios en el sufrimiento tiene un doble efecto positivo. El primero es que “me ayuda a identificarme tanto con Cristo que me permite vivir mi ser cristiano con una autenticidad que no se da en otras circunstancias”, destaca Cervera. “Al agarrarme a la cruz en lugar de enfrentarme a ella –añade Cristina–, mi situación no cambia, pero cambia mi corazón; y mi relación con Dios se vuelve más íntima y confiada”.

Y en segundo lugar, “me abre de forma eficaz al dolor de los demás, porque Dios emplea mi dolor para la salvación eterna de otros, y además me permite, de algún modo, aliviar y acompañar al que sufre. A causa de lo que yo he pasado, he podido entender y ayudar a personas que sufrían, porque cuando hablo del dolor, no lo hago de oídas.  Y ayudar desde la experiencia personal a quien sufre es algo que todos los cristianos, no solo los curas, podemos hacer”, explica Cervera. “Sin olvidar que, cuando sufro y otros se ocupan de mí, les estoy ayudando a sacar lo mejor de sí. La tentación es pensar que soy una carga, pero eso se cura con humildad: no todo en el mundo gira a mi alrededor”, añade.

“Lo que hace fecundo el sufrimiento no es el dolor que me causa, sino el amor con el que yo lo viva”

Dios no quiere que sufra

Tras media hora de charla con Cristina, unas golosinas y unas caricias en el lomo, Max ha dejado de ladrar y nos lame la mano. “Lo que hace fecundo el sufrimiento –concluye ella– no es el dolor que me causa, sino el amor con el que yo lo viva. Por eso, el sufrimiento hay que combatirlo con los medios humanos que busquen el bien de los demás, como la medicina, o cambiando en lo posible la situación que haga sufrir. Dios no quiere que suframos. Es mi Padre: ¿cómo va a enviarme algo malo? El sufrimiento está ahí, y ya que lo tengo, lo que Él hace es ayudarme a vivirlo lo mejor posible, ofreciéndolo por el bien de otros. Porque eso, además, me beneficia a mí la primera”.

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