Super poderes para padres de adolescentes

Para poder acompañar a un adolescente, es necesario comprender cuáles son los conflictos afectivos y las necesidades que tienen
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Por Jaime Serrada, psicólogo

Hay quien los llama “los hormonados”, como si la adolescencia fuera un capricho de la naturaleza en el que la persona solo puede sufrir sus consecuencias de forma pasiva. En el ímpetu de los adultos por categorizarlo todo, los adolescentes de hoy se incluyen en la llamada “generación Z”, que se caracteriza por la multitarea y el multidispositivo, donde se prefiere lo audiovisual a lo analógico, y en la que existe la norma del always on (siempre conectados). Además, se les define como impacientes, amantes de la inmediatez y con gran habilidad creativa gracias a los tutoriales de YouTube.

Los adolescentes están viviendo una etapa en la que ellos son los primeros que no se comprenden a sí mismos

Pero, más allá de las clasificaciones, lo que los padres realmente necesitan es llegar a comprender cuáles son los conflictos afectivos y las necesidades que tienen sus hijos en esta etapa. El tipo de mirada que tengan sobre ellos será crucial, puesto que la adolescencia es un tiempo apasionante, imprevisto, creativo, sincero, pero también lleno de incertidumbres. Los adolescentes están viviendo una etapa única de la vida, en la que ellos son los primeros que no se comprenden a sí mismos. Romano Guardini, en su clásico libro Las etapas de la vida (Palabra, 2019), establece los dos pilares sobre los que se desarrolla la adolescencia: la autoafirmación individual y el despertar del instinto sexual. La autoafirmación individual consiste en la necesidad de querer ser distinto al resto y en la exagerada acentuación de sí mismo, así como la constante rebelión contra toda autoridad y la desconfianza hacia lo que otros dicen, sencillamente porque son otros quienes lo dicen. Esta crisis no hace más que manifestar lo inseguro que es todavía el adolescente. Por su parte, el despertar del instinto sexual es la puerta de entrada a la adolescencia porque con él comienzan los cambios corporales propios de esta etapa y se despliega en la persona todo un mundo nuevo de emociones, sensaciones, deseos y reacciones hasta entonces desconocidas.

 Tareas y riesgos educativos

 Sobre estos dos pilares, la autoafirmación individual y el despertar del instinto sexual, aparecen las tres grandes necesidades psicoafectivas del adolescente: seguridad, autonomía y pertenencia. A cada una de ellas le corresponde una crucial tarea por parte de los padres, pero también puede suponer un riesgo educativo. ¿Cómo darles lo que necesitan en cada momento sin poner en juego su futuro? Veamos una por una.

1. SEGURIDAD

Un barco se construye en un puerto seguro, aunque está creado para navegar en alta mar. Si el adolescente es ese barco, su puerto seguro es la familia, pero su reto es salir a navegar, superar con éxito las inclemencias del entorno y llegar a un destino.

Tarea. La labor de los padres consiste en proporcionarles ese puerto seguro. Siempre que lo necesite, puede regresar para curar los daños causados por el viaje, recargar suministros o pedir consejos sobre la mejor ruta para navegar hacia un destino concreto. Tiene que quedarle claro que “aquí siempre te querremos, pase lo que pase”. Lo que él necesita para cubrir su necesidad de seguridad es acogida, comprensión y empatía.

Riesgo educativo. El peligro es que se encuentre con actitudes de hostilidad, juicio o indiferencia. Al etiquetar a los hijos con frases como: “Eres un desordenado”, “no piensas las cosas” o “eres un desagradecido”, los padres provocan en él lo que en psicología se llama “la profecía autocumplida”: acabará actuando de acuerdo con esa mirada.

2. AUTONOMÍA

Es diferente la autonomía a la independencia. Ser independiente supone creer que no necesito de otros para ser feliz. Y aunque el adolescente aparentemente busca separarse de los demás para ganar en libertad, en el fondo lo que necesita es autonomía. No es tanto romper el vínculo afectivo con su familia, sino experimentar que puede tener su propio espacio, criterio, relaciones y opiniones, y que estos no tienen por qué coincidir con los de sus padres.

Tarea. Ayudarle a ganar autonomía personal ofreciéndole espacios y tiempos propios, escuchando su opinión por dispar que sea e ir soltando la cuerda para que tome decisiones, incluso cuando prevemos cómo va a terminar. Por eso hay que hacerlo de la mano de la responsabilidad, es decir, mostrando las consecuencias de cada acto y cada reacción.

Riesgo educativo. Atenazar al adolescente con normas, reduciendo su capacidad de movimiento y viviendo sus ideas como una amenaza.

3. PERTENENCIA

El sentimiento de pertenencia a un grupo se convierte en una necesidad psicoafectiva de primer grado. Compartir ideales, gustos, aficiones, miedos y frustraciones con un grupo de iguales le ayuda a ordenarse internamente, a situarse con relación a otros y a fortalecer su conocimiento personal.

Tarea. Aquí la tarea de los padres es doble: por un lado, conocer las relaciones que va estableciendo su hijo y, por otro, ofrecerle grupos de iguales de confianza: hijos de familias amigas, grupos de jóvenes de la parroquia o amistades cercanas.

Riesgo educativo. Alejarse de los intereses del adolescente, de sus aficiones y amistades, mostrando indiferencia o incomprensión hacia su nueva forma de ocupar su tiempo.

“¿Quién soy yo?”

La misión de esta etapa de la vida consiste en ser capaz de responder a la gran pregunta de “¿quién soy yo?”. Esto supone llegar a ser uno mismo y reconocerse como hijo, hermano, amigo… Además, requiere asumir la libertad y la responsabilidad propias, así como adquirir opiniones sobre el mundo y la posición que ocupa dentro de él. La gran ventaja para padres y educadores es que el adolescente es incapaz de superar con éxito esta misión sin ayuda. ¿Cómo ayudarle entonces? Conviene mantener con él un estilo de conversación abierto y acompañarle a reflexionar sobre sí mismo, sus emociones, sus acciones y sus ideales.

El educador se limita a rebotar sus ideas y a animarle a que siga elaborando nuevos argumentos. Conviene apartarse de frases que dictan sentencia y cierran la conversación como son los juicios de valor o ironías. En cambio, sí ayuda hacerle preguntas abiertas y empáticas: “¿Tú qué piensas de esto?”, “¿cómo lo has vivido?”, “¿esperabas este resultado?”. Hoy en día se habla de un instaurado “adolescentrismo” que impide alcanzar esta misión y alarga esta etapa, comenzándola antes y retrasando su fin. Para evitar esta tendencia, la educación ha de ser un acompañamiento cercano, realista y paciente que ayude a los adolescentes a ganar en esa seguridad, autonomía y sentido de pertenencia que les permitirá madurar.

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