Por: Isis Barajas
Fotografía: Rocío Torres y Rgb Fotografía
Artículo publicado en la edición número 73 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.
Nervios detrás del telón. Un montón de niños corren de un lado para otro entre cajas, unos buscan algunos complementos del vestuario (“¿has visto mis orejas de mono?”), otros procuran controlar el temblor de las piernas mientras les maquillan y hay quienes repasan algunas frases del guion.“¡No puedo salir!”, se contagian unos a otros. Pero ya no hay vuelta atrás. Ha llegado el momento… Se abre el telón y surge, por fin, la magia del teatro. Es el día del estreno. Ese momento intenso y también efímero para el que llevan todo un año trabajando.
“Siempre digo que hay que vivir el proceso del estreno”, afirma Irene Mingorance, actriz profesional y directora desde hace ocho años de la escuela de teatro del colegio San Ignacio de Loyola de Torrelodones (Madrid). Seis fueron las obras que dirigió el curso pasado con sus alumnos, desde los más pequeños de cuatro años hasta los de Secundaria y Bachillerato. Todas ellas musicales, con canciones en directo, coreografías –algunas de gran complejidad–, diálogos vibrantes y una serie de puestas en escena que emocionaron al público e incluso llegaron a ponerlo en pie rendidos a la interpretación de un grupo de adolescentes de entre 14 y 17 años que no sólo actuó, cantó y bailó con calidad profesional, sino que elaboró el guion de su obra, una versión musical sorprendente de El sueño de una noche de verano de Shakespeare.

Foto: Marta Mingorance
Primeros pasos
“Todos tienen miedo a subirse al escenario”, recalca Irene,“pero cuando reciben el aplauso del público, esa sensación de falta de control se transforma en una seguridad en sí mismos increíble. Cuando te estrenas una vez, ya se produce el enganche al teatro”, asegura la actriz.
Para que ese día llegue con todo su esplendor, hay que pasar un largo proceso. Es mucho el trabajo que hay detrás de cada montaje, en ellos hay implicación de muchas personas, desde su compañera de andanzas, la también actriz y profesora Mentxu Arizmendi, hasta el equipo técnico o numerosos padres y personal del colegio que colaboran con decorados, maquillaje o vestuarios. Pero, sobre todo, hay un gran trabajo por parte de los alumnos que empezaron, muertos de la vergüenza, en clase de teatro apenas diez meses antes.
“El primer trimestre del curso lo dedico a crear un ambiente relajado, donde se sientan cómodos. Mi objetivo principal es que se lo pasen bien y que la clase de teatro sea un lugar donde les apetezca ir porque sientan que aquí pueden expresarse”, explica la actriz. “Por esta razón, nunca les obligo a hacer nada con lo que no estén cómodos. Por ejemplo, si alguno se siente ridículo haciendo un paso de baile, le digo que simplemente camine. A medida que ven que el resto del grupo lo hace y disfruta, todos van entrando en las dinámicas”.

Habilidades nuevas
Irene Mingorance está convencida de que el teatro es una de las actividades más completas que pueden desarrollarse en el colegio. “Trabajamos infinitas habilidades, por ejemplo, la atención, la escucha, la memoria, la concentración, la autoestima o el respeto. A mis alumnos siempre les digo que ‘todo está bien’, porque en teatro no hay una única manera de hacer las cosas y es necesario respetar que todos somos diferentes”, explica.
A través del arte dramático, se aprende a trabajar en equipo, a vencer los propios miedos, a superar la timidez, y se asimilan herramientas para solucionar los contratiempos. Subidos a un escenario y actuando para cuatrocientas personas, cualquier cosa puede pasar, como caerse un decorado u olvidar una frase del texto. Paula, de 17 años, lleva actuando desde Primaria y explica cómo el teatro es una auténtica escuela para la vida: “Aprendes que cuando algo no va según lo planeado, hay que seguir adelante; no puedes cambiar lo que ha ocurrido, pero sí puedes decidir cómo actuar ante ello”. “Además, los alumnos saben que no están solos en el escenario –añade Irene–; si alguien comete un error, sus compañeros lo van a resolver”.
Tabla de salvación
Las artes escénicas no sólo desarrollan grandes habilidades en los alum nos, sino que en algunos casos han posibilitado que estudiantes que esta ban atravesando situaciones de depresión o ansiedad hayan salido a flote: “Cuando yo les he dado un papel, y les he hecho creer que podían hacerlo, han empezado a creer en sí mismos”.
Incluso algunos alumnos con dificultades en el aprendizaje o que quizá no destacan académicamente encuentran en el teatro un espacio donde despuntar: “Ellos mismos se sorprenden, y también sus profeso res, cuando descubren que tienen talento en otras disciplinas como el baile, el canto o la interpretación que no se suelen trabajar ni explorar en el aula normal”, recalca la actriz.


“Droga de la buena”
Los que han brillado el último año con luz propia han sido los alumnos de Secundaria y Bachillerato. Su compromiso con el teatro ha ido más allá de sus propios ensayos y de la magnífica interpretación de su obra, implicándose en el backstage del resto de montajes o ayudando con los más pequeños. El resultado brillante del gran esfuerzo que ha hecho este grupo de adolescentes ha permitido ahora dar el salto a crear, bajo la dirección de Mingorance, su propia compañía de teatro amateur con el nombre de Artist Us. Esto les permitirá participar a partir de ahora en certámenes y acciones benéficas. “Somos como una gran familia”, explica Inés, una de sus integrantes.
El teatro trabaja infinitas habilidades como la autoestima, la concentración, la memoria o el respeto
Irene Mingorance asegura que el teatro hace mucho bien a los adolescentes: “En estos años de revolución hormonal e intensidad emocional, les permite trabajar lo que sienten a un nivel muy profundo, ayudándoles a aceptarse a sí mismos y a los demás, y a entender mejor qué les está pasando”. “Yo era muy tímida –añade Paula–, sin embargo, ahora he aprendido a que no me importe tanto lo que digan los demás y a dar lo mejor de mí misma”.
Por otra parte, Irene explica que el teatro te obliga a estar anclado en lo real, y esto es muy valioso en unas edades dominadas por las pantallas y los filtros de las redes sociales:“El teatro es presente; no hay nada más verdadero, tangible y humano que subirse a un escenario, y esto engancha muchísimo a los adolescentes. Mis alumnos lo llaman ‘droga de la buena’”. Pero además les educa en la paciencia y la gratificación a largo plazo:“Estamos trabajando durante un año entero para un solo día de recompensa, y además se trata de un esfuerzo muy desagradecido por que se pasan horas mirando lo que hace el resto y, hasta que no encaja todo en el montaje final, no se ven los frutos de tanto trabajo”.
El teatro es todavía una de las asignaturas pendientes en la educación escolar. Para Irene es evidente que todas las competencias que exige la LOMLOE se pueden alcanzar gracias a esta disciplina artística, pero para eso hacen falta profesionales preparados que la impartan y una apuesta clara por parte de los centros.
ACEPTAR LOS LÍMITES
Tras una larga trayectoria como actriz y después de haber actuado en grandes escenarios de la mano de artistas como Nacho Cano, Irene Mingorance sabe qué se le puede pedir a un actor y qué no. “Mis alumnos saben que yo no les voy a dejar en ridículo ni voy a permitir que hagan algo que no pueden. A veces, solo hay que trabajarlo más para hacerlo al año siguiente y, en otras ocasiones, hay que aceptar las propias limitaciones”, recalca. “Ellos mismos se dan cuenta de sus límites (yo nunca se lo digo), pero también aprenden todo el potencial que sí tienen y que generalmente ni ellos mismos se imaginan”. Para subirse a un escenario, los alumnos tienen que sentirse seguros con el personaje, el texto y el vestuario. “Y esa seguridad se la tiene que dar el adulto”, explica. Al igual que Irene no pondría nunca en una situación comprometida a un alumno, sí les anima cuando se sienten inseguros en algo que ella sabe que son capaces de hacer: “Cuando están muertos de miedo, les digo: ‘Mírame, ¡está increíble! Sí saliera mal, yo no te iba a dejar hacerlo’”.
Artículo publicado en la edición número 73 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





