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Teresa Jugo, a los cien años: “Lo más duro de la vejez es la soledad”

Vivir con la abuela en casa era frecuente hasta hace no muchos años en España, pero el estilo de vida actual empuja a dejar a nuestros mayores al cuidado de otros. La historia del matrimonio de David Camarillo y Silvia Manzanares muestra que en la entrega de la vida está la plenitud, y así lo ha comprobado Misión al visitar su casa en un pueblo de Madrid al que se mudaron junto a sus cinco hijos… y Teresa, la matriarca de la familia, que hoy tiene 100 años.

Por Margarita García / Fotografía: Dani García

“Desde que la abuela vive con nosotros, el ambiente se ha suavizado muchísimo; veníamos de la pandemia, de estar de peleas todo el día… y fue mudarnos a esta casa con ella y descubrir que… ¡la abuela neutraliza!”. Esta es la respuesta unánime de la familia Camarillo Manzanares al hablar de lo que les aporta vivir con su madre, suegra y abuela bajo el mismo techo.

Teresa Jugo González es una mujer de 100 años –nació el 15 de octubre de 1925, ¡sí señores!– que no requiere más apoyo que un bastón. Pero sí necesita, y así reconoce con humildad, sentir el cariño de los suyos a diario y hasta su último día.

“Mi ilusión era no verme sola”, confiesa esta madre de siete hijos y abuela de 23 nietos y 16 biznietos. Porque, “lo más duro de la vejez, no es la enfermedad, es la soledad. Un beso o un abrazo te dan la vida. Que te ignoren, que te digan que no sabes… hace mucho daño. El contacto es lo más grande”.  Y a Teresa, que vive en casa de su hija Silvia, su yerno David y sus cinco  nietos –Juan, David, María, Miguel y Ángel–, no le faltan besos ni caricias. 

Optar por las personas

“¡Estoy mejor que en un hotel! Sin yo merecerlo, Dios me lo ha resuelto”, exclama Teresa cuando muestra a Misión la habitación de la planta baja, que es como su pequeño apartamento. 

Cuando David y Silvia tomaron la decisión en 2021 de mudarse de una casa de 80 metros en Madrid a un pueblo apartado de la ciudad, no dudaron en reservarle una habitación. “Mi suegra –apunta David–, con toda su naturalidad y humildad nos preguntó si podía venirse con nosotros, y nosotros, que ya lo dábamos por hecho, no lo dudamos”.  

La decisión ha traído grandes alegrías. No sin combates, claro. Para Silvia, tras los años de crianza, de renunciar a su carrera profesional para cuidar de su familia –es licenciada en Filología Hebrea e Inglesa–, se avecinaba una nueva etapa  “libre”  de la atadura de un niño pequeño. Acoger a su madre significaba estar de nuevo “atada”, pero como en la entrega no hay límites, reconoce Silvia, “la Providencia me estaba invitando a ‘realizarme’ cuidando de mi madre, a quien debo la vida y la fe”. Por eso, no se le pasó por la cabeza llevarla a una residencia. 

Silvia comenta que son muchas las amigas que le confiesan que sufren porque, por ejemplo, querrían tener un tercer hijo o quedarse en casa para cuidar mejor de su familia, pero no pueden porque su trabajo y las exigencias de nuestro tiempo no ayudan. “Y yo les digo, ¡párate! La respuesta no es que no se puede, ¡sí se puede! ¡Dios
provee, Él ayuda!”. Porque  “muchas veces –advierte– te empeñas en tu proyecto, mientras que Dios te está mostrando otro que te va a hacer más feliz”.  

“No fue fácil al principio cuidar de mi madre y sentir que estaba todo el día observándome. A veces me rebelaba por tener que estar un poco atada. La clave fue pedirle a la Virgen, día y noche: ‘Haz mi corazón semejante al tuyo’. Mirándome en su Corazón se fueron limando todas mis asperezas, y pude ponerme a su servicio con humildad”

Silvia lamenta que hoy nuestra sociedad ponga la felicidad y la alegría en un trabajo o en una persona y al hacerlo, “estás perdido porque las personas y las cosas cambian. Tienes que ponerla en algo que no cambie. ¿Dónde? En la donación y la entrega a los demás”. Y en un momento en que “la gente sólo piensa en autosatisfacerse, encontrar tu identidad a través del servicio te aporta una tranquilidad y una alegría que no te la da ninguna otra cosa”. 

El secreto de la paz familiar

Otro de los grandes beneficios que Teresa ha traído a la familia es la “jerarquía”, en palabras de Silvia, ya que su madre representa las raíces, la tradición.  “Ella nos muestra de dónde venimos. Es como un tronco firme en medio de esta sociedad líquida que ha rebajado sus ideales a tener éxito y dinero”, explica.

“Un anciano es como un tronco firme en medio de esta sociedad líquida”

Así lo corrobora Miguel, uno de los nietos de Teresa y el cuarto hijo de la familia. “Desde pequeños, siempre visitábamos mucho a mis abuelos –rememora– y, para mí, mi abuela es como un árbol enorme al que aferrarte; también en la fe: ante las dudas, siempre la miro a ella que permanece firme”.

Una firmeza que, como apunta su yerno David, le viene de ser una mujer de oración. Teresa ha traído al hogar el rezo vespertino del Rosario y, para Silvia, la necesidad de acudir más a la Eucaristía. “Mi mujer ha pasado de ir a Misa un día a la semana a comulgar a diario. Y es que si Dios te pide algo, te da la fuerza necesaria para llevarlo a cabo”, reconoce David.

“Cuando mis padres dijeron que venía mi abuela, nos pusimos muy contentos; estar con ella nos transmite mucha paz. Ella no se impone ni manda. Sólo nos dice que tratemos bien a nuestros padres”

De este alimento se nutre la relación madre-hija, crucial para la convivencia familiar. Porque, como cuenta Silvia, al cuidar a una madre entran en conflicto  “la mujer adulta, madre de sus propios hijos, que se siente supervisada por su propia madre”, y  “la hija que busca el consejo y cariño de su madre”. Y, con sus inevitables roces –“¡mi hija es muy perfeccionista!”, dice Teresa entre risas–,

Dios ha ido equilibrando la relación. Para ello ha sido imprescindible la ayuda de David, pues Silvia se da cuenta de que para una hija acoger a su madre es algo más natural que para un yerno; y en este sentido, David y  Teresa se lo han puesto muy fácil: “Tienen una relación de complicidad que casi da miedo”, comenta divertida. 

«Para mí, la clave está en tratar de reproducir el ejemplo de la Sagrada Familia, –con la gracia de Dios, claro–, porque en ella hay motivación para el hombre, la mujer, los hijos y también para los abuelos» 

Es hora de marcharnos. Pero esta visita deja algo claro: un anciano –y más aún con la sonrisa de Teresa– es capaz de sacar de cada miembro de la familia lo mejor de sí mismo: la ternura, la entrega, los cuidados y un cariño sin límites capaz de regenerar una sociedad en la que demasiadas personas se sienten profundamente solas. 

Artículo publicado en la edición número 79 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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