Por Enrique García-Máiquez
Ilustración: Javier Ugarte
¿De dónde nace un éxito así, sin precedentes? Tolkien se propuso revivir el espíritu de la épica en un siglo que la necesitaba como el comer. La ley de la oferta y la demanda podrían explicar su celebridad. Necesitamos aventura, heroísmo, compañerismo, entrega… El profesor de Oxford sabía de lo que hablaba. Era un experto en inglés antiguo y conocía de primera mano los grandes poemas épicos del norte. Tradujo el Beowulf y nadie lo ha entendido como él. No se trataba sólo de un hombre con una gran fantasía. Aunque también. Su afición por los cuentos de hadas (en el sentido amplio de Andrew Lang y George MacDonald) se convirtió en un sesudo tema de estudio, sobre el que arrojó una luz esclarecedora.
Por último, no hay que olvidar el espléndido pulso que le echa a La rama dorada de Frazer. Lejos de aceptar que el cristianismo no es sino uno más de los mitos mediterráneos de muerte y resurrección, Tolkien defendía que el cristianismo es el mito real, del que todos los demás son anhelos, anuncios y evocaciones.
Gracias a la exposición de esa teoría, propició la conversión de C. S. Lewis. Sin duda, entre los propósitos de El señor de los anillos estaba encarnarla, de modo que se crease una mitología de raíces católicas, como su autor, pero sin referencias explícitas, como los mitos primitivos. El empeño es fascinante. Quería que El señor de los anillos pudiese mirar a los ojos a las otras mitologías y decirles: “Soy tan mítica como vosotras, y vosotras, aunque no lo supieseis, sois tan cristianas como yo sabiéndolo, ni más ni menos”. Para que nadie le estropee este brillante juego de espejos, trató siempre de bloquear las interpretaciones y las explicaciones demasiado concretas y, como él las llamaba, alegóricas.
Como aquí hablamos de literatura, no quiero dejar atrás un elemento indispensable de su obra que contribuye a su éxito y a nuestro disfrute. Consigue una prosa que evoca a la poesía épica, por sus buscadas resonancias y ecos, por sus repeticiones, por su dominio de los campos semánticos del combate medieval y de la lucha moral –otro juego de espejos–. Si un crítico moderno hace una cata aleatoria, podrá protestar de su lenguaje esquemático y arcaizante. Pero si te dejas llevar del flujo de la historia, pronto descubres su poder encantatorio. Es una hazaña lingüística: lograr poesía épica en prosa.
Cómo Tolkien quería ser leído
Los críticos oficiales de El señor de los anillos andan por un campo de minas. Antes que tarde, se encuentran con una prohibición expresa de Tolkien para dar una interpretación detallada. Tiene algo de creador gruñón que no quiere que nadie encorsete su obra. También aletea ahí, probablemente, su afición a las adivinanzas, heredadas de su tutor el padre Francis Morgan Osborne, que las había traído de España, de su tía abuela materna, Cecilia Böhl de Faber, Fernán Caballero. Pero, sobre todo, Tolkien estaba defendiéndonos a nosotros, los lectores de a pie, casi pequeños hobbits, y a nuestra interpretación personalizada. No quería guías oficiales de lectura ni equivalencias ni alegorías, sino que proponía otro concepto: la aplicabilidad. Cada cual ha de leer El señor de los anillos dispuesto a dejarse contagiar del heroísmo, del sacrificio, del coraje y de la amistad; y luego, llevar esas virtudes a la propia vida, esto es, a la Comarca particular. Expuesto así, al lector desprevenido le puede parecer exigente, pero, tras una apasionante lectura, la trasposición sale sola. Nadie vuelve a su casa siendo el mismo después de haber habitado en la Tierra Media.
Artículo publicado en la edición número 74 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





