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Tolkien: el lector de los anillos

El año pasado conmemoramos el 50 aniversario de la muerte de J. R. R. Tolkien, y este año sigue más vivo que nunca. Sus obras despiertan un apasionado interés, y su influencia es casi ubicua, incluso entre quienes no comparten su catolicismo de fondo. Se nota en productos tan dispares como Juego de tronos o La guerra de las galaxias. Sus secuelas cinematográficas son poderosas.

Por Enrique García-Máiquez
Ilustración: Javier Ugarte

¿De dónde nace un éxito así, sin precedentes? Tolkien se propuso revivir el espíritu de la épica en un siglo que la necesitaba como el comer. La ley de la oferta y la demanda podrían explicar su celebridad. Necesitamos aventura, heroísmo, compañerismo, entrega… El profesor de Oxford sabía de lo que hablaba. Era un experto en inglés antiguo y conocía de primera mano los grandes poemas épicos del norte. Tradujo el Beowulf y nadie lo ha entendido como él. No se trataba sólo de un hombre con una gran fantasía. Aunque también. Su afición por los cuentos de hadas (en el sentido amplio de Andrew Lang y George MacDonald) se convirtió en un sesudo tema de estudio, sobre el que arrojó una luz esclarecedora.

Por último, no hay que olvidar el espléndido pulso que le echa a La rama dorada de Frazer. Lejos de aceptar que el cristianismo no es sino uno más de los mitos mediterráneos de muerte y resurrección, Tolkien defendía que el cristianismo es el mito real, del que todos los demás son anhelos, anuncios y evocaciones.

Gracias a la exposición de esa teoría, propició la conversión de C. S. Lewis. Sin duda, entre los propósitos de El señor de los anillos estaba encarnarla, de modo que se crease una mitología de raíces católicas, como su autor, pero sin referencias explícitas, como los mitos primitivos. El empeño es fascinante. Quería que El señor de los anillos pudiese mirar a los ojos a las otras mitologías y decirles: “Soy tan mítica como vosotras, y vosotras, aunque no lo supieseis, sois tan cristianas como yo sabiéndolo, ni más ni menos”. Para que nadie le estropee este brillante juego de espejos, trató siempre de bloquear las interpretaciones y las explicaciones demasiado concretas y, como él las llamaba, alegóricas.

Como aquí hablamos de literatura, no quiero dejar atrás un elemento indispensable de su obra que contribuye a su éxito y a nuestro disfrute. Consigue una prosa que evoca a la poesía épica, por sus buscadas resonancias y ecos, por sus repeticiones, por su dominio de los campos semánticos del combate medieval y de la lucha moral –otro juego de espejos–.  Si un crítico moderno hace una cata aleatoria, podrá protestar de su lenguaje esquemático y arcaizante. Pero si te dejas llevar del flujo de la historia, pronto descubres su poder encantatorio. Es una hazaña lingüística: lograr poesía épica en prosa.

Artículo publicado en la edición número 74 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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