trabajo en equipo

Trabajo en equipo

En su última columna, Enrique García-Máiquez nos explica cómo la educación de nuestros hijos es un trabajo en equipo.

Por Enrique García-Máiquez/ Ilustración: María Elisa Melis

Artículo publicado en la edición número 64 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Preparo a mis alumnos para hacer entrevistas de trabajo. El otro día estaban citados en una gran empresa de la zona. Más tarde, la responsable de Recursos Humanos llamó al instituto para dar la enhorabuena por las entrevistas que habían realizado nuestros alumnos, mejores que las que habían hecho los de otros centros. Pedía a mis jefes que felicitaran al encargado de explicarles esa materia. Yo me puse muy ufano. Y eso que, cuando me contaron las cosas que habían llamado la atención de nuestros alumnos, me percaté de que algunas sí, pero otras no se las había explicado yo. Ni las habíamos trabajado en clase. Ni nada.

No he dicho ni mu. He aceptado los elogios con cara de póker.

Lo comentaré, por supuesto, con mis alumnos. Desde el principio, practicamos el trabajo en equipo; y si me equivoco con las medias y les sumo más nota que la que merecen casi siempre, tampoco es tan raro que ahora yo me lleve, gracias a ellos, un mérito que no es mío. Es el karma, diría alguno de ellos, aunque yo prefiero pensar en Diké, o sea, en la justicia clásica.

«Es bonito reconocernos unos a otros el trabajo con mucha admiración, parafernalia y reverencia»

Un profesor no es un Pigmalión, que produce a sus alumnos del vacío. Ellos vienen con sus virtudes de fábrica y también con pasiones, vocaciones, inteligencia, humor y paciencia. De todo lo cual, tampoco tienen el 100 % de la responsabilidad. Por ejemplo, la jefa de Recursos Humanos ha pedido que me destaquen la buena educación de mis muchachos. Yo entoné dos o tres loas a las buenas maneras, naturalmente, y repetí uno de mis mantras: “La ordinariez no tiene ni puñetera gracia”; pero nada más. Su educación es la que les han dado en sus casas sus padres, sus abuelos, sus tíos, sus hermanos y sus primos. También otros profesores que han tenido con anterioridad. Para educar a un niño hace falta una tribu entera, dicen los masái, con más razón que unos santos.

Si lo cuento aquí, ¿por qué no se lo dije ni al director ni a la jefa de estudios ni al jefe de la familia profesional en cuestión? ¡Ah, no, ni hablar! Porque para rematar esa lección era fundamental dejar que el mérito fluyera. Así crece y se expande. Además, quizá la jefa de estudios es muy joven, pero el director, perro viejo, todo esto ya lo sabe, y deja sagazmente que los elogios vayan y vengan.

Es bonito reconocernos unos a otros el trabajo con mucha admiración, parafernalia, pompa y reverencia. Aunque luego sepamos todos que influye la suerte, la valía ajena, la delicadeza profesional de los demás y las buenas condiciones de unos jóvenes que tienen claro lo que quieren. La última lección del curso, por tanto, es que tenemos que practicar el agradecimiento de racimo, abriéndose en abanico más y más. Para educar a un niño hace falta una tribu; para recibir un solo aplauso han contribuido innumerables manos. Uno de mis mayores logros pedagógicos es conseguir quedar siempre, al final, en deuda con mis alumnos.  

Artículo publicado en la edición número 64 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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