Por Pablo J. Ginés
Artículo publicado en la edición número 72 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.
Bretaña: santos, mareas, aldeas galas y piedras con fe.
Hacia el siglo v y vi, en lo que según las leyendas celtas sería la época del rey Arturo, las tropas romanas abandonaron Inglaterra, golpeadas por jutos, sajones y otros bárbaros. Muchos celtas cristianos de Gales y Cornualles migraron entonces a lo que hoy llamamos “la Bretaña francesa”. A menudo, sus líderes eran monjes que fundaron monasterios que se convertirían en ciudades. Se habla de los Siete Santos Fundadores de Bretaña. Hacia el siglo xii y xiii se popularizó la costumbre de peregrinar por las siete ciudades fundadas por estos santos, visitando sus reliquias en las catedrales. Dos de ellos, san Paterno (fundador y patrón de Vannes) y san Corentín (de Quimper) eran nativos de Bretaña. Los demás eran inmigrados. Las leyendas sobre ellos son asombrosas.

San Pol Aureliano libró a la isla de Batz de un dragón, colocándole la estola sobre el cuello, y así amansándolo y devolviéndolo al mar. San Tugdual llegó acompañado de su madre, su hermana y 72 religiosos, y realizó muchas sanaciones y milagros. San Brieuc fundó su monasterio con 70 años y realizó también curaciones. San Malo (Maclovius en latín) fue uno de los monjes marineros que acompañaban a san Brandán cuando celebró misa en una isla que se hundió porque era una ballena colosal. También castigó a un lobo que se comió a su asno a llevar la leña que el pobre animal acarreaba. San Sansón, criado cerca de Cardiff, expulsaba a los pájaros que destruían las cosechas y liberó a una mujer endemoniada. San Paterno era de Vannes; su gente le trató mal, pero tras su muerte realizó milagros en su tumba. San Corentín era un ermitaño que se alimentaba de un pez milagroso que reaparecía cada día en la misma fuente.
El Valle de los Santos
Una experiencia única que no se puede vivir en ningún otro lugar es visitar el Valle de los Santos, una colina perdida, lejos de todo, en el municipio de Carnoët, de 700 habitantes. Había una ermita y una fuente con leyendas. En 2008 empezaron a levantar estatuas de santos de piedra, de 4 metros, de distintos estilos, algunas más realistas, otras más simbólicas. Ya hay 188. La última se colocó en abril, la de san Budoc, niño arrojado al mar en un barril, salvado por Dios, educado por san Sansón, y luego maestro de san Jacut, san Guthenoc y san Tudy. ¡Antes se acabará la colina que los santos celtas!
A los niños les encanta corretear entre las estatuas, abrazarlas, subirse a ellas, explorarlas. Al salir o ponerse el sol, los rayos les sacan colores mágicos. Se financian con donativos populares y visitas. Mientras en otros países tiran estatuas de santos, en Bretaña las esculpen y exhiben, colosales, desde hace 15 años.

Piratas y granito rosa
Podemos dedicar una ruta al noroeste, visitando Ploumanac, con su ruta de caminos costeros de granito rosa, Pleumeur-Bodou y su aldea gala (con actividades para niños), y la ciudad de Roscoff, que durante siglos fue un nido de piratas, a veces contra barcos españoles, pero más a menudo contra ingleses. Sus iglesias marinas exhiben recreaciones de barcos como exvotos. Como en toda la costa de Bretaña, las enormes mareas asombrarán al visitante mediterráneo.
No muy lejos está Saint-Pol-de-Léon, con su basílica de la Anunciación (s. xiii-xvi) y la capilla de Notre-Dame du Kreisker (s. xiv-xv), cuyo campanario de 79 metros es el más alto de Bretaña.
Mientras en otros países derriban estatuas de santos, en Bretaña las esculpen y exhiben
También hacia el norte, pero en otra dirección, están, siguiendo la costa, Tréguier, Saint-Brieuc, Saint-Malo y Dol-de-Bretagne. Pasear por la playa de Saint-Malo cuando baja la marea es toda una aventura. En Dol-de-Bretagne hay casas medievales y está el Mont-Dol, un peñasco de granito de 65 metros de altura donde, según la leyenda, se enfrentaron san Miguel y el diablo, dejando san Miguel una huella. Son hermosas las vistas a la bahía desde Cancale a Granville.
El popular Monte Saint-Michel, que la marea deja aislado cada noche, está a media hora en coche de Dol. Sin embargo, visitarlo requiere prácticamente todo un día. En el monte, la abadía, a cargo de la Fraternidad Monástica de Jerusalén, puede alojar en formato de retiro hasta 10 personas. Los grupos más grandes son enviados a una casa de retiros a 5 km.
Carnac y santos en Vannes
Carnac es un lugar muy especial, que se merece toda una mañana, y más paseando con niños, que verán los alineamientos de menhires, los más grandes y los más pequeños. Si se les menciona a Obélix, todo les parecerá más lógico. No muy lejos está Vannes, una ciudad medieval hermosa y tranquila. En la novela de Alejandro Dumas 20 años después, Aramis, el mosquetero refinado, era obispo de esta ciudad: podemos imaginarlo en la catedral. Allí murió el santo valenciano san Vicente Ferrer (1350-1419), que tiene una capilla en la catedral, con folletos en castellano y valenciano. Se dice que predicaba en valenciano desde Galicia a Suiza y que todos le entendían. También hay una calle medieval en la casa donde murió, llamada Calle de Valencia. En la catedral descansa el beato paúl Pierre-René Rogue, guillotinado en 1796 por los revolucionarios por llevar la eucaristía a escondidas a enfermos estando prohibido.
SANTUARIOS Y CALVARIOS
Una de las características más llamativas es que Bretaña está llena de santuarios marianos vivos (unos 140 en Finistère), otros 120 en Côtes-d’Armor, la costa de Armórica. Se considera “vivo” un santuario que recibe al menos una peregrinación una vez al año. Suelen ir ligadas a los “perdones”: son procesiones y romerías con jubileos e indulgencias ligados a cierta fecha, sobre todo en Pascua, primavera y verano, que siguen atrayendo gente, con trajes típicos, gaitas y cornamusas y estandartes de la Virgen. Otro factor que fascina al viajero católico es la cantidad de cruceros monumentales en piedra que se encuentran en plazas y cruces de camino. Los llaman “calvarios”. Pueden ser de gran tamaño, y no sólo muestran una cruz, sino a veces tres cruces y a san Juan y las santas mujeres a los pies del Crucificado. Y los hay más grandes, con dos pisos de figuras. Bretaña está llena de lugares que empiezan por plou: era la palabra bretona antigua para “parroquia”. Al planear las rutas, calculemos siempre un tiempo extra si vamos por carreteras comarcales para detenernos a contemplar santuarios, calvarios o lugares naturales llenos de encanto.
Artículo publicado en la edición número 72 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





