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Delphine de Vigan

Delphine de Vigan: un millón de gracias

Las gratitudes de Delphine de Vigan suma, como quien no quiere la cosa, otra gratitud más al muestrario de aquellas en las que consiste la novela: la del lector, mejorado, cuando cierra el volumen.

Por Enrique García-Máiquez

Nacida en Boulogne-Billancourt en 1966, Delphine de Vigan es una escritora, guionista y directora francesa, formada en la Sorbona. Ha merecido premios como el Prix des Libraires y el Premio Renaudot des Lycéens. Su obra navega entre la autobiografía, como en Días sin hambre (2001), y la ficción clínica y social de Nada se opone a la noche (2011). Destacan los críticos que su prosa está atravesada por el dolor contenido y la búsqueda del consuelo. Verdad, pero leyendo Las gratitudes (Anagrama, 2021), traducción de Miriam Fernández Valdés, uno se da cuenta de que, en realidad, todo, también la alegría, el amor y la esperanza, atraviesan su obra de un modo contenido.

Prueba en contra

Estamos ante otra novelista europea que apuesta por la levedad extrema, como Alessandro Baricco o como, entre nosotros, Jesús Montiel. Hay en el aire una apuesta muy firme por la sencillez. Confieso un prejuicio: me temo que a veces se halaga así a un público que quiere posar de exquisito sin necesidad de leer demasiadas páginas.

«Su brevedad es la pulida superficie de mucho fondo que el lector descubre a medida que avanza»

Sin embargo, mi prejuicio admite prueba en contra, como me ha pasado con Baricco y con Montiel. Delphine de Vigan ha deshecho mi prejuicio con suavidad. Más como quien desata un lazo haciendo una delicada pinza con los dedos que como quien destroza una piedra a martillazos. Su brevedad es la pulida superficie de mucho fondo que el lector descubre a medida que avanza. Además, el frágil hilo de la novela conjuga muy bien con el tema del apagamiento de la vida y de la memoria. De manera que cumple dos misiones en una y crea crecientes ondas concéntricas en el alma. Lo explícito se conjuga con lo velado, llevando de la mano al lector a una minuciosa atención a lo gestual y a lo tácito.

Para lograrlo, despliega su aguda observación del lenguaje. La protagonista se enfrenta a sus problemas de afasia, sacando de ellos, para empezar, humor; luego, por su parte, la novelista logra una admirable instrumentalización retórica –como quien no quiere la cosa– para mostrar el paso del tiempo y la diferencia entre los sueños y la realidad. Al final, vemos que la expresión siempre se eleva por encima de las limitaciones del lenguaje. Sin ninguna pedantería, Las gratitudes es una gran obra metalingüística. Y escribo “gran” con plena conciencia. Nos anima a hablar bien, a recordar a fondo, a dar muchas gracias.

Gracias encadenadas
Si el lenguaje es el secreto protagonista de esta novela, le acompañan en primera línea la vejez, la memoria y, sobre todo, como avisa el título, la gratitud. Una vida, nos dice Delphine de Vigan, no está bien terminada hasta que ha podido dar las gracias a todos nuestros bienhechores. La autora no tiene inquietudes religiosas ningunas, pero el mensaje sobre la gratitud deviene trascendente. Dejando que lo adivinemos, hay otra gratitud implícita. El compromiso moral de hacer prácticamente el mismo bien que te hicieron y, si es posible, multiplicado. Eso no se dice, pero se hace; y a los lectores –sin que nos lo remachen– se nos mete dentro. Si el tema de la divinidad no aparece en ningún momento, como si viviésemos en un mundo sin dimensión religiosa, sí hay un grito silencioso a favor de la paternidad y de la maternidad responsable, y un leve hilo de esperanza, que reside en el amor; y que es más fuerte que la muerte.

Artículo publicado en la edición número 78 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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