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Unidad

Por Juan Manuel de Prada

Seguramente no haya habido otra cuestión sobre la que León XIV haya hecho mayor énfasis, desde el comienzo de su pontificado. Restaurar la maltrecha unidad de la Iglesia se ha convertido en su mayor desvelo; y es natural que así sea, pues la unidad es el signo del ser de cualquier organismo vivo, que se desintegra al desmembrarse o escindirse su unidad, convirtiéndose en otro organismo distinto, o llegando incluso a perecer. Y esto, que sirve para los organismos individuales, sirve también para los organismos colectivos. Si las intenciones y las voluntades de las mentes asociadas divergen o están divididas, concluye entonces la convergencia de las partes y desaparece la comunidad.

Especialmente necesaria resulta la unidad en una sociedad espiritual como la Iglesia, que definimos como “Cuerpo Místico de Cristo”. Esta imagen nos enseña que todos los bautizados estamos unidos a Cristo y entre nosotros de una manera que trasciende lo puramente social o jurídico: con Cristo como cabeza, que dirige y da vida a todos los miembros, cada uno de los cuales tenemos una función específica y necesaria (de tal modo que, lo que afecta a un miembro, afecta al resto); y todos ellos inspirados y vivificados por el Espíritu Santo, que vendría ser algo así como el alma de ese cuerpo místico. Donde, por cierto, aparte de la Iglesia militante (quienes aún no hemos concluido nuestra andadura terrenal), se cuentan la Iglesia purgante (almas en el purgatorio) y la Iglesia triunfante (santos en el cielo). 

Naturalmente, esta unidad mística de los miembros de la Iglesia no exige que debamos renunciar a ­nuestra personalidad, a nuestros rasgos de carácter, a nuestro temperamento, a nuestras preferencias vitales, que desde luego se traducirán en formas diversas de vivir la fe, en devociones variadas, en preocupaciones espirituales específicas y propias de cada uno de nosotros. Dios nos quiere a todos distintos; porque la base de nuestra unidad es, exactamente, nuestra gozosa diversidad.

Pero la unidad exige que proclamemos la misma fe; lo cual exige primeramente que los ministros de la Iglesia sean una voz unísona en su predicación y enseñanza. Todos los obispos, todos los sacerdotes tienen que enseñar y predicar la misma fe, naturalmente presentándola desde su intransferible personalidad, haciendo énfasis en aquellos aspectos que les resulten más queridos, pero sin introducir alteraciones o desviaciones dogmáticas encubiertas por el propósito de adaptar la fe a las expectativas o conveniencias de nuestra época. Pues tales alteraciones o desviaciones no hacen sino provocar un generalizado extravío de las certezas de fe entre los fieles que hace imposible la unidad. Nuestra fe se sustenta en la propia autoridad divina, no puede regirse por un  “libre examen”  de corte luterano que admita un  “pluralismo” en el dogma. Al relativizar el dogma para hacerlo aceptable al  “espíritu del siglo”, al aire de los tiempos, la Iglesia pierde su capacidad de contradicción frente al error, disolviéndose en una organización humanitaria que privilegia el diálogo sobre la afirmación de la verdad. Pero el diálogo sólo es fructífero entre personas que comparten las mismas premisas; en cambio, termina convertido en mera logomaquia, o en diálogo de besugos, cuando no se comparten las premisas. Dos personas que creen en la resurrección de Cristo podrán llegar a consensos sobre su destino de ultratumba; pero si sólo una de ellas cree en dicha resurrección y la otra la considera una fábula, su diálogo terminará en incomprensión o –peor todavía– en una componenda que declare la resurrección una metáfora o símbolo de un mero renacimiento espiritual que cobra diversas expresiones a lo largo de la Historia. De este modo, inevitablemente, se termina por oscurecer la naturaleza sobrenatural de nuestra fe.

La sustancia inmutable de la fe no puede estar sometida a los modos de “sentirla” en cada coyuntura histórica. Y este principio no se puede relajar por razones caritativas o misericordiosas, pues la unidad de caridad no puede existir sin la unidad de fe; por tanto, cualquier intento de cohesión que no se base en la verdad revelada resulta en un optimismo espurio que oculta una disolución real de la Iglesia. El único Ser posible de la Iglesia es una misma fe compartida entre todos sus miembros; no hay otra unidad posible. 

Artículo publicado en la edición número 79 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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