Por Enrique García-Máiquez / Ilustración: Rikki Vélez
El problema, para decir la verdad, es que la verdad no se deja atrapar fácilmente y que, a menudo, conviene callarla un poco para no herir innecesariamente a nadie o para que el otro se esfuerce por conseguirla y así la aprecie más. Por eso, muchas veces, los mejores moralistas insisten en que el silencio es la mejor compañía del sincero. Lo que jamás puede hacerse es mentir, o sólo en las mentiras piadosas, cuando la verdad le dice a la bondad, en bellísima imagen de Julio Llorente: “Pase usted primero”.
La cuestión es tan sutil que el capítulo que le dediqué en mi libro Ejecutoria, una hidalguía del espíritu, es quizá el más complejo, lleno de casuísticas y supuestas excepciones, que no lo son al espíritu de la sinceridad. Al final, la cosa queda clara, me parece, y, en todo caso, queda exigente y divertida, como Stendhal, que estaba en el secreto, reconocía: “Cuando miento, me aburro”.
“Marías era más de denunciar la mentira o la equivocación, Chesterton más de celebrar la verdad y a cualquiera que la diga o que la viva. Lo importante, cruz o cara, es que ambos cantaron la verdad”
Los defensores de la verdad pueden adoptar dos posturas contrapuestas, que yo ejemplifico en Julián Marías, al que tuve la suerte de ver en acción, y en Chesterton. El filósofo madrileño tenía un respeto caballeresco por la verdad. De niño prometió no mentir nunca, de joven reafirmó su promesa en el Templo de Jerusalén, nada menos; y de viejo aseguraba que creía que no había mentido jamás. Yo le creo. Pero su amor se concretaba en un prurito de rigor que le impelía a señalar todas y cada una de las inexactitudes que sus interlocutores perpetraban.
Chesterton, en cambio, perpetraba numerosas inexactitudes, incluso en sus libros. En su misma Autobiografía da datos a bulto y dice que no quiere precisar más porque, habiendo él cometido tantos fallos en las biografías de Dickens o de santo Tomás de Aquino, le parecía egoísta ponerse quisquilloso en la suya. Pero, a la vez, nadie defendió la verdad como él, dispuesto a sacar la espada para sostener que el prado es verde. Y cuando veía una verdad en algún rival suyo, la aplaudía entusiasmado, pues, si era verdad, no había rivalidad que valiese.
Marías era más de denunciar la mentira o la equivocación, Chesterton más de celebrar la verdad y a cualquiera que la diga o que la viva. Ambas actitudes son muy necesarias. Lo importante, cruz o cara, es que ambos cantaron la verdad. El canto –especialmente el poético, pero también el filosófico e incluso el periodístico de buena ley– consiste en descubrir verdades o explicar de una forma inédita, en iluminarlas y descubrirlas. No nos vamos a aburrir.
Artículo publicado en la edición número 78 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





