Sara y Rubén. Bebé prematuro. Revista Misión

Vivos (literalmente) de milagro

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Rubén y Juan Pablo nacieron en contra de todo pronóstico

Por Belén Manrique y Margarita García

Artículo publicado en la edición número 60 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Cuando el embarazo se complica o surgen anomalías en el feto, a la mayoría de las madres se les ofrece el aborto como la única solución. Pero la conciencia de que el hombre no es quien decide sobre la vida ha salvado a niños como Rubén y Juan Pablo.

Miles de niños gestantes enfermos mueren al año por no recibir atención médica. Si existen anomalías en el feto, una enfermedad grave o riesgo para la vida de la madre, la mayoría de los profesionales sanitarios ofrecen una única salida: abortar para acabar con el embarazo. Pero la experiencia de quienes han optado por decir sí a la vida hasta sus últimas consecuencias desmonta la legitimidad de esta práctica.

Este es el caso de Pablo Plaza y Sara Ares, un matrimonio católico que durante 10 años intentó tener hijos sin éxito. Solo un mes después de acoger a un niño, Sara se quedó embarazada. Para ellos, “este ya fue el primer milagro”. Todo iba bien hasta que en la semana 20 vieron que Sara sufría acortamiento del cuello del útero y tenía el saco amniótico prolapsado, lo que lo hacía muy frágil y con riesgo de romperse.

Un calvario familiar

A partir de entonces comenzaron un calvario, por la falta de esperanza de los ginecólogos en que el niño pudiera sobrevivir. Como no se les ofrecía solución, Sara se autoimpuso un reposo absoluto que más tarde los médicos agradecieron.

En la semana 21 de embarazo, el saco se rompió, pero como hasta la semana 24 el protocolo establece no hacer nada, ni siquiera se le administraron antibióticos para evitar el riesgo de infección. “El ginecólogo me dijo que el embarazo no era viable y me mandó a casa. Pero yo me resistía: ‘Este es el hijo que Dios me ha dado y voy a luchar todo lo que pueda por él’, le respondí. Gracias a eso, me derivó al jefe de Neonatología, que fue la primera persona que nos dio esperanza”, explica a Misión.

Razón para abortar

Pero las complicaciones se sucedían. El saco terminó por romperse completamente y, al no tener líquido amniótico, al feto no se le desarrollaban las articulaciones, por lo que tendría problemas motores y riesgo de hemorragia ­cerebral, porque el cráneo estaba aplastado. “Tenía la impresión de que todos los médicos querían que me deshiciera del niño, ya que había motivos suficientes para un aborto legal”, relata Sara.

A pesar de que todo hacía prever lo peor, Pablo y Sara animaban a los profesionales para que intentaran salvar la vida de su hijo, hasta el punto de reunir ellos mismos a los equipos de Ginecología y Neonatología para buscar soluciones. Además, todos en su comunidad del Camino Neocatecumenal comenzaron a rezar.

Rubén. Bebé prematuro. Revista Misión

Vivo tras el bautismo

Y cuando humanamente todo parecía perdido, la Providencia empezó a actuar de un modo inconfundible. “Todo fue muy difícil hasta que dejé de resistirme. No entendía este sufrimiento, cómo iba a afrontar el tener un hijo enfermo; desconfiaba del mundo médico y eso me amargaba. Además, me sentía humillada por estar en reposo absoluto. Pero cuando entré en la cruz, en las entrañas del sufrimiento de Cristo, y comencé a ofrecerlo, pude descansar en Dios. Era Adviento, tiempo de esperar en que el Señor actuara”, confiesa Sara.

Y actuó. El 18 de diciembre de 2019, con 23 semanas y cinco días de gestación, como Sara había comenzado a tener muchos dolores y a sangrar, los médicos decidieron provocar el parto. El niño nació muerto.

Los médicos intentaron reanimarle, sin éxito. Hasta que Pablo, su padre, le bautizó vertiendo unas pocas gotas de agua sobre su cabeza, pequeña como una nuez. En ese preciso instante, el corazón empezó a latir. Todo el personal sanitario reconoció ser testigo de que el latido había comenzado tras el bautismo. El pequeño Rubén sobrevivió a cuatro meses de UCI neonatal y hoy es un niño sano.

El niño que no podía vivir

Juan Pablo, niño prematuro. Revista Misión.

Un acontecimiento similar al de Rubén le ocurrió a Juan Pablo. En su caso, él es ese feto “que no podría vivir” y, si lo hacía, “lo haría en estado vegetativo”. Hoy, sin embargo, es un niño sano de 9 años que acaba de hacer la Primera Comunión. Su padre reconoce en él una sensibilidad especial para el arte, y, cuando se le pregunta qué quiere ser de mayor, responde que sacerdote.

Misión publicó su historia en la edición número 21, en 2011, sin saber si tendría final feliz, cuando María Ángeles, su madre, estaba ingresada en el Hospital La Paz de Madrid con el diagnóstico de bolsa rota y viviendo como un éxito cada día que el bebé seguía con vida.

El ginecólogo había sido claro: había una probabilidad entre 1.000 de que el embarazo llegara a buen término y, por tanto, María Ángeles debía “interrumpirlo”, porque ponía en riesgo su vida. Pero, una vez más, la ayuda llegó del Cielo. “En la capilla del hospital recé de forma muy intensa, ofreciendo la vida de mi hijo a san Josemaría Escrivá y a san Juan Pablo II. Sentí una voz que decía: el milagro que pedís se os ha concedido. Salí corriendo de allí a contárselo a mi mujer”, relata Tomás, el padre.

17 niños salvados

Justo tras ese momento de oración se abrieron los caminos. Varias personas les recomendaron un ginecólogo cristiano que amplió las posibilidades de éxito a una de cada 10. “Cada vez que entraba en la habitación del hospital, se iluminaba”, recuerdan hoy. Tras cuatro meses de reposo absoluto, nació Juan Pablo. Su madre lo tiene claro: “El Señor tiene reservado algo importante para él. Si no, no se habría empeñado tanto en que naciera”.
Un aspecto común de ambas experiencias es que su sí a la vida ha supuesto fecundidad para otras personas. Tomás y María Ángeles son “padres espirituales” de 17 niños nacidos sanos que iban a ser abortados. Como la “locura” que estaban cometiendo se había convertido en la comidilla de los pasillos del hospital, llegó a oídos de otras madres ingresadas con el mismo diagnóstico. Tomás recorría las habitaciones contando su testimonio, que las alentaba a seguir adelante. Hasta su ginecólogo ha continuado llamándoles cuando tiene casos parecidos, para que animen a sus pacientes.

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