Por Isis Barajas
Ilustración: Palma M. Guillán
Todavía dudo cuando me preguntan a qué me dedico. “Soy periodista”, suelo responder, “aunque ahora no trabajo, estoy en casa”, añado torpemente después. Lo digo con la boca pequeña y rehúyo a propósito del apelativo “ama de casa”.
Tras ocho años dedicándome casi en exclusiva al trabajo doméstico y a la vida familiar, aún me pesan todos los prejuicios que acechan a las mujeres que eligen este camino vital. Al decir que soy periodista busco reivindicarme, dejar claro que soy alguien, que tengo una formación y por tanto una valía, como si ésta me viniera automáticamente por contar con una nómina a fin de mes o poseer varios postgrados. Es evidente que la humildad no es una de mis virtudes.
Cuando una mujer decide libremente dejar el mercado laboral, aunque sea sólo por un tiempo, para dedicarse por entero a la vida doméstica no lo hace por el bien de su familia. Al menos, no exclusivamente y, por supuesto, no como razón primera. Esta es sólo la excusa, la respuesta más rápida y fácil para justificar una acción a todas luces incomprensible en nuestros días.
Una mujer hace esta renuncia en primer lugar por ella misma. No por esto es una decisión egoísta, sino que es una decisión vocacional. La mujer que renuncia es la mujer que siente una llamada en su interior que no le es fácil acallar, es aquella de la que nace un deseo y un anhelo profundo, porque intuye que en ese camino hay un destino misterioso de plenitud para ella y, a través de ella, qué duda cabe, para toda su familia. No sabe por qué pero su corazón ansía una vida denostada por casi todos.
Dios pone a veces anhelos en nuestro corazón que ni nuestra propia razón entiende, pero que responden a su único deseo de salvarnos, de hacernos profundamente felices y desapegarnos de todo lo que nos aleja de Él.
La vida oculta en el hogar es una llamada a la confianza frente a la seguridad económica, a la humildad frente a los honores del mundo, al servicio frente a la autorrealización personal, al amor gratuito frente a la búsqueda del interés propio. Cuando el Señor llama a vivir por entero en la cotidianidad escondida y pequeña de nuestro hogar quizás es porque es esto y no otra cosa lo que nuestra alma verdaderamente necesita. Y por eso es una vocación personal, que como cualquier otra está encaminada a dar fruto y darlo en abundancia.
Santa Teresita quería ser una gran misionera y, sin embargo, fue su vida en lo oculto de un monasterio lo que ha arrojado luz a tantas generaciones posteriores. Ojalá, al final de nuestros días, podamos decir como ella: “No me arrepiento de haberme entregado al Amor”.
Artículo publicado en la edición número 74 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





