Por Paula Rivas
Cuando Alberto Serano llegó a Zimbabue en 1970, los únicos sacerdotes y religiosas en la diócesis de Hwange eran los misioneros españoles. Hoy, 55 años después, hay más de 80 sacerdotes locales y 100 consagradas. Para Alberto es una enorme alegría saber que cuando él ya no esté, la Iglesia por la que él ha dado su vida caminará sola.
El mayor deseo de los misioneros como Alberto es poder llevar el Evangelio a los “confines de la tierra” y establecer allí comunidades cristianas sólidas. Por eso, uno de los regalos más importantes que Dios da a su trabajo es que haya jóvenes que quieran seguir adelante con la tarea que ellos han comenzado. Son las vocaciones nativas el mejor legado que los misioneros pueden dejar en la misión.
Estas vocaciones que surgen en las misiones tienen muchas dificultades para seguir adelante por falta de recursos. Para cuidar de ellas, el Papa tiene una herramienta: la Obra de San Pedro Apóstol, una de las cuatro Obras Misionales Pontificias. A ella está encomendado el cuidado de los seminarios diocesanos que hay en los Territorios de Misión y el apoyo a los noviciados.
Las vocaciones nativas son el mejor legado que los misioneros pueden dejar en la misión

Una ayuda para todos
La Obra de San Pedro Apóstol canaliza los donativos recibidos de todo el mundo –como los recaudados en España en la Jornada de Vocaciones Nativas del 11 de mayo– y los reparte equitativamente entre los 770 seminarios diocesanos que hay en las misiones y entre los noviciados. Sin esta ayuda, muchos de estos seminarios tendrían que cerrar sus puertas.
No se trata de apoyar a unos o a otros. Cada año envía dinero a cada uno de ellos, para los gastos del día y las necesidades extraordinarias que vayan surgiendo. Gracias a esta Obra pueden seguir adelante con su vocación 81.400 seminaristas y 6.600 novicias y novicios.

Que ninguna vocación se pierda
En el origen de la Obra de San Pedro Apóstol están dos laicas: Estefanía y Juana Bigard, madre e hija. Tras recibir una carta en 1889 del vicario apostólico de Nagasaki que explicaba que tenían que rechazar a candidatos al sacerdocio por falta de medios, ambas decidieron poner toda su fortuna al servicio de este fin. Pronto formaron una asociación, que pusieron bajo la protección de san Pedro Apóstol. Lo que empezó como una iniciativa particular en Francia pronto se extendió por todo el mundo. En 1922 el Papa Pío xi reconoció el gran valor de esta Obra, y decidió asumirla como “Pontificia”. La Obra de San Pedro Apóstol se convertía así en el cauce habitual de la Iglesia para sostener las vocaciones nativas que van surgiendo en los territorios de misión. Para colaborar con vocaciones nativas: Teléfono: (+34) 91 590 00 41 de lunes a viernes de 9h a 14h. Bizum: 00500. Página web: www.omp.es/vocaciones-nativas
Artículo publicado en la edición número 75 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





