Don Quijote: La razón de la sinrazón, por Enrique García-Máiquez
Decíamos ayer (en el número anterior) que el secreto de la vida era encontrarle el sentido. Don Quijote, de cuyo autor, como de Shakespeare, conmemoramos este año el 400 aniversario de su muerte, se decidió a dárselo él mismo. Para dejarlo claro, se vistió de caballero andante, cambió su nombre (y el de su caballo) y buscóse una enamorada. Frisaba la cincuentena, para indicarnos que nunca es tarde. Su creador, Miguel de Cervantes, tampoco era manco (al menos, metafóricamente) e hizo lo propio: tenía su edad (cincuenta y ocho años) cuando dio con el personaje que daría sentido a su biografía.
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