Por Enrique García-Máiquez / Ilustración: Silvia Álvarez
Artículo publicado en la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.
A veces, se discute qué escritor es más grande. Admiramos la salida de T. S. Eliot, que afirmó que Dante es el más alto, por ser el más transcendente, y Shakespeare, el más ancho, pues su obra abarca toda la espesura humana. Podríamos añadir que Cervantes es el más profundo: interpela directamente al sentido de la vida de cada uno de sus lectores.
Jorge Luis Borges opinaba que la categoría del escritor dependía de su capacidad para crear personajes. Por número, parece que Shakespeare se lleva la palma, pero debemos tener cuidado con el efecto óptico. Don Quijote, que emula a Amadís de Gaula, nos insta a emularle a él en la construcción de un personaje propio y singular. Cervantes, de esa manera, ha creado a tantos personajes como hemos salido de sus páginas dispuestos a enderezar entuertos. Esa fuerza vital tiene hasta nombre: quijotismo. Es llamativo que dantesco haga referencia (injustamente) a un escenario tétrico, que shakesperiano se limite a un tono o a unas tramas enrevesadas y que quijotesco sea, en cambio, una noble actitud existencial.
La sinrazón de don Quijote responde a una doble razón de la obra. Nadie puede afirmar que el ridículo que hace le resta ese señorío que tiene; si acaso, extrañamente, se lo da. A pesar de presentarnos tan a las claras lo desvencijado de su talle y sus propósitos, el Caballero de la Triste Figura emana un poderoso atractivo. Rubén Darío, León Felipe, G. K. Chesterton y Nicolae Steinhardt, entre tantos, han hecho firmes propósitos de velar armas junto a él.
Pero no nos olvidemos del ridículo, que es muy serio. Para empezar, advierte que cualquiera que se sale del carril de lo normalizado, dispuesto a vivir según un ideal, está forzando la nota y, por tanto, se pegará un porrazo o dos, o se los darán. Contar con ellos, riéndose de uno, los desactiva. Es la cuadratura del círculo: el logro de un idealismo realista.
Y, en segundo lugar, el ridículo entraña la lección más importante, según demuestra el profesor Cesáreo Bandera. El error de Alonso Quijano radica en la elección de su modelo, Amadís de Gaula, cuando la única imitación auténtica es la de Cristo. Nos advierte Cervantes durante toda la historia y, sobre todo, con la conversión final de don Quijote.
Como decíamos, el sentido mejor lo da la fe. Y, de paso, alcanzarla es, como enseña nuestro caballero andante, una aventura.
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