Por Isabel Molina E. y Javier Lozano
Fotografía: Daniel Ibáñez
Artículo publicado en la edición número 72 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.
Realizar esta entrevista no ha sido fácil: “El señor embajador está de viaje en Hungría”… “Lo sentimos porque quiere hablar con ustedes, pero se encuentra de misión diplomática en EE.UU.”…, nos explicaba su secretaria, ya con cierta vergüenza porque la entrevista estaba concedida desde el primer intento. ¡Hasta que por fin logramos su atención! Y es que Eduardo Habsburgo-Lorena, tal y como él mismo asegura, no es un diplomático “al uso”. Primero, porque antepone su gusto por transmitir lo que más le apasiona a la perfección de las formas. Va por delante su trato cercano y su divertidísimo sentido del humor. Y, además, y más importante aún, porque cuando se trata de mostrar sus creencias y principios, no se corta. Desborda una fe auténtica y sabe hacer compatible su gusto por anunciarla con sus incontables compromisos oficiales. Tan pronto como se le puede ver atendiendo a su presidente en el Vaticano, lo encontramos dando una charla a los jóvenes en la que les habla a boca llena de las bondades de la castidad (un tema tabú en la era de la liberación sexual total), o escribiendo un libro sobre el legado de su familia.
Este archiduque de 57 años, tataranieto del emperador Francisco José I, está casado con la baronesa María Teresa de Gudenus, descendiente del archiduque Juan de Austria, con quien tiene siete hijos. En su linaje también figuran personajes tan destacados como el emperador Rodolfo, Federico III, María Teresa de Austria, Leopoldo o el último emperador del Imperio austrohúngaro y rey de Bohemia y Croacia, Carlos Ide Austria, beatificado en 2004 por san Juan Pablo II, y a quien le tiene gran devoción.
Da gusto encontrarse con un personaje así, una figura pública que bien arraigado en la tradición, no se corta para hablar de su “piedad barroca”. Lleva un rosario en el bolsillo, reza Laudes cada mañana, y promueve las devociones populares: “Si llegar al Cielo es el objetivo de la vida cristiana, los líderes que viven su fe de forma visible son muy importantes […]. Las procesiones, los rosarios, las novenas, la devoción al Sagrado Corazón y otras formas de la llamada ‘piedad popular’ son herramientas muy poderosas para combatir el pecado mientras vamos caminando hacia el Cielo. Es reconfortante cuando estas devociones se viven públicamente”, escribe en la segunda regla (de las siete que ha trazado) en su primer libro, The Habsburg Way: Seven Rules for Turbulent Times (Sophia Institute Press, 2023), para nutrir la propia vida, inspirados en la historia de los Habsburgo.
¿Por qué decidió implicarse personalmente en promover el legado de los Habsburgo?
Fue una combinación de tres elementos: mi gusto por comunicar, mi presencia en Twitter desde hace más de doce años, y el impulso que recibí del actual cabeza de la familia, Karl von Habsburg. No promovería la causa de los Habsburgo si no estuviera convencido de que él comparte las líneas generales de lo que cuento.

¿Cómo vivían en su familia el legado dinástico familiar y cómo descubrió de niño que pertenecía a esta gran dinastía que ha reinado en Europa?
Mi primer recuerdo es haber visto pinturas de los Habsburgo de antaño y que me dijeran: “Estos son tus antepasados”. Tampoco se me olvidan esos momentos en que los profesores de historia del colegio nos hablaban (y lo hacían a menudo) de mi familia. Era curioso porque esperaban que yo lo supiese todo sólo por el hecho de ser un Habsburgo. Así fue como me di cuenta de que tenía que profundizar en esta historia. Pero, sobre todo, me marcó mucho conocer a la emperatriz Zita de Borbón-Parma, en Zizers, Suiza, cuando yo era aún muy joven.
En su opinión, ¿qué hace a un matrimonio fuerte y feliz? Y aún más importante, ¿qué lo hace santo?
Gracias por esta pregunta, porque esta es precisamente la columna vertebral de mi segundo libro, el cual acabo de terminar de escribir. Creo que la base de un matrimonio sano y fuerte es una combinación de tres elementos: vivir una misma fe, un elemento que considero absolutamente indispensable; sin compartir la misma fe es muy difícil lograrlo; tener la misma visión de familia, y estar dispuestos a hacer sacrificios para tener una familia numerosa (que ambos quieran tener muchos hijos); y vivir la castidad. Ambos cónyuges deben tener una actitud de castidad, que hoy en día se considera ridícula o imposible, pero es posible. Viviendo estos tres elementos, existe una gran posibilidad de tener un matrimonio fuerte y santo.
Usted es un gran admirador del beato Carlos I de Austria y de su esposa Zita. ¿Cree que ella también llegará a los altares como su marido?
Estoy convencido de que alcanzará el honor de los altares. Era una mujer extraordinaria y vivió muchas virtudes de forma heroica. Además, la conocí personalmente, así que puedo hablar desde mi propia experiencia. Este matrimonio representa lo que un católico actual podría desear de un matrimonio santo, fuerte y hermoso (y no por ello aburrido).
No todo fue color de rosa en la historia de los Habsburgo, también hubo error y pecado. ¿Si usted pudiera “reescribir” la historia qué cambiaría?
¡Soy un apasionado de la historia familiar, incluso con sus defectos! Pero si tuviera la oportunidad de influir en un solo miembro de la familia, sería en José II, el hijo de María Teresa I de Austria. Considero que su decisión de cerrar mil monasterios en nombre de la Ilustración (la mitad de los que existían, incluyendo todos los contemplativos) fue la espada que rompió la Austria católica.
¿Qué importancia tiene para nosotros el papel que jugaron los Habsburgo en la batalla de Lepanto?
Juan de Austria, hijo de Carlos V, comandaba los barcos en Lepanto. Esta victoria, junto con la del asedio de Viena (también bajo el mando de los Habsburgo, en 1683), probablemente salvó a Europa para el cristianismo. Pero la lección para hoy podría ser doble: siempre es bueno estar del lado del Papa; e incluso una alianza improbable puede ganar si cuenta con la ayuda de Dios.
Es también un gran admirador de las ceremonias de coronación, solemnes y llenas de simbolismo religioso, del Sacro Imperio Romano Germánico, donde el emperador sabía que era investido con una misión que le daba Dios. ¿Qué implicaciones tenía esto en su forma de gobernar?
Puedo responder a eso de una manera muy personal. No, nunca he sido coronado, pero hablé con alguien que sí lo fue: la emperatriz Zita. Me dijo que la coronación como rey de Hungría fue probablemente el acontecimiento más decisivo en la vida de su marido, el beato Carlos. Le impresionó profundamente estar allí como un sacerdote y ser ungido como un obispo. Era terriblemente consciente de que a partir de ese momento tenía el deber solemne ante Dios de cuidar de su pueblo. Y lo hizo tan pronto como fue emperador: luchó por la paz, trató de implementar la doctrina social de la Iglesia en sus acciones y siempre estuvo atento a todos sus súbditos. Y, por supuesto, comprendió que nunca podría renunciar a esta corona, aunque hubiera sido mucho más sencillo e incluso más agradable tras el fin de la monarquía. Pero él sabía que había hecho una promesa solemne a Dios.
Cuenta en su libro unas cuantas anécdotas de la historia de los Habsburgo. Algunas muy serias… otras muy divertidas. ¿Cuál es la que a usted le resulta más divertida?
Me encantan las anécdotas en las que los Habsburgo pueden reírse de sí mismos y demostrar que ellos también son seres humanos. Una de mis favoritas es la del emperador Rodolfo, en el siglo XIII. Viajaba de incógnito y un campesino se topó con él en un pasadizo muy estrecho, y enfadado le pidió que apartase su “gigantesca nariz” para poder pasar. Rodolfo empujó su nariz hacia un lado y dijo: “¿Puede pasar ahora?”. También me encanta la carta de Carlos V (con su famosa mandíbula de Habsburgo) a Francisco I de Francia, en la que dice: “Es posible que hayas oído que tengo una enorme mandíbula. Es cierto, pero te aseguro que no la uso para morder a la gente”.

¿Por qué lleva siempre su rosario en el bolsillo?
Muy sencillo: si llevo el rosario, me acuerdo de que tengo que rezarlo. Además, me permite pensar en María cada vez que saco algo del bolsillo. Son dos razones de mucho peso. Pero llevo un rosario de cuerda y plástico porque nunca se enreda y si se me queda en el pantalón, aguanta en la lavadora sin destrozarse.
¿Qué otras oraciones rezan a diario? ¿Tiene alguna oración especial que practiquen en familia con su mujer y sus hijos?
Rezo Laudes antes de que mi familia se despierte; soy muy madrugador. También rezamos un rosario en familia todos los días, el Ángelus a la hora del almuerzo y en la tarde, intentamos ir a misa al menos dos veces entre semana, además de la misa dominical. Y es muy raro que no tengamos por lo menos una novena en marcha, como familia. Además, algunas novenas las hacemos de forma perpetua, durante bastante tiempo. Y en nuestra familia, pedimos que oren unos por otros de continuo.
¿Qué santos le han marcado especialmente? ¿Les tiene algún tipo de devoción especial?
El beato Carlos de Austria, santo Tomás Moro y san José. Al beato Carlos le pido a menudo su intercesión y suelo visitar las iglesias dedicadas a él. Y en mi familia invocamos de continuo a san José, y sobre todo, le rezamos novenas para suplicar su ayuda.
La Iglesia de nuestro tiempo vive una gran crisis. ¿Qué podemos hacer nosotros para que su esplendor vuelva a brillar y resplandezca de nuevo la luz de la verdad?
Esto me lleva a recordar algo que solía decir mi antiguo jefe, el obispo Klaus Küng de San Pölten: para salvar a la Iglesia, cada uno de nosotros tiene que tomarse en serio su santidad. Es un dicho muy sabio. Si cada uno de nosotros se decide a ser santo, le abrirá una puerta a Dios para que cambie el mundo. Y serán sobre todo las familias santas, las familias con muchos hijos, las que sanarán a la Iglesia y permitirán que haya de nuevo muchas vocaciones de sacerdotes buenos y santos.
7 REGLAS DE EDUARDO DE HABSBURGO PARA SORTEAR ESTOS TIEMPOS DIFÍCILES
En The Habsburg Way (La vía de los Habsburgo), Eduardo de Habsburgo extrae siete reglas de vida de la historia de los Habsburgo: “Son los principios que permitieron a nuestra familia mantener su identidad por más de 800 años, y propongo vivirlos porque también son útiles para las familias de hoy”, explica a Misión. Aquí te contamos en qué consisten:
1. Cásate y ten muchos hijos. Explica que el matrimonio fue la institución decisiva para mantener unido el Sacro Imperio Romano Germánico a lo largo de los siglos. Aunque hubo bastantes matrimonios arreglados, muchos fueron felices. Por eso, el archiduque está convencido de que el enamoramiento como base del matrimonio, aunque puede ser maravilloso, está “sobrevalorado”. Su propia experiencia le permite asegurar que para vivir matrimonios fuertes, lo esencial es compartir con el cónyuge la fe y una misma visión de familia (¡ojalá numerosa!).
2. Sé católico y practica tu fe. El embajador se siente orgulloso de que la historia y la identidad de los Habsburgo están estrechamente unidas a la fe católica desde los cimientos de esta casa imperial. Fue una fe que aguantó embestidas ideológicas tan duras como las de la Reforma o la de la Ilustración.
3. Cree en el imperio. Aunque la idea de imperio no está bien vista hoy, el archiduque subraya la importancia de la “subsidiariedad” en el Imperio y en la monarquía austrohúngara, un principio básico “de la doctrina social católica durante siglos”. Y aconseja que cuando las comunidades políticas le quiten responsabilidad a las familias, estas deben exigir que se respete este principio.
4. Defiende la ley y la justicia… y a tus subordinados. Afirma que los Habsburgo anteponían el espíritu de servicio a sus intereses personales. Su poder radicaba en dar ejemplo, como ocurrió con Carlos V, que consideraba a sus súbditos en el Nuevo Mundo no como siervos a los que explotar, sino como parte de su “responsabilidad, por el honor de Dios y en aras de la justicia”.
5. Conoce quién eres. Señala la importancia de conocer la propia Historia. Explica cómo las tradiciones familiares dan continuidad y son también una cuestión de honor. “Conocer quién eres y de dónde vienes tiene un papel determinante en tu futuro”. Y añade: “Te da soberanía sobre ti mismo y confianza para no dejarte llevar por modas pasajeras, sino para perseguir la verdad sobre ti mismo y sobre Dios”.
6. Sé valiente en la batalla o ten un gran general. Aunque históricamente los Habsburgo intentaron no librar batallas innecesarias, dice que la batalla es inevitable en la condición humana caída por el pecado. “Si es posible, busca la paz, pero todos tenemos que tener el coraje y la valentía para dar todas nuestras batallas, sean las que sean, las que la vida (y Dios) nos presenten”.
7. Muere bien. Todos tenemos la certeza de que moriremos, pero no tenemos el Cielo asegurado: “Muchos parecen ignorar que existe la posibilidad de acabar en el infierno por toda la eternidad”. Pone el ejemplo del beato emperador Carlos I, quien demostró que, para morir bien, hay que vivir bien: “Su santa muerte no habría ocurrido en un alma que no se hubiese labrado en la Misa diaria, el rosario, la devoción al Sagrado Corazón y la confesión frecuente”. Él explica que este antepasado suyo llegó a los altares precisamente por la forma como aceptó el sacrificio de su muerte. Y a propósito de esta historia recomienda leer Death of an emperor (La muerte de un emperador), de Hans Karl Zeßner-Spitzenberg.

UN HABSBURGO EN LOS ALTARES
Eduardo de Habsburgo le tiene gran admiración y devoción al beato emperador Carlos I de Austria, de quien san Juan Pablo II afirmó en su beatificación, en 2004, que “concibió su cargo de soberano como un servicio santo a su pueblo” porque “su principal aspiración fue seguir la vocación del cristiano a la santidad, también en su actividad política”. Junto a su mujer, Zita de Borbón-Parma, conformó el último matrimonio de los Habsburgo antes del fin de la monarquía. Un matrimonio ejemplar, que “compartió la misma visión sobre la vida y la fe”, asegura el archiduque, y para quienes “el matrimonio no era una simple forma de perpetuar el linaje, sino que, además, vivieron en santidad este sacramento instituido por Dios en el que el hombre y la mujer pueden ser felices juntos, siendo emperadores o simplemente esposos”. Y recuerda una frase del emperador tras su boda que se hizo célebre: “Ahora nos tenemos que ayudar mutuamente a llegar al Cielo”, lo cual, dice Eduardo de Habsburgo, ha de ser “el objetivo de todo matrimonio cristiano”.
Artículo publicado en la edición número 72 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





