Por Enrique García-Máiquez
www.egmaiquez.blogspot.com
Ilustración: Palma M. Guillán
Artículo publicado en la edición número 73 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.
Las personas se dividen en dos, las que están haciendo todo el día divisiones apodícticas y las que no. Yo pertenezco al primer grupo y, por eso, veo que los escritores, entre otras posibilidades, se dividen en dos: los que corrigen sin parar lo que escribieron y los que se dicen, como –ejem– Pilatos, «lo escrito, escrito está». Yo pertenezco al primer grupo. Luis Rosales presumía de que él corregía hasta en ferros, esto es, diez minutos antes de que la imprenta arrancase. Yo corrijo con el libro ya impreso, con la esperanza puesta en la segunda edición. Mi ambición no es vender muchos libros para ser un bestseller. Para mí uno es diez mil si es mi lector y no sé contar más que hasta uno. Si empujo un poco a veces para vender más, es por poder corregir siete u ocho comas que se me quedaron fuera de sitio, dos frases cacofónicas y sumar una idea nueva o una cita traspapelada.
Hay una circunstancia en la que resulta muy difícil hacer divisiones. La inmensa mayoría de las personas tiene dificultades para comprender las razones de quien no razona igual. El prójimo tiene razones que la razón no entiende. ¿Cómo es posible que haya gente que no quiera afinar lo que escribió, si puede? O todavía más: hay quien dice que jamás relee lo que publicó. Hacerlo es mortificante, por supuesto, pero cuánto se aprende.
“La dimensión narrativa de nuestra existencia conlleva que podemos ir corrigiéndonos sobre la marcha y hasta el último momento”
Como no veo diferencias entre la literatura y la vida, para mí es como quien se dice: «No me arrepiento de nada». Vaya. Yo creo que una de las grandes herramientas de mejora personal es el examen de conciencia, que va inexorablemente acompañado del dolor por los errores y los fallos, y por la firme voluntad de reparación y de aprendizaje. Con los libros, en concreto, si uno los siente como hijos suyos, cómo los va a dejar expósitos, abandonados al mundo. Mi madre siempre insistía en que era madre para siempre, y que eso implicaba cantarnos las cuarenta, si tocaba, aún con cuarenta años. Mi padre celebró hace unos meses su ochenta cumpleaños y mi cuñada le felicitó por lo bien que se encuentra. Contestó: «A ver si vivo diez añitos más, para que Jaime, el pequeño, tenga ya sesenta, y así los dejo a todos asentados en la vida». Yo estoy igual con mis libros. A ver si a la sexta o séptima edición los dejo más asentados.
Pero con la propia vida –protestará el lector– no podemos corregir el pasado. Sí que podemos. No está el ayer escrito, advertía Antonio Machado; y el escritor Emilio Gavilanes nos dice: «Todavía estás a tiempo de ser feliz aquellos años». Como la vida es un continuum, si termina bien, las desventuras de en medio son sencillamente el nudo de la trama, su crisis, felizmente resuelta. La dimensión narrativa de nuestra existencia conlleva que un final hermoso honra e ilumina toda la vida. Podemos ir corrigiéndonos sobre la marcha y hasta el último momento, menos mal.
Artículo publicado en la edición número 73 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





