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Conoce el temperamento de tu hijo para poder educarlo mejor

¿Por qué mis hijos reaccionan de forma diferente ante una misma situación y lo que me sirve para educar a uno no surte efecto con el otro? Son preguntas que nos podemos hacer buscando una solución común a todos los desafíos educativos. Lo cierto es que aunque todos los hijos reciban una educación similar, cada uno es distinto. Los hijos tienen su propio temperamento que hay que entrenar.

Por Alicia Gómez-Monedero

“Comprender nuestro temperamento nos ayuda a aceptarnos a nosotros mismos y a los demás y nos permite mejorar nuestras relaciones con compañeros de trabajo, amigos y familia”, explica a Misión Laraine Bennett, filósofa y escritora estadounidense. “Dejamos de reaccionar de manera impulsiva o instintiva y aprendemos a responder de forma prudente, reflexiva y virtuosa”, continúa la escritora, que, junto a su marido, Art Bennett, terapeuta matrimonial y familiar, ha investigado los cuatro temperamentos clásicos: colérico, melancólico, sanguíneo y flemático. Los autores explican que, reconociendo las características de cada temperamento, podemos comprendernos mejor, y entender a los demás y a nuestros hijos para educarlos. Pero, sobre todo, ayudarlos a sacar el mejor partido a su temperamento hasta llegar a desarrollar virtudes no sólo a pesar de su temperamento, sino precisamente gracias a él.

En El temperamento que Dios te ha dado (Palabra, 2026) los Bennett dejan claro que la clave no es intentar cambiar nuestro temperamento, sino que “conociéndolo, podamos entrenar la capacidad de responder siempre con amor a los demás y a Dios”, explican. Laraine Bennett asegura que Dios nos da un temperamento que permanece bastante constante a lo largo de la vida, “aunque es moldeado por nuestras experiencias y por la gracia de Dios, ya que estamos llamados a crecer en virtud y santidad”. No se trata de cambiar el temperamento, sino de santificarlo.

También aclara que lo normal es que nadie tenga todas las características de un solo temperamento. Lo común es compartir características con varios temperamentos, aunque por lo general hay uno que predomina sobre los demás.

“Conocer nuestro temperamento nos ayuda a dejar de reaccionar de manera impulsiva para responder de forma virtuosa”

Temperamento y carácter

“El temperamento no es lo mismo que la personalidad total, ni es lo mismo que el carácter”, señala la autora. Según explica, el temperamento es sólo un aspecto de nuestra personalidad que impulsa nuestras reacciones naturales, profundas e instintivas desde el nacimiento. “Nos gusta decir que es la forma en que Dios pone en marcha nuestra personalidad, que se irá formando por la educación, la cultura, nuestras decisiones, el orden de nacimiento, la familia de origen… ¡así como por nuestro temperamento!”, explica Laraine. Además, hace especial hincapié en que nuestro carácter total se forma, en última instancia, por las elecciones libres que hacemos, que deben estar guiadas por el Espíritu Santo y por la gracia de Dios.

Laraine y Art Bennett
Identificar el temperamento

La autora recomienda a los padres mostrar un aprecio explícito por las fortalezas naturales y los talentos de cada hijo, “ya que son los cimientos para ayudarles a aprender y crecer”. Luego, para identificar su temperamento hará falta observarlo, hablar con él y estar atentos a cómo reacciona ante diferentes situaciones, ya que tiene una manera de afrontar la realidad. E insisten en que los padres pueden ayudar mucho a cada niño a orientar sus debilidades en una buena dirección si conocen su temperamento. A modo de ejemplo, Laraine explica que un niño con temperamento colérico “probablemente se resista a la crítica del borrador de una redacción, pero tras unas explicaciones claras, serenas y razonadas sobre cómo puede mejorarla, se animará a revisarla”. Así mismo, “un padre debe comprender que un niño melancólico introvertido necesita más tiempo para adaptarse a situaciones nuevas y para pasar de una actividad a otra, a diferencia de un niño sanguíneo, que disfruta –e incluso espera con ilusión– nuevas actividades, lugares y personas”, comenta Bennett.

Identificar el temperamento de los hijos no justifica sus malas acciones. Sería inmaduro excusarlo pensando: “Reacciona así porque es colérico” y no tratar de ayudarlo a mejorar. Pero gracias a la ayuda de la fe –insiste– es posible entender el temperamento como un aspecto natural –y por tanto bueno– de nosotros mismos que puede ser formado cuando, al madurar, crecemos en la vida de gracia, mediante la cercanía a Dios y la imitación de Cristo, a través de los sacramentos y de la oración.

De la ira a la dulzura

Grandes santos han moldeado sus reacciones, incluso han ido en contra de su temperamento y han llegado a los altares. Los Bennett señalan en su libro el caso de san Pedro, que “era un sanguíneo impulsivo que negó a Jesús tres veces y que se dejaba influir por los demás, pero aun así se convirtió en nuestro primer papa, recibió la misión de propagar la fe entre los gentiles y llevó el primer pagano a la Iglesia gracias a su apertura y generosidad, junto con su amor por las personas”, recuerda Laraine.

También llama mucho la atención el caso de san Francisco de Sales, conocido como el santo de la dulzura, que, sin embargo tenía un temperamento colérico que tendía a la ira. Cuenta Bennett que este santo “sería conocido con el tiempo como un santo muy bondadoso, pero luchó durante toda su vida contra un temperamento irascible y colérico. Tras su muerte, se descubrieron profundas marcas de arañazos debajo de su escritorio, donde el santo se aferraba con todas sus fuerzas mientras intentaba mantener la calma”.

Artículo publicado en la edición número 80 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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