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Catedral de Santa María de Burgos

Burgos en tres pinceladas

Burgos fue fundada por el conde Diego Porcelos en el corazón de Castilla y del valle del Duero en el año 882 con la triple vocación de los asentamientos medievales: atención al peregrino, repoblación y defensa de los territorios reconquistados de los moros. Esta pequeña población amurallada, coronada por un castillo, posee una de las catedrales más bellas del mundo, y tres monasterios excepcionales: San Pedro de Cardeña, la Cartuja de Miraflores y Las Huelgas.

Por José Ramón Ayllón

El visitante que llega a Burgos despistado suele llevarse una enorme sorpresa al toparse con una catedral que derrocha excelencia, no sólo en su arquitectura gótica y renacentista, sino también en el resto de las artes que reúne: escultura, pintura, orfebrería y rejería. Decir que todo en la catedral de Burgos alcanza la máxima calidad parece exageración, pero la afirmación es perfectamente comprobable. 

En la Europa cristiana, la piedra sirvió al espíritu en tres instituciones incomparables: las catedrales, los -monasterios y las universidades. La portentosa arquitectura de las catedrales es mucho más que piedra sobre piedra. Ha sido pensada para convivir estrechamente con el misterio sublime de la liturgia, y al mismo tiempo con todas las modalidades de la escultura, con la pintura y la orfebrería, con enormes tapices y un profuso mobiliario, con la polifonía de la música sacra, con una rica biblioteca y un minucioso archivo, en muchos casos con la enseñanza de las artes liberales. 

Antes de que el funcionalismo propusiera los espacios de usos múltiples, la catedral lo era en grado sumo, pues estaba pensada para el culto religioso, la historia institucional y ceremonial, las fiestas locales y la vida cotidiana. Así concibieron la catedral de Burgos el rey Fernando III y el obispo Raimundo. 

En lo relativo al clero, el templo se concentraba en el altar mayor y el coro, pero brindaba a reyes y autoridades el marco donde escenificar los orígenes divinos de su gobierno. En su presbiterio se coronaban príncipes y se ungían obispos. En sus capillas funerarias reposaban monarcas, prelados y nobles, buscando al mismo tiempo la protección divina y la memoria humana. Enterrado bajo el bellísimo cimborrio de la catedral está Rodrigo Díaz, el Cid, señor de la guerra incomparable, que no perdió ni una sola batalla en su larga vida militar. 

Dos monasterios y un palacio

Los monjes benedictinos fueron hombres de oración, pero también de libro y arado. Los monasterios, organizados como explotaciones agrícolas y ganaderas, llegaron a ser las unidades económicas más rentables de Europa y un portento del progreso intelectual y técnico en tiempos de los bárbaros. De su ejemplo aprendieron los campesinos que su trabajo podía ser un ejercicio de virtud. Así, se fue forjando Europa, obra de la oración, la técnica y el trabajo de personas que centraban sus vidas en Dios. 

El monasterio de Cardeña. Fundado unos años antes que Burgos, es un remanso de paz, pero no olvida el día que fue pasado a sangre y fuego. Había vivido sin sobresaltos en el centro de Castilla, lejos de las tierras de moros. Hasta que llegó Almanzor obsesionado con reducir a cenizas la España cristiana. Saquearon, incendiaron y degollaron a doscientos inocentes, hoy considerados mártires.

Las Huelgas. Este impresionante monasterio, también palacio y panteón real ubicado en el Camino de Santiago a su paso por Burgos, es el mejor regalo de la reina Leonor a la ciudad. Su esposo, el rey castellano Alfonso viii, es célebre por su decisiva victoria en las Navas de Tolosa. Leonor era hija de Enrique ii de Inglaterra y Leonor de Aquitania. Entre sus nueve hermanos, algunos tan conocidos como Ricardo Corazón de León y Juan sin Tierra, la reina puso especial empeño en Las Huelgas, fundación de monjas cistercienses, según recoge Alfonso el Sabio en las Cantigas: “Un hospital facía Él, e su moller labraba o Monasterio das Olgas”.

Palacio de los Condestables de Castilla. En esta joya de la arquitectura civil del XV, construido por Juan y Simón de Colonia, se alojaron los Reyes Católicos en una docena de ocasiones. En él recibieron a Cristóbal Colón, y en él falleció Felipe el Hermoso, esposo poco digno de la reina Juana.  

Artículo publicado en la edición número 76 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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