Por Alicia Gómez-Monedero
Tu hijo lleva toda la semana hablando de la excursión de esta tarde con sus amigos, pero cuando llega el momento de salir inventa cualquier excusa para quedarse en casa. Puede tratarse de algo puntual. Sin embargo, si esa conducta se repite cada vez que hay una actividad fuera del entorno habitual, conviene indagar qué le está ocurriendo. Detrás de esa negativa puede esconderse un problema de ansiedad.
“La ansiedad es una respuesta fisiológica y adaptativa que nos protege. Es algo positivo porque constituye una respuesta emocional de anticipación ante una amenaza o un peligro percibido como posible o futuro, y nos prepara para afrontar esa situación con más posibilidades de éxito”, explica Fernando Berrendero, doctor en Farmacia, profesor titular de la Universidad Francisco de Vitoria e investigador principal del Grupo de Investigación en Neurobiología de los Trastornos Adictivos y de la Ansiedad.
El problema aparece cuando esa respuesta deja de cumplir su función protectora. “Si se activa de forma exagerada, desproporcionada o persistente, hasta el punto de que no podemos controlarla o incluso surge sin una amenaza objetiva, puede convertirse en una patología”, añade el especialista. Entre los síntomas físicos más habituales de la ansiedad figuran el aumento de la frecuencia cardíaca, la hiperventilación o las molestias digestivas.
Querer que los niños sepan “de todo” puede acabar convirtiendo su infancia en una carrera de obligaciones, fuente de mucho estrés
Cómo se manifiesta
Saray Bonete, profesora del Grado en Psicología y psicóloga sanitaria de la Universidad Francisco de Vitoria, explica que entre los 9 y los 12 años existen señales que deben llamar la atención. “Si ante una situación que suscita miedo, especialmente cuando no implica un peligro real, la reacción del menor es desproporcionada, puede ser un indicio de que está sufriendo ansiedad y no sabe cómo manejarla”, señala.
Un ejemplo frecuente es el miedo a las arañas. “Si un niño solo de pensar en ellas se altera y esa reacción le impide ir de acampada con sus amigos, debemos prestar atención”, indica la psicóloga. No obstante, los expertos recuerdan que sentir miedo forma parte del desarrollo normal. “Desde bebés los niños experimentan miedo y pueden presentar reacciones de ansiedad ante lo desconocido, que suelen desaparecer conforme avanza su desarrollo”, explica Bonete.
Así, es habitual que entre los 8 y los 12 meses aparezca ansiedad ante la separación de los padres o frente a personas desconocidas. Del mismo modo, el miedo a la oscuridad es frecuente entre los 2 y los 6 años y puede ir acompañado de reacciones intensas. Lo importante es comprobar que esas respuestas disminuyen progresivamente y que el niño aprende a gestionarlas a medida que crece.
Exceso de actividad
Según Bonete, algunos estilos educativos pueden contribuir, sin pretenderlo, al desarrollo de la ansiedad infantil. Uno de ellos es la sobrecarga de actividades extraescolares. “En ocasiones llenamos las agendas de los niños con tantas actividades que apenas les queda tiempo para el juego libre”, explica. La psicóloga hace hincapié en que la presión actual por propiciar que los niños “sepan de todo” puede llevar a muchas familias a inscribir a sus hijos en más actividades de las que realmente necesitan.
Otro factor que preocupa a los especialistas es el uso excesivo de pantallas. Bonete señala que aproximadamente el 35 % de los niños en edad escolar presenta problemas de ansiedad, una cifra similar al porcentaje de menores que utilizan videojuegos o pantallas a diario. Aunque esta coincidencia no implica una relación de causa y efecto, sí invita a reflexionar sobre el impacto de estos hábitos. Esta especialista en trastornos de ansiedad explica que si sometemos al niño a la tensión de, por ejemplo, saltar vallas en un videojuego para ganar, esto provoca una respuesta de estrés y una descarga de adrenalina que persisten incluso después de dejar de jugar. “Aunque el juego termine, el cuerpo queda preparado para salir corriendo”, puntualiza.
Berrendero advierte además de los riesgos asociados al uso intensivo de redes sociales como TikTok o Instagram ya que “favorece el aislamiento, reduce la interacción con otras personas –fundamental durante el desarrollo–, altera el sueño, dificulta la concentración y aumenta el riesgo de adicción que conlleva el uso excesivo de pantalla”.
Por último, Bonete apunta al divorcio como otro posible factor de estrés. “Cada vez hay más familias reconstituidas que dan lugar a dinámicas que agotan. Los niños se ven obligados a cambiar de casa cada cierto tiempo y a responder a expectativas diferentes entre ambos progenitores, especialmente cuando existe tensión entre ellos”, explica.
Cuándo buscar ayuda
Conviene consultar con un profesional cuando el miedo deja de ser algo puntual y empieza a condicionar la vida cotidiana del niño. Algunas señales de alarma son:
-Evita de forma repetida situaciones que antes disfrutaba.
-Presenta síntomas físicos como taquicardia o dolor de estómago repetidamente.
-Su miedo le impide participar en actividades habituales.
-La ansiedad interfiere en su vida familiar, escolar o social.
Cómo ayudar al niño
Para superar las circunstancias que generan ansiedad a los niños, la psicóloga Saray Bonete propone “una exposición gradual y controlada en un entorno seguro”. Si un niño tiene miedo a meterse en la piscina, por ejemplo, lo recomendable es acompañarlo e ir poco a poco: jugar con él dentro del agua, ayudarle a comprobar que está seguro… Por su parte el doctor Fernando Berrendero insiste en que es necesario dejar a los niños jugar al aire libre con otros niños de forma independiente. “El juego libre les ayuda a resolver problemas entre ellos mismos, a negociar con otros niños en un entorno seguro, a aceptar que a veces se pierde y a acostumbrarse a la frustración. Todo ello favorece su maduración y les prepara para afrontar mejor las dificultades futuras”, explica. Los especialistas coinciden en que el primer paso siempre debe ser dar al niño cariño y comprensión, escucharlo con atención, sin juzgarlo, cuando tenga algún conflicto o se enfrente a situaciones difíciles. Por último, ayudarle a poner nombre a sus sentimientos sin minimizar lo que le ocurre. Cuando las dificultades persistan o interfieran de forma significativa en su vida diaria, conviene consultar con un profesional que pueda valorar la situación y orientar a la familia.
Artículo publicado en la edición número 81 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





