Por Isabel Molina Estrada
¿Piensa que la adolescencia es hoy más difícil que en otras generaciones?
La adolescencia ha sido siempre un periodo difícil, pero el nuevo paradigma tecnológico –que nos prometía mantenernos hipercomunicados– nos está aislando. Las redes sociales han hecho que en esta etapa tan importante de hacerse mayores, muchos jóvenes inicien hoy un proceso inquietante de deshumanización que se refleja, sobre todo, en las relaciones artificiales que establecen.
¿A qué se refiere?
A que el encuentro entre ellos se está descorporeizando: construyen identidades ficticias, que dialogan con otras identidades ficticias, y alardean de una vida que no existe. Todo este proceso, sumado a las dificultades propias de esta etapa, se está convirtiendo en una impostura. El nuevo paradigma digital los está ensimismando.
Habla de una especie de espejismo digital. ¿En qué consiste?
Es un espejismo en el que les parece que tienen a alguien al otro lado de la máquina que parece que les habla, los escucha y los entiende, pero no tienen a nadie. Es un espejismo porque no hay un sujeto al otro lado. Le abren su alma a la inteligencia artificial.
¿Qué efecto tienen este tipo de interacciones en el lenguaje que utilizan?
Hay un gran empobrecimiento del lenguaje. Los jóvenes han abandonado los tres ámbitos que te dan el coeficiente verbal: la lectura, la conversación y la reflexión. Si tú no lees, no puedes tener un buen coeficiente verbal. Y están sufriendo mucho porque les faltan las palabras para explicar y entender las cosas que les pasan. En medio de un mundo que no acepta el sufrimiento, esto hace que cuando se sienten mal, no saben siquiera calificar su malestar. Tú les preguntas cómo están, y contestan: “Estoy mal, bro. Todo mal, bro”. Perder las palabras es un drama.
“Los adolescentes están sufriendo mucho porque les faltan palabras para explicar y entender lo que les pasa”
Habla de aislamiento, de relaciones que son una puesta en escena, ¿algo más?
La batalla de fondo es por la profundidad. Estamos en la era en que más se ha escrito en la historia, pero hemos perdido la profundidad. Por eso no se trata tanto de dar la guerra contra las redes sociales, que han venido para quedarse, sino contra la tentación de aceptar lo fácil, lo rápido y lo superficial. No podemos reducir la complejidad de la vida a vídeos de treinta segundos porque los problemas que tenemos todos, pero en especial los jóvenes, son profundos. Y a problemas profundos se necesitan respuestas profundas.
¿Cómo ha ocurrido este empobrecimiento progresivo del lenguaje?
Su cerebro se está deteniendo por ese otro cerebro portátil que llevan en el bolsillo. Hoy los influencers son más valorados que los pensadores, y la opinión, más que el conocimiento; hay millones de “especialistas” que mezclan opiniones con búsquedas en Google. Se confunde tener acceso a la información con tener cultura.
¿Qué otras características observa en su forma de comunicarse?
Utilizan un lenguaje que se basa en la repetición de interjecciones y que va al resultado. Así, se pierde la ironía, el contexto, las segundas intenciones… Y este lenguaje directo se vuelve violento. No utilizan metáforas porque probablemente no las entienden. Tampoco entienden las bromas. Tener un alto coeficiente verbal es importantísimo. El doctor Francisco Villar, jefe de psiquiatría infantil del Hospital San Juan de Dios de Barcelona –un hombre que se enfrenta al suicidio infantojuvenil a diario–, dice que nada protege mejor contra el suicidio que el coeficiente verbal.
Usted es un convencido de que las personas, más que homo sapiens, somos homo narrans. ¿Por qué?
Porque nuestra vida es una narración; necesitamos palabras para verbalizar nuestra experiencia. Una conversación, por ejemplo, es como tirar de un hilo: te pones a hablar y descubres tus propios pensamientos y emociones… El profesor Giovanni Sartori hablaba de que somos homo videns porque no hacemos más que ver contenidos sin profundizar. Tenía razón porque la exposición a contenidos audiovisuales ha llegado a ser aberrante. Tenemos que volver al homo narrans: curarnos con el habla, con la conversación, que es un acto de relación que también incluye silencios.
Decía que el lenguaje pobre deriva en violencia. ¿Por ejemplo?
Suelo dar charlas en muchos colegios y allí me cuentan que el problema que tienen no es tanto de bullying, sino de que los jóvenes son violentos entre ellos. Y es que cuando se empobrece el lenguaje, entre ellos se hablan mal y se insultan… Se relacionan un poco –perdón– como simios.
Volvamos a la conversación. ¿A los adolescentes les hace falta hablar?
En la niñez no hace tanta falta hablar, pero en la adolescencia es importante hablar, y mucho. Tienen muchas preguntas para las que necesitan respuestas porque se enamoran por primera vez, su cuerpo cambia, no saben qué van a estudiar… Y es justo el momento en que ya no preguntan a quien mejor les podría responder. Por eso recomiendo, basándome en la literatura y en el cine, que aparezca un mentor, esa figura distinta de los padres y en plena sintonía con ellos –como un profesor, un catequista o un monitor de scouts– que oriente sus preguntas. Es el Obi-Wan Kenobi de Star Wars oel Gandalf de El señor de los anillos. Una de las misiones de los padres es buscarles un buen mentor a sus hijos.
¿Qué más podemos hacer para ayudarles a ser homo narrans?
Principalmente, como he dicho, recuperar la lectura, la conversación y la reflexión. Es urgente que lean porque en este momento distópico se ha perdido la referencia a la verdad. Si no leen, pensarán que la verdad es lo que les dice la IA. Luego, hay que procurarles espacios donde a ellos les guste estar para que hablen con tranquilidad, y adultos disponibles que sepan sostener estos espacios. Por último, necesitamos propiciarles momentos de contemplación, de paciencia frente a la urgencia de lo inmediato. Recuperar las salidas al campo, a sufrir un poquito, a lavar las ollas con agua fría… Ya sólo sentarse sin hacer nada sería terapéutico, porque hoy cuando nos sentamos, automáticamente sacamos el móvil.
El momento por excelencia de la conversación ha sido siempre la mesa familiar. ¿Conviene insistir en que los adolescentes coman en familia?
Decía Juan Roig, de Mercadona, que en 2050 en España ya nadie cocinará. Eso es terrible, porque el ser humano no se nutre como el animal. Nos sentamos y compartimos el amor, la fe o nuestras ideas políticas… Es indispensable recuperar la sacralidad de la mesa. En una familia donde los hijos comen solos se pierde la autoridad.
¿Y esto cómo se logra?
Haz lo que Marc Augé llama un lugar. En su teoría de los no-lugares, él decíaque los espacios de tránsito no generan identidad, ni relaciones duraderas, ni sentido de pertenencia. Él llama lugares, en cambio, a la plaza, al salón de casa, a la iglesia, porque ahí se construyen vínculos. Los chicos ahora están en centros comerciales, en lugares de tránsito. Tenemos que volver a construirles un lugar bello en el colegio y en la casa. No un sitio al que vas a comer y a dormir. Tus hijos tienen que sentirse a gusto en casa.
“Tenemos que volver a construir un lugar bello en casa donde los jóvenes se sientan a gusto”
Para terminar, ¿podemos ayudar a los adolescentes a recuperar ese lenguaje que da sentido a la vida?
Sí, pero hay que luchar mucho y poner normas. El móvil lo hemos recibido de manera acrítica. Seguro que en casa hay normas de a qué edad beber o fumar, o a qué hora llegar. Hay que poner también normas respecto al móvil y crear espacios donde el móvil no exista. Si las familias pasamos de una aceptación acrítica –no condenarlo todo, pero sí a examinarlo todo– podemos ganar. Aunque es verdad que la deriva social es fuerte, animo a los padres a que no tengan complejos en imponer su criterio. Y que no pierdan la esperanza, porque este esfuerzo tiene premio.
Artículo publicado en la edición número 80 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





