Nueve años han pasado ya desde aquel día en que conocí a mi gran superviviente. Tenía las manos alargadas y la cara arrugadita, y sus ojos bien abiertos contemplaban un mundo por estrenar ajenos a esos brazos míos inexpertos, que torpemente lo acunaban. No sabía cómo cogerlo sin que se me rompiera ni cómo ponerle un body por la cabeza sin descoyuntarlo. Por supuesto, no tenía ni la más remota idea de si el bebé se estaba enganchando bien al pecho en aquellos primeros días de aterrizaje sin frenos en el mundo de la maternidad. Tenía 25 años y apenas intuía de qué iba esto de ser madre.

Por Isis Barajas

A los tres días, el pequeño empezó a tener fiebre alta y acudimos asustados a Urgencias. Un inicio nefasto en la lactancia materna: el bebé no se enganchaba, yo no sabía cómo ayudarlo y su cuerpecito, débil, empezó a dar la voz de alarma.
Mi cachorro estaba en peligro y yo me rompía por dentro. Una y mil veces hubiera dado mi vida por la suya en aquel mismo instante. Fue entonces cuando empecé a intuir de qué iba todo aquello de la maternidad.
Cinco hijos después he seguido demostrando una habilidad extraordinaria para equivocarme, para caer en los mismos errores e incluso para explorar otros nuevos. Será por eso que Dios insiste en darme nuevas oportunidades para perfeccionarme en este arte para el que he demostrado escasas destrezas. Y es que ahora que espero con entusiasmo el nacimiento de nuestro sexto hijo, no puedo evitar sonreír al recordar tantos tropiezos y peripecias pasadas.
También ha habido progresos… ¡claro que sí! Quién le iba a decir a aquella veinteañera angustiada con la lactancia que podría, ocho años después, dar el pecho a sus dos mellizos más allá del año sin tener que recurrir al biberón.
Pero ahora sé que ni sobre esos aciertos, ni mucho menos sobre esos errores, va esto de ser madre. Hay quien dice que los hijos te quitan calidad de vida o, incluso, que te quitan la vida misma.  Yo prefiero pensar –y repetirme con frecuencia– que ser madre es entregarnos a esos hijos que se nos dan en custodia.
Y la diferencia entre “quitar” y “entregar” es considerable. Dar la vida no termina con el parto; lo haces cuando pasas horas en Urgencias, cuando peinas a un niño detrás de otro a pesar de que tú todavía ni te has mirado en el espejo, cuando escuchas por millonésima vez la canción de Vaiana en un viaje de seis horas en coche, o cuando no te quitas de la cabeza ese problema serio de tu hija…
Y esto que pareciera una tortura, en realidad, no es en absoluto lo que hace insoportable la maternidad. Lo que nos lleva a la frustración –a mí la primera– es resistirnos a entregar esa vida que se nos regala en abundancia. La maternidad se disfruta de verdad cuando no dejamos que nos quiten la vida, sino que la damos libremente.
Así que, me van a disculpar, pero me voy ahora mismo con mi niña de cuatro años que, por quinta vez, me llama para que le dé otro beso (o un vaso de agua, o un peluche, o un abrazo de oso, o ¡qué sé yo!) antes de dormirse… Buenas noches.

Ilustración: Ester García