Por Juan Manuel de Prada
Nadie que no esté arrasado por el napalm del veneno ideológico podrá discutir que en la hecatombe de Valencia nuestros gobernantes han actuado con una incompetencia crasa. Unos por negligencia no supieron prevenir los efectos de una lluvia torrencial que habría exigido concienciar a los valencianos; otros por doloso cálculo político no acudieron en auxilio de los negligentes, para obtener rédito político de la catástrofe. Y ahora unos y otros tratan de echarse las culpas, mercadeando (o, como se dice ahora, “politizando”) el dolor, en un esfuerzo por desviar hacia el adversario los daños electorales que la muerte de tantos compatriotas puede acarrear.
Tal espectáculo bochornoso, cuando muchos cadáveres todavía no se han podido encontrar, y algunos ni siquiera han sido identificados, no sería ni siquiera concebible en una sociedad regida por gobernantes que conservasen el sentido de la sacralidad humana y capaces de reconocer sus errores, capaces de arrepentimiento, capaces de pedir perdón.
El daño que se ha infligido a los valencianos, por culpa y por dolo, es en verdad apabullante; y es un daño que nada tiene que ver con el causado por la catástrofe natural. Un daño que exige una reparación; pues toda injusticia no reparada se convierte en una herida que en muchos casos acaba enconándose, hasta degenerar en resentimiento. Y el resentimiento emponzoña los afectos y el entendimiento, convirtiéndose en un potentísimo disolvente de lo que Aristóteles llamaba la “amistad cívica” (y nosotros, de forma menos lograda, “convivencia”). Esta pasión sórdida del resentimiento, que cualquier régimen político sano trata de reducir al máximo, en nuestro régimen partitocrático es por el contrario azuzada, hasta convertirse en plaga endémica; pues nada fortalece tanto a los gobernantes inicuos como debilitar al cuerpo social, enviscándolo de antagonismos. Muchas ideologías modernas, de hecho, no son sino propaganda del resentimiento, expuesta en lenguaje seudocientífico.
Pecaríamos de ingenuidad, sin embargo, si pensásemos que en la España de hogaño los daños sufridos por los valencianos van a ser reparados por los tribunales, que muy probablemente serán utilizados para enviscar el rifirrafe ideológico. Y que, en el mejor de los casos, se encargarán de imponer indemnizaciones pecuniarias que esquilmarán –¡todavía más!– el bolsillo del contribuyente, mientras se engorda el resentimiento social y se disuelve la amistad cívica. De ahí que sea tan importante evitar que el dolor degenere inmoralmente en resentimiento, como conviene a esos gobernantes desalmados, que podrán ser a un tiempo temibles tiranos y melifluos demagogos. Nuestro dolor no será, desde luego, como una tormenta pasajera; será un dolor que penetre en el alma y se incorpore a ella, transformándola para siempre.
El remedio, pues, no consiste en pretender que ese dolor se “esfume”, sino en que permanezca dentro del alma, no como veneno que la amarga y pervierte, sino como acicate enaltecedor que, en homenaje a las víctimas, acabe sublimándose en “hambre y sed de justicia”. Frente a los gobernantes inicuos que siembran dolor y recolectan resentimiento, la mejor respuesta consiste en lograr que el dolor se vuelva fecundo, ensanchando y purificando nuestro horizonte moral.
Este dolor fecundo es el que hemos visto en tantas personas anónimas que han corrido a socorrer a los valencianos, mientras sus gobernantes balbuceaban su desconcierto o, peor todavía, se cruzaban de brazos, intentando rentabilizar los cadáveres. Así se fragua la auténtica comunidad; y la herida siempre abierta de nuestro dolor se funde con el dolor de nuestros compatriotas. Pero esta sublimación que hace fecundo el dolor sólo puede alcanzarse con auxilio divino; y el auxilio divino sólo lo obtienen los pueblos que lo solicitan.
Artículo publicado en la edición número 74 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





