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La cuestión social

Cada vez que el difunto Papa Francisco ponía sobre el tapete la apremiante “cuestión social”, provocaba los espumarajos de ciertos sectores economicistas, que de inmediato lo motejaban grotescamente de “rojo” o “peronista”.

Por Juan Manuel de Prada

A finales del siglo XVIII, con la revolución de Adam Smith, los economistas quisieron liberar la economía de la teología; después, los economistas quisieron desvincular la economía de la moral, hasta llegar a la situación presente, en que la economía se ha convertido en una ciencia cada vez más abstracta y matemática. Pero lo cierto es que la economía no es una ciencia matemática, pues sus resultados dependen de elecciones humanas; y allá donde hay elección, actúa la moral. Renunciar al análisis de las realidades económicas desde presupuestos teológicos y morales es tanto como dimitir de la fe.

Que la cuestión social es núcleo sustancial de la fe lo demuestra plenamente la tradición catequética, que al referirse a los pecados de iniquidad más grave y manifiesta, los cuatro “pecados que claman al cielo”, nombra específicamente dos que atañen a la “cuestión social”: la opresión del pobre y la defraudación o retención injusta del jornal del trabajador.

La doctrina social de la Iglesia, afirmaba Juan XXIII en su encíclica Mater et Magistra, es inseparable de la doctrina que la misma enseña sobre la vida humana; y es que, en efecto, poco sentido tendría defender la vida y la familia si al mismo tiempo la Iglesia no defendiese una concepción del trabajo que permita a las personas criar dignamente a sus hijos y dedicarse a sus familias. El trabajo –nos recordaba Juan Pablo II en su encíclica Laborem Exercens– es una condición para hacer posible la fundación de una familia, ya que esta exige los medios de subsistencia que el hombre adquiere normalmente mediante el trabajo.

El trabajo debe contribuir a la realización plena de nuestra humanidad, al perfeccionamiento de nuestra vocación de personas elevadas a un orden sobrenatural. De ahí que el trabajo deba estar en función del hombre, y no el hombre en función del trabajo; de ahí también que todas las fuerzas económicas deban supeditarse al trabajo, incluido el capital, pues como nos recordaba Juan Pablo II, “el trabajo es siempre una causa eficiente primaria, mientras que el capital es sólo un instrumento o causa instrumental”. Este principio evidente es el que trata de conculcar el economicismo materialista, convirtiendo el trabajo en una especie de mercancía o instrumento al servicio de la producción.

“La doctrina social de la Iglesia no es una tercera vía entre el capitalismo liberal y el capitalismo marxista, sino una reflexión sobre la realidad a la luz del Evangelio”

Tal como denunciara Pío XI, la inestabilidad y complejidad de la economía han embotado de tal modo las conciencias que la ganancia de riquezas, obtenida sin reparar en medios, se ha erigido en fin primordial, convirtiendo el trabajo en un mero instrumento para alcanzar ese fin. Y en momentos como el presente, en que esa ganancia de riquezas se ha ­desatado, en volandas de la globalización, es tentación de una cierta doctrina económica apartada de la verdadera ley moral desproteger y debilitar al trabajador, mediante legislaciones que no respetan la dignidad humana, la justicia social y el bien común.

La doctrina social de la Iglesia no es, concluye Juan Pablo II, una tercera vía entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, tampoco una ideología, sino una reflexión sobre la realidad social, política y económica a la luz del Evangelio. Proclamar esa doctrina forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia, por mucho que algunos pretendan silenciarla. Que nuestro nuevo Papa haya elegido el nombre de León, en homenaje al autor de Rerum Novarum, augura gozosamente que no dimitirá de esta misión.

Artículo publicado en la edición número 77 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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