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La conversión del filósofo

Un querido amigo, filósofo reputado pese a su juventud y escritor más que notable, acaba de bautizarse, en la última vigilia pascual.

Por Juan Manuel de Prada

Hace algunos años, este amigo publicó una novela protagonizada por cinco mujeres que conversan, en un barracón de Auschwitz, sobre las más graves cuestiones filosóficas, al estilo de los diálogos platónicos; entre esas mujeres se cuenta Edith Stein, la filósofa alemana conversa al catolicismo y después monja carmelita profesa. La novela me resultó extraordinariamente incitante cuando la leí; y tras su lectura le dediqué un artículo –por entonces yo apenas conocía al autor–, que concluí augurando que quien lo había escrito acabaría entregándose a aquella “belleza tan antigua y tan nueva” a la que se había entregado Agustín de Hipona. Algún tiempo después, el autor de aquella novela me citó un día para comunicarme que, en efecto, mis palabras se habían confirmado y que se había rendido a esa belleza; por lo que iniciaba una catequesis de formación, antes de bautizarse.

Si toda conversión es un hermoso milagro, la conversión de un intelectual –reconocido por el mundo, además– resulta todavía más asombrosa. Cuenta Chesterton que su conversión a la fe católica fue una consecuencia natural de su defensa de la cordura: frente a los filósofos de su época –deterministas, nihilistas, pesimistas–, todos ellos locos no porque les faltara lógica, sino porque su lógica era demasiado angosta y los encerraba en un mundo pequeño y asfixiante, Chesterton descubrió que la doctrina católica, con sus dogmas y aparentes rigideces, funcionaba en realidad como un espacio de libertad, algo así como el muro de un patio en lo alto de un acantilado donde los niños pueden jugar y retozar sin miedo a caer al vacío. A la postre, Chesterton se hizo católico porque descubrió que la Iglesia era la única institución capaz de defender las cosas comunes y corrientes –la familia, el vino, el hogar, la risa– contra las ideologías modernas, que pretendían reformar al hombre hasta hacerlo irreconocible. Su conversión fue, en última instancia, el descubrimiento de que la fe no es una cadena, sino la llave que encaja perfectamente en la cerradura del universo, permitiendo que la puerta se abra a una realidad mucho más ancha, colorida y emocionante de lo que cualquier ateísmo podía ofrecer o imaginar.

Otro intelectual converso al cristianismo, C. S. Lewis, durante su etapa de ateo militante, contemplaba la religión como una mitología simplista; pero su resistencia se fue desmoronando por pura aceptación de la lógica. Al ateo Lewis, la realidad que le tocaba vivir se le antojaba injusta; pero pronto empezó a preguntarse de dónde sacaba él la idea de justicia. Sólo un hombre que sabe lo que es una línea recta puede asegurar que una línea está torcida; sólo alguien que tiene inscrita la noción de justicia puede juzgar injusto el mundo. Paralelamente, Lewis deseó encontrar el gozo de vivir diversas experiencias estéticas, intelectuales o amorosas; pero descubrió que el objeto del deseo no estaba en las cosas mismas, sino que estas eran solo recordatorios. Aplicando una lógica implacable, concluyó que, si encontraba en sí mismo un deseo que ninguna experiencia de este mundo podía satisfacer, era porque él estaba hecho para otro mundo. Su deseo de lo infinito se convirtió en la prueba más evidente de la existencia de lo infinito.

¿Cómo habrá llegado mi amigo filósofo, formado en el agnosticismo, a la fe? En un pasaje de la novela que escribió hace unos años, contaba que Edith Stein, desoyendo el consejo de sus compañeras, había rechazado evitar la muerte porque concebía el Paraíso no como “una recompensa a la vida virtuosa, sino como una continuación infinita del goce en la existencia virtuosa”. Mi amigo es también un incansable buscador de la vida virtuosa; y creo que llegó un momento en que, para abrazarla plenamente, necesitó despojarse del hombre antiguo y correr al encuentro de la fuente de toda virtud. Laus Deo

Artículo publicado en la edición número 80 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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