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Economía de la ternura: «Tenemos una deuda biográfica con quienes se dedican a cuidar»

Hay un trabajo que, según estima el Instituto Nacional de Estadística, podría suponer entre el 35 % y el 40,7 % del PIB en España y que, sin embargo, no aparece en los libros de contabilidad. Es el trabajo que sostiene la sociedad desde lo escondido del hogar: el cuidado. Sobre esta realidad lleva años reflexionando Almudena González-Barreda, periodista española afincada en Alemania. Tras conversar con ella en Misión surge la pregunta incómoda: ¿y si fuera posible cotizar una pensión por ese trabajo oculto, pero imprescindible?

Por Isabel Molina Estrada

Almudena González-Barreda nunca imaginó que acabaría viviendo en Linnich, una pequeña ciudad de 14.000 habitantes al oeste de Alemania. Allí, rodeada de campo, con su marido y sus tres hijos adolescentes, ha encontrado una vida que no estaba en sus planes. Tampoco estaba en sus planes dejar el periodismo para dedicarse de lleno a su familia. Cuando estudiaba la carrera, nunca pensó que, si algún día tenía que abandonar su trabajo profesional, esa decisión le plantearía tantas preguntas. Su madre –su gran referente– había sido ama de casa. Almudena la admira desde niña como un ejemplo de entrega y de capacidad de gestión.

Siempre creyó que, si en algún momento ella elegía ese camino, le resultaría sencillo y muy natural. La realidad no fue exactamente así. Almudena tenía su trabajo hasta que la crisis económica de 2008 llevó a su familia a Colombia y poco después a Alemania por el empleo de su marido. En esas nuevas circunstancias ella tuvo que quedarse al cuidado de su familia: “Cuando llegamos a Colombia no tenía visado de trabajo”, relata. Desde entonces, comenzó a ser consciente “de lo invisible que era ser ama de casa y madre las veinticuatro horas del día”, recuerda. “Muchas veces lloraba pensando en el trabajo que había dejado atrás. Sentía ansiedad por la validación social, pero, sobre todo, por no poder ayudar a mi marido con la carga económica familiar”.

«Cuando una madre pausa su carrera para criar a sus hijos no deja de producir. Ese tiempo genera capital humano»

Le costó aceptar su situación hasta que una madre alemana le dijo una frase que la ayudó a dar sentido a su propia vocación: “‘Cuando me casé, mi propósito no era llegar a ser presidenta del banco en el que trabajaba… Me casé para formar una familia’, me dijo. Caí en la cuenta de que mi propósito era mantener a mi familia unida allí donde la vida nos llevara”.

Aunque no cotice

Con el tiempo esta madre madrileña empezó a reflexionar sobre lo que ella llama la “economía de la ternura”, una manera de entender el valor –también económico y social– que tienen aquellos trabajos que no aparecen en la contabilidad. “Pertenezco a una generación más expuesta que la de mi madre y tal vez por eso soy más consciente de la injusticia social que supone acumular desventajas fiscales, perder trayectoria y visibilidad laboral por tener hijos”, argumenta. Por eso, señala que cuando “una tarea aporta valor a la sociedad, aparezca o no en los balances económicos, merece ser reconocida por justicia. Que no se pague sólo la convierte en invisible”.

En Alemania, donde los servicios de cuidado tienen un coste muy elevado, una persona contratada para atender a otros durante varias horas al día alcanza salarios mensuales de varios miles de euros. “Si hubiera que pagar a alguien por hacer este trabajo de cuidado que hacen muchas madres, aparecería en el PIB. De hecho, aparece cuando se contrata a una empleada de hogar o a un cuidador”, explica Almudena a Misión.

Pero González-Barreda no habla desde la queja. Lo hace porque está segura de que este problema que hoy parece irresoluble sí podría tener una respuesta.“Ninguna sociedad puede prosperar si ignora el trabajo que sostiene a las personas”, reclama.

Para ella, la raíz es más honda que cobrar un salario. Implica a la forma en la que la sociedad valora la vida. “A las mujeres nos han vendido que debíamos salir de casa. Mientras tanto, la natalidad cae en Europa y las familias no son necesariamente más ricas porque trabajen los dos. Si ya no se valora la vida, ¿cómo se va a valorar aquello que la sostiene, la cría y la pone en órbita social?”, se pregunta.

Tres tradiciones

Hace dos años, una joven madre, también periodista, le confesó a Almudena que necesitaba trabajar para no perder años de cotización ni generar un vacío en su currículum. Decidió repartir periódicos a las cinco de la mañana mientras dejaba a sus bebés durmiendo en casa con su marido. Almudena intentó convencerla de que una madre desarrolla competencias muy valiosas, equiparables a las de un gerente: gestión de equipos, resolución de problemas, acompañamiento emocional, empatía, capacidad de reaccionar ante imprevistos, y un largo etcétera. Pero la preocupación de su amiga persistía. Entonces Almudena le propuso escribir juntas un libro.

El proyecto se quedó en esqueleto, pero ella siguió investigando. El resultado fue el ensayo Economía de la Ternura: Una visión femenina de la economía del cuidado y la libertad económica de la mujer. Con esa investigación Almudena llegó a una conclusión: el error más frecuente al hablar del cuidado es pensar que existe una única palanca que lo resuelve todo: o el Estado, o el mercado, o la familia. Almudena cree que ninguno de estos tres campos, por sí solo, es suficiente. Su propuesta combina tres tradiciones que operan en distintas escalas: el liberalismo austriaco, el distributismo y la Economía de Comunión.

Según explica, cada una de estas tradiciones aporta una pieza del puzle: el liberalismo de Hayek advierte que el Estado no puede diseñar el cuidado desde arriba porque hace falta un conocimiento que sólo lo dan las relaciones cercanas. El distributismo de Chesterton y Belloc pone el foco en la familia y en las instituciones intermedias, y recupera el principio de subsidiariedad de la doctrina social católica, según el cual “cada necesidad debe ser atendida por quien está más cerca de ella; no el Estado primero y la familia después, sino al revés”. Y la Economía de Comunión de Chiara Lubich añade la lógica del don: empresas y comunidades capaces de reconocer el cuidado sin convertirlo en intercambio ni en gestión burocrática. “Si sólo accionas una escala, el problema se desplaza. Si las tres convergen, algo cambia de verdad”, apunta Almudena.

Una deuda biográfica

Su argumento es que cuando una madre –o un padre– pausa su carrera para criar a sus hijos, no deja de producir. Ese tiempo genera capital humano, social y afectivo, aunque hoy el coste recaiga sobre el que cuida: “En cotizaciones que no acumula, en una trayectoria profesional que no construye y en una pensión que no genera”.

Almudena ha vivido la posibilidad de dedicarse a su familia como un privilegio. Pero también quiere poner nombre al coste de esa elección. Porque la deuda con quien cuida no es sólo económica, es una “deuda biográfica”:“Lo que el sistema le debe a quien cuidó no es una ayuda social ni un gesto de generosidad política. Es la restitución de algo que se tomó sin pedir permiso”, puntualiza. También es temporal; son años que no vuelven: “Quien sale del mercado a los treinta y vuelve a los cincuenta regresa a un lugar que siguió moviéndose… Su experiencia no figura en ningún currículum, su red profesional se ha enfriado, su sector ha cambiado y el sistema le pide una continuidad que nunca existió”.

Al final, Almudena propone repensar cómo dar visibilidad a ese trabajo oculto poniendo a la persona en el centro. Está convencida de que ha llegado el momento de que quienes cuidan –casi siempre mujeres– dejen de pagar esa factura.

El valor de la presencia
El marido de Almudena González-Barreda valora enormemente la estabilidad familiar que han construido juntos, fruto del orden, el cuidado y la presencia de Almudena en casa.“A mi marido le apetece llegar a casa”, relata Almudena. Sus hijos, incluso ahora que son adolescentes, también agradecen que ella esté disponible. Y ella vive su situación como un privilegio: “Hay estrés, frustración y preocupaciones –como en todas las familias–, pero prefiero estar en casa cuando alguno está enfermo y educar con nuestros valores”. Además, Almudena reconoce que el impacto de “la economía de la ternura” no termina entre las cuatro paredes de su hogar. También alcanza a la comunidad. “En mi calle hay un alto porcentaje de mayores que viven solos. Yo busco excusas para hablar con ellos porque la soledad es una epidemia en estos países donde el cuidado familiar se ha relegado muchas veces a la asistencia social”. Le duele especialmente que en su entorno “los hijos casi no visitan a sus padres”. Y reclama: “Aliviar la soledad de quienes están a nuestro alrededor es tarea de todos, pero si además estamos disponibles, con más razón”.

Artículo publicado en la edición número 81 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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