Por Enrique García-Máiquez
La pereza puede ser la madre de todos los vicios, sin duda, pero es la tía soltera de muchas virtudes, y aquí somos muy admiradores de las tías solteras, a las que tanto queremos y admiramos. A veces llamamos “pereza” a lo que en el fondo es descanso y, todavía más, reflexión o contemplación.
Chesterton soñaba con tener un lápiz lo suficientemente largo como para poder escribir su artículo en el techo, desde la cama. Así tendría que haber escrito yo este reportaje.
En esa misma línea –horizontal–, mi queridísimo Mario Quintana. El poeta brasileño envió una vez al periódico un artículo titulado Pereza, que consistía en un folio y medio en blanco con su firma al final. El director no entendió la genialidad, y le devolvió el folio para que lo llenara inmediatamente de palabras más o menos con sentido si no quería que le pagase con un talón de ociosos ceros.
La pereza como método
Quintana era experto en la materia. Según él, nada había contribuido más al progreso (al auténtico) de la humanidad. Alguien al que le cansaba mucho caminar acabó por inventar la rueda. Quintana cantó poéticamente a la pereza: “Suave pereza que, de ser malvado / y de otras idioteces, al abrigo nos pones… / Sólo por ti, ¡qué pésimas acciones / dejé de lado!”.
Y en un paradójico exceso de entusiasmo, le dedicó todo un libro titulado De la pereza como método de trabajo. La idea principal la concentró en este lema: “Lo que perjudica mi pereza, perjudica mi trabajo”. Lo que la gente llama “procrastinar”, dijo alguien que lo había pensado mucho, es, en realidad, pensar. El aburrimiento, como se sabe, es creador y la pereza es una de las fuerzas más formidables de la naturaleza.
“Lo que llaman ‘procrastinar’, dijo alguien que lo había pensado mucho, es, en realidad, pensar”
Al menos de la naturaleza humana. Es la mayor fuerza centrífuga del planeta. Los ingenieros que se dedican a las renovables tendrían que estudiar cómo sacar energía verde de la indolencia humana. He visto a gente hacer el triple de esfuerzo para sortear el trabajo sencillo que les correspondía.
Yo sí sé, por experiencia, cómo rentabilizar esa energía nuclear. Si además del estricto deber profesional, tenemos otros objetivos, cuando no deberíamos estar trabajando en ellos, podemos, en volandas de la indolencia, trabajar muchísimo en ellos. Como nos estaremos escaqueando de lo nuestro, nos deslomaremos la mar de contentos, concentrados y más aplicados que nunca en lo otro.
“La pereza, fiel a su indolencia, se deja derrotar con cierta facilidad. La ira, por ejemplo, se resiste bastante más”
Sólo la teología nos salva
Pero estamos recayendo, ay, en el signo de los tiempos: en el pragmatismo. Que la teología nos salve, y el idioma español “No hacer nada”, con su doble negación, que se niega a sí misma, ya nos está diciendo que el que no hace nada está haciendo algo. Como mínimo, algo importantísimo, sutil, misterioso y trascendente. Está dejándose ser. Recrearse, simplemente, en la nuda bondad de haber sido creado.
Pero entonces, ¿la pereza no es pecado? Oh, sí, por supuesto; pero sólo si dificulta el bien o, más restrictivamente, el Bien. Entonces hay que vencerla. La pereza, fiel a su indolencia, se deja derrotar con cierta facilidad. La ira, por ejemplo, se resiste bastante más. El modo de cogerle las vueltas es enamorarte del bien, ilusionarte con los proyectos, soñar (tranquilamente) con los resultados. Entonces la pereza hace algo muy suyo: se desvanece.
La pereza, Felix culpa
El verdadero homenaje a la pereza es vencerla. En última instancia, existe para eso. Es su vocación. Por suerte, da todo tipo de facilidades. Además, la pereza tiene otra virtud, si así puede decirse. Ella señala como nadie –felix culpa– cuál es nuestro deber. Si usted no supiese qué debe hacer en un momento dado, sólo tiene que preguntarse por lo que más pereza le da. Ella ya tendrá perfectamente identificado lo que tendría usted que estar haciendo en ese preciso instante. En esto, con una extraña diligencia, ni falla ni se retrasa. Incluso para irnos a dormir, que es el sueño de toda la jornada de oficina, nos entra desgana justo al dar las once de la noche. Cuántos devaneos por las redes sociales no nos habremos tragado por no hacer el micro esfuerzo de apagar la pantalla para cumplir nuestro deber heroicamente e irnos a la cama.
Así ocurre con todo. Si me entran unos impulsos tremendos de limpiar la casa en vez de escribir mi reportaje sobre la pereza, tengo que escribirlo ya. La pereza orienta, con sinuosa precisión, hacia la mejor laboriosidad. Si pienso ahora que estaría muy bien corregir por enésima vez el texto en vez de tender la lavadora, tengo que tender.
Ignoro el mecanismo por el que la pereza dispone de esa información privilegiada y de esos contactos con los sustratos más hondos de nuestro espíritu, pero los tiene. Es más rápida y más honda que nuestro examen de conciencia más racional. Eso hay que aprovecharlo. En un mundo multitarea, donde estamos agobiados por las demandas diversas, urgentes y divergentes, esa mano que el vicio le echa a la virtud no tiene precio.
¿Y no resultará un poco masoquista pasarse la vida haciendo precisamente lo que más pereza nos da? En realidad, no. En vencer la pereza hay un placer que duplica la felicidad del deber cumplido. Quien lo probó (algunas veces) lo sabe.
Artículo publicado en la edición número 80 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





