La revista más leída por las familias católicas de España

Isis Barajas: “Con el cáncer de mi hijo entendí que Dios me pide la vida no de uno, sino de todos mis hijos” 

Misión llega a su edición 77. No es un aniversario redondo, pero sí uno que indica un camino de plenitud. Para celebrarlo, entrevistamos a Isis Barajas, columnista y cofundadora de esta publicación. Nos habla sobre su etapa en la revista y sobre su decisión de dedicarse de lleno a su familia. Reflexiona también sobre cómo, en ese “dulce caos” de su hogar, están afrontado el cáncer de su séptimo hijo: “Deseo que mi hijo se cure. Pero, sobre todo, pido para que todos podamos vivir con la mirada puesta en Dios”.

Por Isabel Molina Estrada / Fotografía: Dani García

Comenzaste a trabajar en esta revista cuando te acababas de casar. ¿Qué recuerdo tienes de los comienzos en paralelo de esos dos grandes proyectos? 

Siempre he dicho que Misión ha sido como mi primer hijo, porque viví la gestación del primer número a la par que la de mi primer hijo. Aunque el ‘‘embarazo” de Misión fue más difícil, y a la vez muy ilusionante porque tuvimos que decidir lo que pensábamos que necesitaban las familias de España. Desde los inicios, la revista ha estado muy unida a mi vida conyugal. 

Eres periodista y trabajabas en un diario. ¿Por qué aceptaste venir a una revista que ni tan siquiera existía?

Fue un salto de fe. Nosotros nos casamos prácticamente sin nada, porque mi marido tampoco tenía un trabajo estable. Pero noté que en esto había una llamada del Señor. Me fie de lo que Él me ponía. Era providencial poder trabajar para editar una revista dirigida a las familias. Además, yo venía del ritmo de trabajo de un diario, y para mí era importante darle a la familia un puesto preeminente. Eso Misión me lo permitía.

¿Recuerdas alguna entrevista de las que hiciste en Misión que te dejara especial huella? 

Hay muchas, pero de primeras me viene a la cabeza Anne-Dauphine Julliand, que, además, me toca ahora de una forma muy personal. Me impactó escucharla hablar de cómo vivieron ellos el sufrimiento por la enfermedad de sus hijas. Una de ellas ya había fallecido, y la otra falleció después. También me tocó mucho la visita a la unidad de oncología infantil que llevaba la doctora Blanca López-Ibor, por sus lecciones sobre el dolor y el sufrimiento. El dolor de los niños es algo que siempre me ha tocado muy fuerte. 

Estuviste nueve años en esta revista, hasta que decidiste dedicarte de lleno a tu familia. ¿Por qué? 

Fue una decisión muy difícil porque para mí Misión no era un trabajo más. Misión es para mí mi casa. Pero estábamos viviendo un momento familiar muy intenso. Además del trabajo, con mi marido coordinábamos la pastoral familiar de nuestra vicaría. Dábamos cursos de novios, de reconocimiento de la fertilidad… Eso, sumado a una vida familiar con cinco hijos, los dos pequeños mellizos y recién nacidos. Por otro lado, en Misión siempre hemos sido pocos y el trabajo en la redacción era exigente. Entonces empecé a notar un runrún… Una llamada a tener mayor presencia en casa. 

¿Algo así como una vocación dentro de su vocación?

Sí, porque la historia de los mellizos revolucionó mi maternidad. Cuando nacieron, ya me revoloteaba la idea de emprender un camino de mayor sencillez y humildad. Dejar de trabajar fue una llamada vocacional que yo no entendía porque me gustaba mi trabajo, nunca he tenido una especial vocación para hacer las labores de la casa y, además, para mí significaba pasar a no ser nadie para el mundo, ya que hoy en día somos etiquetados por lo que hacemos profesionalmente. Puedes hacer muchas otras cosas, pero sólo se te conoce por tu trabajo profesional. Así que fue un gran combate y también una renuncia a la seguridad económica. Pero ese embarazo vino en una época en la que yo me había acercado a Celia y Luis Martin, los padres de santa Teresita del Niño Jesús, que son un matrimonio santo, a pesar del poco tiempo que vivieron como esposos (ella murió con cuarenta y pocos años). Ellos fueron un signo para redescubrir la esencia de la santidad en el matrimonio y en la vida ordinaria. Tras conocerlos y pedir su intercesión, me quedé embarazada, y de dos hijos, que además son niño y niña.

¿Cómo conociste a este matrimonio? 

Fue otro fruto de Misión. María José Arranz, de la revista, me recomendó el libro Santos de lo ordinario (Homo Legens, 2009), que hoy está agotado en librerías, así que desde aquí hago un llamamiento a que se reedite. 

Algunas madres también desean dejar de trabajar, pero ven que “no se lo pueden permitir”.

No era una cuestión de que nosotros nos lo pudiéramos permitir. Ya teníamos cinco hijos, y era pasar a vivir con un único sueldo. Era otro salto de fe. Pero cuando ya tomamos la decisión, nos llegaron las ayudas económicas que necesitábamos. Fue necesario dar primero el sí, porque el Señor no te pone la colchoneta si saltas con el paracaídas abierto… Y, pasado el tiempo, veo que el trabajo escondido era una llamada a hacerme pequeña, algo que yo necesito. No puedo decir que este tiempo haya sido fácil. En aquel momento, tuvimos que sacar a los niños del comedor escolar, dejamos las ayudas para la limpieza de la casa, cambiamos a los niños a un colegio más económico…  


“El Señor no te pone la colchoneta si saltas con el paracaídas abierto… Fue necesario dar el sí para que nos concedieran las ayudas económicas que necesitábamos”

¿Qué consejo darías a una madre que también tiene una llamada a dejar su trabajo fuera del hogar? 

Siempre me da pudor hablar de este tema porque creo que las mujeres tendemos a la comparación, y eso nos hace mucho daño. Cada vida tiene su combate: lo tiene la mujer que trabaja fuera de casa, y también tiene un combate enorme la que está en casa. El camino del cristiano va acompañado de la cruz y del combate. Pero tanto la madre como el padre de una familia tienen que hacer una lectura de dónde están poniendo la vida. A veces decimos que lo más importante es nuestra familia, pero es a lo que menos tiempo dedicamos. Teniendo eso claro, cada uno tiene que ver cómo materializa su llamada. Por supuesto, nuestra primera llamada es a ser cristianos, y como esposos, nuestra prioridad es el matrimonio y la familia. Por eso, no puedo dar consejos, es un tema que cada matrimonio tiene que mirar con cautela. Yo sólo puedo hablar de lo que he vivido por si a alguien le ayuda. 

Con tu marido tienes esta bella familia que habéis nutrido de una visión compartida, estudiada, meditada, rezada. ¿Soñabais ya de novios con tener una familia numerosa? 

Pues no. No hicimos un proyecto de tener ni dos, ni tres, ni ocho hijos. Hablamos de muchos temas y nos formamos, pero precisamente antes de casarnos uno de mis miedos era a tener un hijo. Me ayudó el hermano de Jaime, mi marido, que es sacerdote. Él nos dijo que había que mirar el hoy: “¿Hoy tú quieres casarte? Pues para lo que venga mañana ya el Señor te concederá la gracia”, nos dijo. Al casarnos se me fueron todos los miedos. Con los años hemos visto que en cada momento la llamada se ha ido actualizando, porque el amor se plenifica cuando está abierto a la vida. 

¿Qué opinión te merece eso que se dice de que “el problema no es que la mujer haya salido a trabajar fuera de casa, sino que el hombre no acaba de entrar en el hogar”? 

Nosotros no hemos hecho nunca un pacto o una partición de tareas. Estamos los dos entregados a nuestra vida familiar al cien por cien. Durante los embarazos, en que yo he estado peor, Jaime se ha hecho cargo de todo. En una familia con ocho hijos no puede ser de otra manera. La familia es una vocación de los dos.

“No hemos hecho nunca un pacto o una partición de tareas. Estamos los dos entregados a nuestra vida familiar al cien por cien”

En muchas familias, aunque los esposos tengan esto claro, cuesta que salga de modo tan natural. ¿Cómo logró tu marido verlo así?

El ejemplo de su padre ha sido crucial. Mi marido es el cuarto de ocho hermanos, siete chicos y una chica, y todos sus hermanos son así porque su padre es el primero que cuando llegaba a casa de trabajar le decía a su mujer: “Descansa que has trabajado mucho”.  Y sigue siendo el primero que se levanta y se pone a recoger. No por una cuestión de hacer tareas de la casa, sino por una cuestión de amor. Yo sé que si mi marido se levanta por la noche, que se levanta más él que yo, es por amor a nuestros hijos, pero sobre todo por amor a mí, porque sabe que si yo me levanto me desvelo.

Tú has explicado en un lenguaje cotidiano distintos destellos de lo que es un matrimonio que camina hacia el Cielo. Además del ejemplo del matrimonio santo de Celia y Luis Martin, ¿cómo llegaste a entender y desear la santidad matrimonial?

Antes de casarnos, Jaime empezó a estudiar en el Instituto Juan Pablo II y me contagió a mí también el deseo de conocer en profundidad la Teología del Cuerpo. Esto se convirtió en un pilar en nuestro noviazgo y matrimonio.Hemos estudiado toda la riqueza de la enseñanza de san Juan Pablo II.  Y, luego, a través de personas que el Señor nos ha ido poniendo en el camino y de conocer la vida de otros matrimonios santos, entendí que la santidad no es sólo para curas y monjas. Todos estamos llamados a vivir ese amor del Señor en nuestro matrimonio y a hacer palpable a nuestros hijos la santidad de la vida ordinaria.

¿Qué importancia le dais vosotros a la sacralización del espacio familiar? 

Este tema no se puede impostar, tiene que ir saliendo, poco a poco. No se trata de decir de repente: “¡Venga, tenemos que sacralizar nuestra casa!”. Nosotros, por ejemplo, tras peregrinar a Garabandal y a Loreto quisimos hacer visible la presencia de la Virgen en nuestra casa. Entonces, buscamos una imagen, la elegimos juntos, la compramos… Desde entonces, en medio del bullicio, antes de empezar el día, nos juntamos ahí para rezar. Y ahora que hemos hecho la consagración al Sagrado Corazón queremos hacernos con una imagen suya contundente para entronizarlo en nuestro hogar. 

Hablemos de tus columnas en Misión. ¿Disfrutas escribiéndolas? 

Me cuestan mucho porque en las columnas no doy una opinión de cosas ajenas a mí. No puedo dar una opinión experta de ningún tema, sólo puedo transparentar la acción de Dios en mí y en mi familia. Me dejo ahí la piel. A veces me paso días con la página en blanco, y he tenido momentos de mucho desierto.

Y, sin embargo, tus columnas llegan a viralizarse. Una de ellas, Volver a casa, se filtró por redes antes de que la revista saliera de imprenta y fue una bomba… Ahí hablabas de la hora santa de la familia; de la entrega total del cuerpo, que va mucho más allá del lecho conyugal. ¿Por qué tuvo eco en tantos lectores ese mensaje?

Para mí es un misterio. A lo mejor el Señor quería dar a los matrimonios aliento y esperanza. El artículo que se viralizó era una foto de la página cuando todavía no se había acabado de editar. Y, luego, se viralizó también la versión definitiva. Entonces me di cuenta de que las palabras concretas no eran lo importante. Cuando invocas al Espíritu Santo es Él quien habla. Esto me conmueve profundamente porque para mí fue un artículo que escribí, como cualquier otro.

Incluso te escribieron de varios países que querían traducir el artículo…  

Vivía con el móvil desbordado, y no lo podía creer. Además, ese artículo lo escribí después de un desierto muy grande. Estuve a punto de dejar la columna varias veces y tú nunca me dejabas. Yo te decía: “En este número no escribo”. Y tú: “Escribe, escribe”. 

Una de las cosas que aprendiste de Anne-Dauphine Julliand, la autora que ya has mencionado, es que hay mucha vida en la enfermedad. Ahora que tienes un hijo enfermo ¿corroboras esta afirmación?

Desde luego, pero es algo que cada uno tiene que descubrir. Que te digan que tu hijo tiene una enfermedad que podría acabar en la muerte es un shock. Aun así, no alcanzaría a enumerar las gracias que hemos recibido en este tiempo. Se ha generado mucha comunión entre nosotros. Al principio, cada día los médicos nos contaban algo nuevo. Entonces, por las noches teníamos una reunión familiar y los niños preguntaban:  “¿Hoy qué sabemos?”. Y ahí les contábamos las novedades.

“Que te digan que tu hijo tiene un cáncer es un shock. Aun así, no alcanzaría a enumerar las gracias que hemos recibido en este tiempo”

¿Cómo les hablabais de este tema? 

Vimos como algo bueno que ellos supieran la verdad, con la palabra “cáncer”, desde el principio. Nos hacían preguntas muy serias a las que respondimos con la verdad, con esperanza y con una fuerte convicción de que el Señor estaba con nosotros. Sabíamos que esta enfermedad no era algo casual ni  “mala suerte”. Era un acontecimiento que iba a suponer un bien para nosotros. 

¿Qué tipo de bien? 

Se ha creado un movimiento de oración muy fuerte por mi hijo. Ya sólo ver que esto ayuda a las personas a rezar es algo bueno. También se han gestado amistades nuevas. A veces me pregunto: “¿Por qué Dios ha puesto a estas personas en nuestra vida justo en este momento?” . Es un misterio. La gente se ha volcado con nosotros, nos han traído comida, se han hecho cargo de nuestros hijos… Para nosotros ha sido un bien dejarnos ayudar y creo que esto ha sido un bien para esas familias porque a veces tenemos ganas de ayudar, y no sabemos cómo… Además, he sentido una intimidad muy grande con Jesucristo, y he podido hablar con Dios, mi Padre. Al principio me venía la pregunta: “¿Estás dispuesta a entregarme a tu hijo?”. Me daba más miedo pensar que pudiera resistirme. 

¿Qué respuesta encontraste? 

Entendí que Dios me pide la vida de todos mis hijos, no sólo de mi hijo enfermo; que Él es su Padre y los ama con una profundidad mucho mayor de la que yo pueda llegar a tener nunca; Tenemos un destino final glorioso, que es la vida con Dios en plenitud, pero el Señor ya nos va preparando para degustar esa experiencia del Cielo en la tierra. Mucha gente está pidiendo la curación de mi hijo y, por supuesto, yo deseo que se cure. Pero, sobre todo, quiero que él y todos sanemos: que podamos vivir, en todo momento, con la mirada puesta en Dios. 

“Podemos transformar la sociedad desde el hogar”. En Misión has hablado de la Teología del Hogar, término de unas autoras norteamericanas que dieron nombre a todas esas experiencias sobre las que ya tú venías escribiendo. ¿Qué novedad te aportó el enfoque de Carrie Gress y Noelle Mering? De forma inconsciente, el Señor me fue poniendo una intuición en el corazón desde que tú me ofreciste hacer una columna en Misión. Tuve que pensar un título para la columna y la llamé Hogar, dulce caos porque veía que en el caos de mi vida familiar, donde todo siempre está manga por hombro, había una dulzura, una llamada a la santidad. En las columnas que he ido escribiendo el tema que me ha rondado siempre ha sido el hogar y la presencia del Señor en ese hogar. Y cuando escuché a la profesora Carmen Álvarez hablar de cómo los primeros cristianos abrieron las puertas de sus casas para acoger a personas de la calle de modo que tuvieran una experiencia de fe en el ámbito doméstico, vi esa capacidad que hay para transformar la sociedad desde el hogar. Creo que el Señor elige hoy esta forma para evangelizar a muchas personas alejadas de Él, como pueden ser los amigos de tus hijos o un matrimonio del trabajo al que invitas a tu casa… Me pareció que aquí había un tema. Entonces empecé a investigar y me encontré, providencialmente, con el primer libro de Theology of Home (TAN Books and Publishers, 2019), que se acababa de publicar. Estas autoras tuvieron la lucidez de recopilar toda una rica experiencia de la Iglesia entorno a la vida doméstica bajo este título de Teología del Hogar. 

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