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José Eduardo, exguerrillero: “Durante una misa se me cayó la metralleta al suelo”

José Eduardo recibe a Misión en la iglesia de san José, en pleno centro de Madrid. Ahí es donde ahora vive su fe de forma intensa, pero no siempre fue así. Su vida está marcada por el sufrimiento de la guerrilla, la muerte constante a su alrededor, el miedo a ser asesinado y, por último, la alegría de descubrir el Evangelio.

Por Israel Remuiñán / Fotografía: Dani García

Creció como hijo de madre soltera y la única influencia religiosa que recibió en su infancia fue la de su abuela. De hecho, fue ella misma quien lo bautizó a escondidas. De vez en cuando le hablaba de un Dios que era amor, capaz de cambiar la vida de la gente en medio de situaciones que parecen irreversibles. Lo que no se imaginaba el pequeño José Eduardo es que el protagonista de uno de esos relatos acabaría siendo él mismo. Sobre todo porque tampoco podía pensar que su vida se torcería tanto y desde tan pronto. 

“Desde que tengo uso de razón en mi mente hay enfrentamientos, emboscadas, tiroteos entre la guerrilla y el ejército”, asegura. Nos situamos en El Salvador de finales de los años 70. El país vivía bajo el control de una dictadura militar que gobernaba con mano de hierro, mientras que en los barrios de las ciudades iban surgiendo grupos de ideología izquierdista que buscaban cambiar el sistema. “Yo era niño y recuerdo acompañar a mi padrastro a reuniones del Partido Comunista, hasta que yo mismo decidí empezar a militar con 13 años”, recuerda José Eduardo. En un momento de tensión social, toda disidencia era reprimida de forma brusca por los mandos militares. Hasta que en 1979 estalló la guerra civil. Un enfrentamiento que se prolongó durante más de 12 años y que se llevó por delante la vida de al menos 75.000 personas. 

Apretar el gatillo sin pensar

Siendo adolescente entró a formar parte del Frente Farabundo Martí, un grupo guerrillero compuesto por más de 40.000 hombres. Aunque muchos eran niños. Él lo recuerda como un juego: “Estaban muchos de mis amigos, nos enviaron a un campamento guerrillero para aprender a usar las armas. Después nos llevaron a la selva y empezó el enfrentamiento. Recuerdo que durante la noche escuchábamos los disparos y veíamos ráfagas de luz en el cielo estrellado. Creíamos que eran fuegos artificiales”. Pero pronto se dieron cuenta de que no era un juego y el enfrentamiento se recrudeció hasta tal punto que todos los días moría alguno de sus amigos.

 “Por la mañana estábamos jugando al fútbol y por la noche alguno de nosotros era atravesado por las balas. Eso sí, nunca piensas que el siguiente vayas a ser tú. La muerte siempre es cosa de otros. Al final acabas siendo como un robot, la guerra anula tus sentimientos y tu dignidad como persona. Yo apretaba el gatillo sin pensar a quién estaba disparando, porque no le ves la cara a quien está al otro lado de la trinchera, no sabes si puede ser un padre de familia o un niño como tú”, relata. 

“Por la mañana jugábamos al fútbol y por la noche alguno de nosotros era atravesado por las balas”

El contacto con la Iglesia

Así que viendo que ya había perdido a muchos amigos, decidió huir hacia Honduras. Allí fue un salesiano quien les dio cobijo, los protegió durante varias semanas y los mandó de vuelta a San Salvador: “Fuimos en un camión escondidos entre sacos de café. Nos dijo que buscásemos a otro salesiano, el padre Di Pietro, un italiano que era párroco en la iglesia de María Auxiliadora. Él fue el primer santo al que conocí, porque se jugó la vida para proteger la nuestra. Ya habían asesinado a varios jesuitas y nosotros –por haber sido guerrilleros– éramos objetivo de los escuadrones de la muerte”. Estos eran grupos paramilitares que se encargaban de eliminar a toda aquella persona que la dictadura considerase enemiga de la patria. De hecho, su padrastro y su hermanastro murieron asesinados durante ese tiempo. 

Su contacto con la Iglesia fue progresivo: “Di Pietro empezó preguntando si quería ir algún domingo a misa, luego si me apetecía leer alguna lectura, después me presentó a otros jóvenes… Fue poco a poco”. Pero la guerrilla los llamó de nuevo a filas y tuvieron que volver al frente. “Con el ejército armado por los EE.UU., la guerra era todavía más cruda y los guerrilleros que no morían en combate acababan siendo torturados. Por lo que decidí escaparme de nuevo”. 

En ese momento, se dio cuenta de que algo había cambiado dentro de él, porque no pensó en volver a su casa con su familia, sino que regresó a la Iglesia: “Fui consciente de que había aprendido lo que era un hogar. Ahora me vienen a la cabeza las palabras del Papa Francisco, cuando hablaba de que la Iglesia es un hospital de campaña dentro de una guerra. Veo que en mi caso se ha cumplido al 100 %”.

Una vida renovada

En esa segunda etapa en la parroquia de Di Pietro, escuchó el anuncio de las catequesis del Camino Neocatecumenal y entró a formar parte de una comunidad. “Al principio iba armado con una metralleta pequeña que nos habían dado en la guerrilla y que llevaba escondida. Era para defenderme si alguien venía a por mí. Recuerdo que durante una misa, a la hora de la paz, se me cayó la metralleta al suelo. Imagínate la cara de la gente”, relata con una sonrisa. 

Pero su vida cambió con una confesión: “Yo le conté al sacerdote todo lo malo que había hecho y el relato de la guerra. Pero sus palabras me desarmaron: tu sólo eres una víctima de tu historia, de los engaños del demonio, eres inocente. Y me puse a llorar”. 

José Eduardo asegura que el sacerdote también le dijo que un día daría gracias por su historia. “Y veo que es verdad, porque sin ella no estaría hoy aquí”. “Aquí” es la iglesia de san José, en pleno corazón de Madrid, en la que fue a parar después de verse forzado al exilio y dejar su país para siempre. Los catequistas que le anunciaron el Camino eran españoles y fueron ellos quienes facilitaron su salida. Al fin y al cabo, en El Salvador seguía estando en peligro. 

En los bancos de esta iglesia vive su fe desde hace más de 40 años. Aquí conoció a la que hoy es su mujer, aquí bautizó a sus dos hijos y aquí comparte su testimonio con todos los que quieran escucharle. “La Iglesia me ha curado de mis heridas, me ha acogido como una madre y me ha devuelto a la vida”, sentencia. 

Artículo publicado en la edición número 76 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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