La revista más leída por las familias católicas de España

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Familia política

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La prueba más difícil para la sociabilidad humana, según Chesterton, es dejar caer a un ser humano por el hueco de una chimenea cualquiera y ver cómo se lleva con los extraños con que se encontrase al aterrizar en el suelo. Chesterton añadía que eso es lo que nos había pasado con nuestra propia familia y que llevarnos bien con los nuestros era una cosa absolutamente sorprendente. Yo todavía lo veo más prodigioso cuando uno entra por la puerta principal.

Por Enrique García-Máiquez / Ilustración: Carmen Goel 

Artículo publicado en la edición número 71 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

La prueba más difícil para la sociabilidad humana, según Chesterton, es dejar caer a un ser humano por el hueco de una chimenea cualquiera y ver cómo se lleva con los extraños con que se encontrase al aterrizar en el suelo. Chesterton añadía que eso es lo que nos había pasado con nuestra propia familia y que llevarnos bien con los nuestros era una cosa absolutamente sorprendente. Yo todavía lo veo más prodigioso cuando uno entra por la puerta principal.

Por la puerta principal se entra en la casa de los suegros, sí, porque ya no tiene uno tamaño para colarse por la chimenea. Qué aventura entonces llevarse bien con esos extraños extrañísimos. Con la familia de sangre, nos une un código genético, en la mayoría de los casos, y en todos, un idioma materno en el sentido amplio de expresiones, costumbres y cultura. Tan potente, que los hijos adoptados se parecen a sus padres muchísimo. A la familia política, por mucho que al final te adopten, no se parece uno nunca.

“Para mejorar el clima público, tendríamos que empezar a mejorar el trato con la familia política, como arquetipo y núcleo” 

Me encanta que en español se diga “familia política” porque facilita la reflexión que vengo a hacer. Llevarse bien con suegros, cuñados, concuñados, sobrinos y tíos políticos conlleva un grado de sociabilidad más allá de lo natural, que lo acerca a la política strictu sensu. Necesitamos la misma habilidad para la cesión, para la convivencia de distintos, para la negociación tácita; y todo por un amor superior, que en la familia política es la cónyuge o el cónyuge y, en la política, es la nación o la comunidad. Y luego están los frutos de ese amor, que en ambos casos son los hijos, en los que las dos sangres se mezclan asombrosamente y que hacen de una suegra una abuelita, como en la conversión del agua en vino de las bodas de Caná. Los hijos también se merecen heredar un país que no esté frontalmente dividido.

En España cada vez llevamos peor las diferencias políticas; y, si nos fijamos, llevamos cada vez peor las relaciones con la familia política, paralelamente. El caso paradigmático, donde chocan esas dos placas tectónicas, es la figura del cuñado, que se ha elevado últimamente a mito popular del rival político que dice tonterías que no merecen atención y sí merecen desprecio y que uno tiene que soportar estoicamente en las cenas. Los cuñados han desplazado a las dos figuras míticas de Goya apaleándose con los pies hincados en tierra. Puede parecer menos brutal al primer golpe de vista, pero lo es más, porque los cuñados tienen los pies enterrados en una familia (política) compartida y, sin embargo, resultan irreconciliables.

Como decía Hölderlin, donde está el peligro está la salvación; y, para mejorar el clima público, tendríamos que empezar a mejorar el trato con la familia política, como arquetipo y núcleo. En este caso, me resulta especialmente fácil predicar, porque mis cuñados son encantadores; pero como objetivo general, ahí lo dejo. La civilización descansa en cómo nos llevemos con nuestra familia política.  

Artículo publicado en la edición número 71 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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