Por Javier Lozano
Más de 17.000 niños viven todavía hoy en España en residencias ante la falta de familias que puedan acogerlos. Se trata de menores, entre ellos recién nacidos y bebés, de los que las administraciones han tenido que hacerse cargo ante la imposibilidad de sus padres y familias de cuidarles y darles el afecto que todo niño merece. Aunque la Convención de los Derechos del Niño de la ONU diga que “el niño debe crecer en el seno de la familia, en un ambiente de felicidad, amor y comprensión”, la realidad es muy diferente incluso en países desarrollados como España.
Sin embargo, esta cifra podría ser el doble si no fuera por la generosidad de cientos de familias de acogida que cuidan y aman a miles de niños, pequeños que cargan consigo sufrimientos y experiencias traumáticas y que en este nuevo entorno familiar reciben el amor, el cariño y el apoyo necesarios y antes desconocidos para ellos. “Es fundamental para un bebé sentirse querido”, explican a Misión Carlos y Cristina, padres de ocho hijos y familia de acogida de urgencia que en los últimos años ha acogido a varios bebés recién nacidos hasta que han sido adoptados o han encontrado una familia adecuada, además de a otro niño con discapacidad que vive con ellos desde hace años. Confiesan que, aunque en las residencias reciben un trato maravilloso, “que un niño esté bien cuidado es importante, pero que sea querido lo es más, por eso entre una familia y un centro, por muy maravilloso que sea este, hay una diferencia enorme”.
Del trauma a la alegría
Esta misma opinión tienen Simone y Chiara, padres de cuatro hijos. Son familia de acogida temporal, modalidad por la que acogen niños durante un máximo de dos años. Este matrimonio italiano residente en España tiene actualmente un menor en acogida y otros tres han pasado ya por su hogar. “El cambio más impresionante lo vemos cuando los niños se dan cuenta de que día tras día estás siempre presente y que los quieres de manera continua y estable”, nos cuentan. Esto tiene consecuencias evidentes: “Se vuelven más alegres y libres y esto les da seguridad en la relación con su familia de origen”. Estos niños han vivido situaciones muy duras de abandono, maltrato o indiferencia, lo que los hace unos “supervivientes”.
La primera niña que acogió este matrimonio tenía nueve años y “nunca pedía ayuda, no estaba acostumbrada a que alguien la escuchara y por eso ella se buscaba siempre una solución”. Los más pequeños –añaden– “no lloraban nunca. Cuando empezaron a hacerlo, intuimos que ya confiaban en que alguien atendería sus necesidades, como sucede en una familia”.
Carrera de fondo
Por su parte, María y Álex son padres de acogida permanente de tres niños y tienen otro adoptado. Reconocen que la acogida no es siempre un camino de rosas, pues deben asumir la mochila que cada niño carga. Este matrimonio explica que la acogida no es sólo ternura, sino también “fortaleza”, lo que hace que “no sea un camino fácil ya que la adversidad temprana existe y hay que trabajarla a diario. Es una carrera de fondo, por lo que necesitan mucho acompañamiento”.
“Los niños tienen derecho a vivir en familia; para nosotros esto es una decisión, pero para ellos no, es lo que les ha tocado vivir. No han tenido suerte al inicio de su vida, pero ahora tienen una casa, una familia, una estabilidad, y esto hace de ellos niños felices”, señalan a Misión. El bien que hace a los niños vivir en una familia es tal que las autoridades están intentando por todos los medios fomentar el acogimiento familiar, algo que de momento les cuesta, pues es difícil encontrar familias con esta vocación particular, aún desconocida y frente a la que existen muchos prejuicios. Sin embargo, las propias familias acogedoras insisten en que ellas reciben de los niños más de lo que pueden dar. “Saber que estoy sacando adelante a niños que lo tenían tan difícil y que reciben cimientos para el resto de su vida me llena de felicidad y aporta mucho sentido a mi vida”, asegura Carlos.

La familia de Simone y Chiara tiene actualmente un niño en acogida temporal .
Un regalo para la familia
Pero, además, la llegada de los niños de acogida a una familia con hijos es “una escuela de vida”. Carlos habla de la experiencia de sus propios hijos, que han descubierto que la felicidad está en entregarse, en vivir para otros. “Veo que mis hijos son diferentes: tienen una sensibilidad especial hacia los niños y los más débiles”, agrega.
Chiara y Simone lo han vivido de manera similar, como una ayuda y una gracia para ellos mismos: “Nos ayuda a entender que tampoco los hijos biológicos son nuestros, que nosotros mismos necesitamos continuamente ser acogidos y amados, y que pedir y recibir afecto es una gracia de la que siempre hay que estar agradecidos. Y esto se ve también en la educación de nuestros hijos, que aprenden todo esto de manera natural y fascinante. Es un regalo tener a estos niños y a sus familias. Los que ganamos somos nosotros”.
Hay mucho bien por hacer, y por recibir, pero urgen familias que se vean llamadas a esta vocación concreta de entrega a amar a un niño que no lleva sus apellidos, pero que necesita ser amado como un hijo.
“Hay más de 17.000 niños esperando ser acogidos. Que una familia quiera tener un hijo es un deseo, pero que un niño quiera una familia es una necesidad”, incide María, animando a otros a conocer el acogimiento familiar, algo que “engancha”. “Que me lo digan a mí que tengo cuatro pequeños en casa, pero no es sólo maravilloso para nosotros como familia, también para quienes nos rodean”, concluye.
TRES TIPOS DE ACOGIDA
URGENCIA. La familia está disponible para acoger de manera inmediata al menor y evitar que sea ingresado en un centro de protección. La edad de estos niños es de 0 a 6 años, y muchos de ellos son bebés. Este acogimiento suele tener una duración máxima de seis meses. Es la modalidad en la que más carencias de familias de acogida hay.
TEMPORAL. En este caso, la familia cuida a un niño temporalmente mientras se estudia la situación del menor, si puede volver con su familia de origen o buscar otra alternativa de acogida o adopción. En este caso, la duración máxima de la acogida es de dos años.
PERMANENTE. En casos en los que no es posible el regreso con su familia, el menor convive con una familia acogedora a largo plazo. Aunque se mantiene el contacto con la familia de origen, en muchos casos los niños permanecen en la familia de acogida hasta la mayoría de edad.
Artículo publicado en la edición número 78 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





