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La fe: el regalo de recibirla, el privilegio de legarla

La fe es el mayor regalo que alguien puede recibir. Pero si la fe no se cultiva, muere. En gran medida, la crisis de Occidente proviene de haber dejado de alimentar el legado cristiano que en otros tiempos impregnaba la vida y transformaba la sociedad. Es una responsabilidad histórica avivar esa fe para ofrecer esperanza a un mundo en crisis. Y, como casi todo, este trabajo empieza en casa.

Por Javier Lozano

Carla Restoy, la influencer católica que protagonizó nuestra entrevista de Vidas del número 74, tenía 17 años cuando se bautizó. Hasta entonces no conocía a Dios ni siquiera a alguien que fuera a Misa. Fue en la adolescencia cuando descubrió la fe. En ese momento, se decía a sí misma –tal y como relata ahora a Misión–: “¡Madre mía, qué belleza acabo de descubrir! ¿Cómo no me habían enseñado esto antes?”. Sentía pena por haber descubierto algo tan grande y porque sus padres no se lo hubieran transmitido, “porque ellos mismos no tenían este tesoro”. Y pensaba: “¡Ojalá hubiera vivido sobre esta roca firme desde los cimientos, en vez de haber estado asentada en arena!”. Esta experiencia ha acompañado desde entonces a esta joven barcelonesa, que tuvo claro desde su conversión que tenía que “recuperar el tiempo perdido”, algo que ha hecho con creces.

Su caso, sin embargo, es cada vez más frecuente. Muchos jóvenes y adultos criados en un país de cultura católica han crecido sin conocer a Dios, porque nadie les transmitió la fe recibida de sus mayores y millones seguirán viviendo sin conocerlo, sin que nadie les hable de Él.

Pero la transmisión de la fe no es algo accesorio, es un mandato que  “está en el corazón del Evangelio”, explica a Misión el padre Juan de Dios Larrú, DCJM, catedrático de Moral Fundamental. Fue el propio Cristo quien pidió a sus discípulos ir por todo el mundo a predicar el Evangelio. Transmitir la fe significa “comunicar un acontecimiento –la resurrección de Cristo–, ser testigo de un hecho que nos cambia la vida, y por eso la transmisión de la fe está en las entrañas del cristianismo”. Además, no sólo es un imperativo evangélico, sino que “la fe crece en la medida en que la comunicamos”, recuerda este religioso de los Discípulos de los Corazones de Jesús y María.


“La fe es un modo de vivir que se aprende viviendo”

Los Hechos de los Apóstoles muestran cómo la Iglesia creció rápidamente por todo el Imperio romano comunicando el kerygma: que Cristo murió y resucitó para redimir al género humano. 

Una fe por atracción

Desde siempre, la primera transmisora de la fe ha sido la familia, el lugar privilegiado para dar a conocer a Cristo. En palabras de Larrú,  “la fe es un modo de vivir que se aprende viviendo”. Lo que los padres viven los hijos lo reciben como el alimento más básico. La familia es, pese a las limitaciones de cada uno, el primer lugar donde la fe comienza a florecer y echar raíces, de modo que, cuando los hijos crezcan y se enfrenten a las dificultades de la vida, tengan un referente al que agarrarse.

“El hombre es un ser mimético: lo que aprende para siempre no es lo que le dicen los discursos o el parloteo cotidiano, sino lo que ve con sus ojos. Las palabras se las lleva el viento si no vienen avaladas por la coherencia entre lo escuchado y lo vivido”, recalca Ángel Barahona, catedrático de Teología de la Universidad Francisco de Vitoria.  “Ante las dificultades que se le van a presentar en su vida, la fe es un arma poderosa: es la que sostiene, fortalece y consolida una relación matrimonial. Eso hay que enseñarlo”, agrega.  Y hay más: los hijos asimilan casi  “por ósmosis”  el modo en que se aman sus padres, se reconcilian y les muestran que todo puede hacerse nuevo cada día. Así descubren que la fe es también la “esperanza en tiempos de crisis”.

Profunda crisis cultural

“Hemos pasado de la Cristiandad, donde la fe se daba por supuesta porque nacía en la familia y en la sociedad, a una sociedad posmoderna en la que ya no hay fe. Y esto nos ha pillado con el pie cambiado porque no hemos sabido cómo movernos”, afirman Tote Barrera y Cristy Salcedo, matrimonio experto en evangelización y fundadores de Nunc Coepi. 

En este sentido, el padre Larrú recuerda que  “asistimos a una profunda crisis cultural”  en la que la desestructuración familiar, el divorcio, el individualismo y las ideologías que quieren borrar lo cristiano han acabado  “cambiando la forma de vida de las personas y las formas sociales de la fe”. El hecho de que los padres pasen gran parte del día fuera de casa y que la familia ya no comparta habitualmente la mesa ha tenido efectos devastadores.

La raíz cristiana de nuestras costumbres y de la cultura occidental ya no basta por sí sola para dar respuestas a los retos de un mundo secularizado. La realidad –como explica Barahona– es que  “los jóvenes, en cuanto chocan con su debilidad afectiva, sexual o relacional, no saben cómo encajar sus pecados, sus dudas, ni saben reconciliarlas con la buena noticia del amor al pecador. A su vez, los padres, por incapacidad o comodidad, no se sienten preparados para el reto y entonces la escuela, la universidad o los amigos irrumpen en la vida de sus hijos sentando cátedra sobre la sexualidad, la sociedad y la política, y muchas veces ya no hay retorno”.


La fe no es ajena a la historia, a la cultura de cada momento y a la vida de las personas

Francisco Lizarán y Caridad Miranda son padres de nueve hijos, algunos ya en la universidad. Tienen claro que, si la fe no se transmite en casa, los hijos pueden ser rápidamente devorados por el mundo actual. “Frente al nihilismo que ven en general en sus compañeros, nuestros hijos no han rechazado a la Iglesia. En este combate ha sido fundamental la oración en familia y vivir la fe junto a otros. Esto les ha dado un refugio donde protegerse de los desencantos y las seducciones del mundo”, explica este matrimonio.

Cecilia, la segunda de sus hijas, estudiante de Ingeniería de 21 años, recuerda que ya en la ESO sus compañeros la bombardeaban con cuestiones relacionadas con la sexualidad.  “Aunque ha sido un ambiente muy difícil, a mí me atraía la forma de vivir cristiana y tenía bastante clara mi postura ante ellos. Y no sólo por haber podido hablar de estos temas con mis padres, sino, sobre todo, por ver su ejemplo y el del resto de matrimonios de mi parroquia”.

El Espíritu Santo sopla

El cristianismo es una forma de vivir, pensar, actuar y amar, tanto en los actos más extraordinarios como en los más cotidianos. Es en este punto donde la ruptura con la tradición católica de España se ha hecho más evidente y donde sus consecuencias son más visibles.

Aun así, siguen surgiendo “nuevas formas de comunicar la fe” que se suman a las ya existentes para responder a las urgencias de un mundo poscristiano. Uno de estos signos es el aumento de los bautismos de adultos. A muchos, la fe les ha llegado a través del testimonio y la forma de vivir de amigos o compañeros católicos que les han llevado a pensar:  “Quiero esto para mí”. 

También la belleza de la liturgia católica o la pureza y radicalidad de las enseñanzas de la Iglesia atraen cada vez a más jóvenes que, en un mundo donde imperan lo feo, lo caduco y lo malo, conservan ese anhelo de verdad, bien y belleza que no es sino deseo de Dios.

Los métodos de primer anuncio están favoreciendo parte de estos retornos. “Aquí se da un reavivamiento que los lleva de vuelta, pero la transmisión es más que el simple anuncio: es insertarles en la Iglesia”  para que la conversión pueda asentarse, explica Barrera. 

FAMILIA DE FAMILIAS
La destrucción de los vínculos ha tenido un efecto devastador en la transmisión de la fe. “Antes había un entramado comunitario que facilitaba la transmisión de la fe. En la medida en que este tejido se debilita o se rompe todo se vuelve mucho más complejo”, comenta Juan de Dios Larrú. Porque“la familia transmite la fe, pero también necesita una familia de familias, que es la comunidad cristiana. Necesitamos tener una fe compartida que fortalezca nuestra propia fe”, recalca. De ahí que cobre, si cabe, más importancia que las familias hagan planes juntas, hagan piña, se acojan mutuamente y abran sus casas. “La fe es el resultado de un encuentro, lo que implica que se tienen que crear espacios para que esto suceda. Lo que llamaba la atención en los primeros siglos de la Iglesia en el Imperio romano era ese ‘mirad cómo se aman’. Hoy la necesidad de los hombres es saberse amados. Y para que esto se pueda dar y ser testigos de ello hace falta crear una comunidad”, explica Ángel Barahona. En este sentido, Cristy Salcedo añade que la transmisión de la fe en una familia de familias fuerte y apasionada “es fundamental para que la fe no sea sólo un chispazo, sino un lugar donde seguir viviendo aquello que comenzó con el primer anuncio recibido”, concluye.

La Iglesia ha reconocido el bien que este primer anuncio hace al despertar la chispa de la fe. Pero, después, afirma Larrú,  “hay que constituir verdaderos creyentes que sean maduros y que estén dispuestos a dar la vida por Cristo y ser mártires”.


“Hay que constituir verdaderos creyentes que estén dispuestos a ser mártires”

Uno de los peligros actuales para los creyentes es la cultura emotivista, que también afecta a la Iglesia. Este religioso explica que “la fe tiene una dimensión afectiva y una dimensión emotiva, pero la fe no es una emoción, sino un acto de toda la persona. Integra todas sus dimensiones”. Apelar a la emoción para despertar la fe ayuda, pero luego hay que perseverar en tiempos de desierto y en la vida cotidiana. 

Colaboradores de Cristo

En una sociedad que se apaga, transmitir la fe es una misión trascendental. Barrera habla de un doble reto: “Alcanzar a los de fuera, pero también volver a encontrar nuestra identidad más profunda. La Iglesia existe para evangelizar”.  

En medio del consumismo y el hedonismo posmodernos –añade este experto– surgen numerosas oportunidades para este anuncio porque la sociedad está sedienta de experiencias de verdad. No existe experiencia más real que dejarse tocar por Cristo y descubrir que existe el Cielo en un mundo que ha intentado cerrarlo a cal y canto.

“Estamos en un tiempo urgente y en crisis, pero la fe nos capacita para ser felices. León xiv ya nos muestra en Magnifica humanitas la imagen de la Babel que se desmorona y de la Jerusalén que debe ser reconstruida, convocando a comunidades y familias para que se encarguen de una parte de la muralla”, sentencia Barahona. Esta es nuestra misión.   

UNA CRISIS DE SACRAMENTALIDAD
No hay fe sin sacramentos, ni puede haber sacramentos sin fe. Juan de Dios Larrú, catedrático de Moral Fundamental y Vida Cristiana en la Universidad Eclesiástica de San Dámaso, explica que existe una “reciprocidad entre la fe y los sacramentos”: “Los sacramentos se reciben fructuosamente en la medida en que fortalecen la fe, es decir, los sacramentos suscitan la fe, pero al mismo tiempo se requiere la fe para recibir los sacramentos”. De ahí la profunda correspondencia entre ambos y su relación con la transmisión de la fe, pues no podemos dar lo que no tenemos. Larrú recuerda que “la fe crece en la medida en que crece la vida sacramental”, pues los sacramentos nos unen a Cristo, transforman nuestra vida y hacen crecer la fe. En su opinión, la ruptura de la transmisión de la fe y la crisis de la modernidad son, en esencia, “una crisis de la sacramentalidad”. 

El desplome de los sacramentos está directamente relacionado con la crisis de fe, a lo que se suma el problema pastoral de que todavía hoy muchas personas reciben los sacramentos sin fe. Por tanto, si la fe también se comunica a través de los sacramentos, su transmisión es hoy más complicada. Recuperar los sacramentos –la asistencia en familia a la Misa dominical, la confesión frecuente de niños y adultos, que nuestros hijos reciban los sacramentos de iniciación cristiana y que nadie se vea privado de los últimos sacramentos al afrontar la muerte– es un paso previo e imprescindible para poder transmitir la fe a la próxima generación.

Artículo publicado en la edición número 81 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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