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Frankenstein: hay que leerlo

A bote pronto, empezar a leer Frankenstein a estas alturas, más que miedo, da pereza. Tras tantas películas y cómics, creemos conocer al monstruo. Y, además, hay monstruos más reales en la vida. Encima, ¿la novela gótica no ha sido superada por las películas de miedo? Sin embargo, la novela de Mary Shelley (1797-1851) es muchísimo más que el tópico y el mito. Me temo que hay que leerla con atención.

Por Enrique García-Máiquez

Artículo publicado en la edición número 72 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Gregorio Luri explica que la novela Frankenstein o el moderno Prometeo presenta tres lecturas superpuestas. La primera, precristiana, que recrea el mito del dios filántropo que traspasa los límites. La segunda, moderna, que alerta sobre los peligros de un exceso de esperanza en la técnica. La tercera, posmoderna, que habla sobre la relación entre virtud y felicidad.

Después del nazismo y el comunismo, la rebelión contra la divinidad sabemos a lo que lleva. Tras la bomba atómica, no necesitamos tampoco que nos avisen de los riesgos de la ciencia. Hoy miramos de soslayo a la inteligencia artificial. 

En cambio, metidos en el maremágnum posmoderno, su lectura nos presenta otros interrogantes imprescindibles. También son los que más interesan a Luri. La criatura creada por el Dr. Víctor Frankenstein –imbuida de filosofía rousseauniana– exige que le hagan feliz como condición previa para ser bueno: “Yo era bueno y cariñoso –dice–; el sufrimiento me ha envilecido. Concededme la felicidad, y volveré a ser virtuoso”. Eso subvierte el pensamiento clásico, que sostiene que la virtud es la fuente de la felicidad. Pero el monstruo sigue erre que erre, tirando incluso de un victimismo de rabiosa actualidad:  “¿Cómo podré conmoveros? ¿No conseguirán mis súplicas que os apiadéis de vuestra criatura, que suplica vuestra compasión y bondad? Estoy solo. Me has hecho más desgraciado de lo que me es posible expresar. ¡No me has dejado la posibilidad de ser justo contigo! Soy un malvado porque no soy feliz”.

El derecho a ser amados

El doctor Frankenstein vacila, como el lector actual. ¿No tiene derecho el monstruo a la felicidad? La actual sociedad terapéutica proclama que sí. Ese es el dilema de Mary Shelley. Pero entre la prioridad de la virtud y la dependencia de la felicidad, se alza la respuesta cristiana, que es la que el monstruo necesita, y nuestra sociedad también. La autora no la destaca, supongo, por su ateísmo. Verdad que la virtud a veces no conduce a la felicidad, pero nadie tiene derecho a ser feliz. A lo que de verdad tenemos derecho todos es a ser amados. A la criatura de Frankenstein le falla el amor de su creador. Lo que nunca nos falta a los hombres, si lo buscamos en Dios. Shelley eso tal vez no podía entenderlo, pero sí que echa en falta profundamente el amor familiar.

Artículo publicado en la edición número 72 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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