Por Enrique García-Máiquez
Artículo publicado en la edición número 72 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.
Gregorio Luri explica que la novela Frankenstein o el moderno Prometeo presenta tres lecturas superpuestas. La primera, precristiana, que recrea el mito del dios filántropo que traspasa los límites. La segunda, moderna, que alerta sobre los peligros de un exceso de esperanza en la técnica. La tercera, posmoderna, que habla sobre la relación entre virtud y felicidad.
Después del nazismo y el comunismo, la rebelión contra la divinidad sabemos a lo que lleva. Tras la bomba atómica, no necesitamos tampoco que nos avisen de los riesgos de la ciencia. Hoy miramos de soslayo a la inteligencia artificial.
En cambio, metidos en el maremágnum posmoderno, su lectura nos presenta otros interrogantes imprescindibles. También son los que más interesan a Luri. La criatura creada por el Dr. Víctor Frankenstein –imbuida de filosofía rousseauniana– exige que le hagan feliz como condición previa para ser bueno: “Yo era bueno y cariñoso –dice–; el sufrimiento me ha envilecido. Concededme la felicidad, y volveré a ser virtuoso”. Eso subvierte el pensamiento clásico, que sostiene que la virtud es la fuente de la felicidad. Pero el monstruo sigue erre que erre, tirando incluso de un victimismo de rabiosa actualidad: “¿Cómo podré conmoveros? ¿No conseguirán mis súplicas que os apiadéis de vuestra criatura, que suplica vuestra compasión y bondad? Estoy solo. Me has hecho más desgraciado de lo que me es posible expresar. ¡No me has dejado la posibilidad de ser justo contigo! Soy un malvado porque no soy feliz”.
El derecho a ser amados
El doctor Frankenstein vacila, como el lector actual. ¿No tiene derecho el monstruo a la felicidad? La actual sociedad terapéutica proclama que sí. Ese es el dilema de Mary Shelley. Pero entre la prioridad de la virtud y la dependencia de la felicidad, se alza la respuesta cristiana, que es la que el monstruo necesita, y nuestra sociedad también. La autora no la destaca, supongo, por su ateísmo. Verdad que la virtud a veces no conduce a la felicidad, pero nadie tiene derecho a ser feliz. A lo que de verdad tenemos derecho todos es a ser amados. A la criatura de Frankenstein le falla el amor de su creador. Lo que nunca nos falta a los hombres, si lo buscamos en Dios. Shelley eso tal vez no podía entenderlo, pero sí que echa en falta profundamente el amor familiar.
LA NECESIDAD DEL PADRE
La experiencia familiar de Mary Shelley no fue buena, y se refleja en sus obras. Su madre había muerto durante el parto, y los personajes de Frankenstein o el moderno Prometeo han perdido a su madre. Frankenstein, Elizabeth, Walton, los De Lacey, Safie, todos la pierden siendo niños. La relación de Shelley con su padre tampoco fue buena, y la joven novelista –que escribió el libro con 18 años– vuelca esa herida en su libro. La falta de unas relaciones familiares normalizadas está detrás, subrepticiamente, de la tragedia. El padre del joven Frankenstein le dice a su hijo que mientras cumpla con sus deberes filiales no tendrá problemas; pero no los cumple. Menos aún cumple sus deberes como “padre” de la criatura monstruosa, de la que se desentiende con asco, a la que niega incluso cuando podría salvar otras vidas si confesase su creación y a la que no puede dar amor ni tampoco cuidados. El egoísmo disfrazado de filantropía, la libertad confundida con la irresponsabilidad, la felicidad propia como excusa universal… El verdadero monstruo de Mary Shelley eran esos hábitos pre-posmodernos, que ahora están entre nosotros.
Artículo publicado en la edición número 72 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





