Gananciales

Gananciales, por Enrique García-Máiquez (y Leonor Blázquez)

En su última columna Enrique García-Máiquez habla sobre la importancia de tener a nuestro esposo presente en todos momento. “Vamos con nuestro cónyuge a todas partes. No podemos darle la espalda y mucho menos darle esquinazo. Es un privilegio… y una responsabilidad”

Por Enrique García-Máiquez (y Leonor Blázquez) / Ilustración: Rikki Vélez

Artículo publicado en la edición número 63 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Conté en Twitter que me encanta poner mi exlibris a los volúmenes que compro, pero que todavía me gusta más poner al final el exlibris de mi mujer cuando los termino. Como mi mujer se llama Leonor Blázquez, las hermosas iniciales de su exlibris, que conforman un velero, coinciden con “Leído Bien”. Un profesor mío de la lejana universidad, don Pedro Serna, comentó algo así como “qué hondo”. Me sorprendió, pero para eso están los maestros: para descubrirte lo que interesa incluso si lo has dicho tú.

Naturalmente, él tenía razón. La anécdota trae su categoría camuflada. Como ya nuestras bibliotecas se habían fundido, no tenía sentido tener dos exlibris en régimen de separación de bienes. Mi costumbre parecía, en principio, una manera de amortizar el sello que le regalé cuando novios, y nada más. Sin embargo, detrás de cada lectura de cada libro hay mucho tiempo conyugal invertido. O porque leía solo en mi despacho o porque estaba con ella, pero callado, en otro mundo. A base de renuncias superpuestas, ella había leído el libro y este merecía su exlibris.

No sé cómo no había caído antes. Además, si somos una sola carne, los ojos con que leo suyos son, como lo es la memoria con la que me quedo con el argumento de la novela o los argumentos del ensayo. Siempre me emocionó aquella historia de Antonio María Oriol, cuando lo secuestró el GRAPO. Él sabía la hora fija en la que su mujer iba siempre a Misa y entonces se unía a ella más íntimamente con un acto de voluntad. Pensaba que, siendo ambos una sola carne, cuando ella recibiese el Cuerpo de Cristo, lo recibiría él. En ese instante hacía una comunión espiritual, pero estaba convencido de que, en realidad, participaba en una comunión conyugal, mucho más física, y doblemente sacramental. De alguna manera, el mismo razonamiento vale para la lectura laica, salvando las distancias. El exlibris tras mi lectura está tan justificado como la acción de gracias de Oriol después de la misa de su mujer.

“Vamos con nuestro cónyuge a todas partes. No podemos darle la espalda y mucho menos darle esquinazo. Es un privilegio… y una responsabilidad”

Esto se puede llevar tan lejos como uno vaya en su vida cotidiana. Porque vamos con nuestro cónyuge a todas partes. No podemos darle la espalda y mucho menos darle esquinazo. Es un privilegio… y una responsabilidad. Por lo negativo, para no entrar uno en donde no nos gustaría meterla a ella. Y por lo positivo: para saber que todas nuestras comuniones le atañen personalmente, y viceversa.

Aunque Antonio María Oriol y Urquijo y yo nos lo hemos traído, con la querencia, a lo católico, esta idea alentaba en Platón. ¿Qué otra cosa es, si no, el mito de las medias naranjas, esto es, que el hombre y la mujer somos seres incompletos que solo logramos ser plenamente gracias al amor que nos funde? En una misa rezando, en una biblioteca leyendo, paseando, durmiendo… o donde sea. Este artículo, mismamente, lo podíamos firmar los dos, aunque Leonor todavía no sabe que hoy hemos escrito de ella, esto es, de nosotros.

Artículo publicado en la edición número 63 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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