Por Gabriel García-Máiquez
Cuando me levanté, alarmado por los ladridos y los latidos, llegué a tiempo de recitar a Arquíloco: “Muchos trucos tiene la zorra, pero el erizo uno decisivo”.
Este dístico sirvió a Isaiah Berlin para clasificar a los escritores. Según fueran zorros o erizos: muy variados e imaginativos los primeros; movidos por una sola intuición creadora, los segundos. Shakespeare era un zorro, Dante un erizo. Berlin lo aplicó a Tolstói (zorro) y a Dostoievski (erizo). Yo fui feliz regresando a los orígenes de la cita y viendo al erizo de mi jardín perderse en las sombras, ileso y victorioso.
Pero aquel desenlace feliz no fue el final. Anoche teníamos en casa a la perra de mi suegra, que tiene muy malas pulgas (la perra). Asociándose con la mía, pudieron esta vez con el heroico erizo. Se ve que los trucos de dos zorras (o asimiladas) ya son demasiados para un solo erizo.
«La Creación y las criaturas se sostendrán en el amor que Dios les tuvo y les tiene en su presente eterno»
Lo he lamentado en el alma. Lejos de mí el espíritu Disney. No ignoro la cadena trófica ni los instintos cazadores de los teckel. Sin embargo, en mi jardín me atengo al sagrado deber de la hospitalidad para con todas sus criaturas, grandes y pequeñas.
Junto a los frutales, entierro a los animales domésticos y les escribo un epitafio. Al erizo, aunque no era doméstico y ni nombre propio tenía, le he dado un sitio en el panteón. Por el cariño que le tenía tras aquella victoria arquilóquea y porque de alguna manera le he fallado. Le he escrito este epitafio: “Muchos trucos conoce la raposa; / uno, el erizo, pero decisivo’. / Aun así, lo han matado. Aquí reposa / y en el amor de Dios definitivo”.
Los versos –que me perdone Arquíloco– no están a la altura clásica, pero la idea y el consuelo, sí. Al final, por unas zorras o por otras, la muerte, con sus mil trucos, nos cogerá las vueltas. Sin embargo, Arquíloco, Dios mediante, no estaba equivocado.
La memoria es el truco esencial. La zorra y el erizo de su poemita han atravesado los siglos. Y eso que Arquíloco no sabía, pero nosotros sí, que Dios mira con inmenso amor a todas sus criaturas. Disculpa la fiereza instintiva de los teckels y se enternece con la concentrada valentía del dulce erizo. En la memoria de Dios, perfecta, perviviremos todos.
Los seres humanos, por libres y redimidos, aspiramos a una supervivencia personal, pero la Creación y las criaturas se sostendrán en el amor que Dios les tuvo y les tiene, en su presente eterno. Arquíloco, a estas alturas, ya debe de saber cuál era el truco definitivo. Su poema, de paso, se ha transfigurado: de joya sapiencial ahora es una jaculatoria esperanzada. No es un mal truco tampoco.
Artículo publicado en la edición número 81 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





