Por Enrique García-Máiquez / Ilustración: Artvee.com, pintura de Fra Angelico (Italia, 1400-1455) San Francisco y un obispo santo; san Juan Bautista y santo Domingo.
Artículo publicado en la edición número 70 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.
Lo que pasa con las procesiones ocurre con las devociones y, en otro orden de cosas, con las opiniones, los carismas y los espíritus. Se nos olvida que “para gustos hay colores”, como dice el refranero, o, como dijo mucho mejor Jesús: “En la casa del Padre, hay muchas moradas”. Por supuesto, cada cual escogerá su color y su morada, incluso su color morado, si es el caso, pero dejando que los demás escojan los suyos. Esa libertad de mosaico o vidriera es lo propio del catolicismo. san Agustín, con ese don que tenía para el aforismo, lo clavó: “En lo esencial, unidad; en lo opinable, libertad; y en todo, caridad”. Cada vez que uno quiere imponer su gusto, su capricho, su fundada opinión o incluso su espíritu excelso, no ha de cabernos duda: malo. Incluso aunque su gusto, su capricho, su opinión y su espíritu sean estupendos. Lo malo es imponerlos.
San Agustín lo clavó: “En lo esencial, unidad; en lo opinable, libertad; y en todo, caridad”
Nos recitamos poco los versos del converso inglés y padre jesuita Gerald M. Hopkins agradeciendo a Dios las cosas abigarradas, de dispares colores, los cielos como vacas moteadas, las manchas de rosa de las truchas esquivas, el paisaje troceado en apriscos, barbechos y siembras, lo variable, lo atigrado, lo que es rápido y lento, dulce y amargo, claro y oscuro… Así reza la traducción de Carlos Pujol. Miguel d’Ors en su versión habla de “todas las cosas opuestas, originales, superfluas, raras”; y Ángel Martínez de “todo lo que es a sí mismo contrario […], voltario, vario”. También las traducciones son -complejas y bizarras, haciendo honor a su tema. La inteligencia vive en los intersticios, la alegría se regocija en la libertad, el humor nace de las paradojas y Dios nos ha dado un mundo que da vueltas y vueltas.
Otro poema que me gusta muchísimo es de Juan Antonio González Iglesias: “Tomás de Aquino afirma que el Demonio/ odia la jerarquía, porque sabe/ que el orden es escala ascendente hacia Dios./ Sin embargo, Francisco/ de Asís —cuyo deseo/ era seguir desnudo a Dios desnudo—/ se declaraba ajeno a cualquier jerarquía./ Uno de los dos miente. Creo que es Tomás de Aquino”. Yo estoy con el Aquinate, porque la jerarquía precisamente permite integrar lo diverso en la unidad; pero ninguno miente, ni tampoco el poema de González Iglesias, salvo en el último verso, empeñado en escoger. La Iglesia es tan esencialmente jerárquica como intrínsecamente igualitaria, y canoniza a ambos. ¡Es la actitud! (Aunque, si no le gusta, yo tampoco quiero imponérsela).
Artículo publicado en la edición número 70 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





