La revista más leída por las familias católicas de España

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Hermana Zdenka María

Hermana Zdenka: “Bautizarme ha sido la mayor gracia de mi vida, se soltaron mis cadenas”

Nació en Checoslovaquia, al otro lado del telón de acero, en una dictadura comunista y atea. No conocía a Dios y a los pocos católicos con los que se había encontrado los consideraba “hipócritas”. Ahora en España es sierva del Hogar de la Madre y lucha cada día por dar a conocer a Dios en una sociedad que quiere acabar con la fe. Dos mundos aparentemente opuestos, pero igualmente necesitados de la luz del Evangelio.

Por Javier Lozano
Fotografía: Hna. Kristen Gardner

Artículo publicado en la edición número 69 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

La hermana Zdenka (Turkova) del Crucificado y de la Virgen María (1980) es hoy la superiora de la comunidad de las Siervas del Hogar de la Madre en Alcalá de Henares. Llegó a España con una beca Erasmus como estudiante de Magisterio. Venía con la idea de pasar unos meses en Santander para mejorar su español. Dejaba temporalmente su país, su familia, sus amigas y un novio también ateo, pero se trajo consigo una inquietud interior que no lograba calmar. Lo que nunca hubiera imaginado es que pocos meses después se bautizaría en Priego (Cuenca), en la Vigilia Pascual de 2004, y que más adelante ingresaría como postulante para ser monja, algo que poco antes rechazaba con todas sus fuerzas. 

Lo que iba a ser un viaje de ida y vuelta se acabaría convirtiendo en un camino directo hacia Jesucristo, del que se enamoró perdidamente cuando al fin pudo conocerlo. Su vida muestra el vacío que puede producir una existencia sin Dios, pero también la plenitud que se alcanza cuando se deja transformar por Él. Desde su convento en Alcalá relata para Misión su paso radical del ateísmo a una vida entregada por completo a Dios.

HERMANA ZDENKA MARÍA
Conversa y sierva del Hogar de la Madre en Alcalá de Henares
¿Cómo fue su infancia bajo el yugo comunista? 

En mi casa no se hablaba de Dios, mis padres nunca lo mencionaron. Había cosas que era mejor no comentar y que teníamos que tener cuidado al decirlas. En el colegio debíamos llamar camarada a la profesora y nos educaban en el ateísmo. No se planteaba la cuestión espiritual ni se hablaba de nada trascendente. 

¿Recuerda algún momento que la marcara especialmente?

La muerte de mi abuelo, al que quería muchísimo. Cuando mi padre me dio la noticia, le pregunté:  “¿Le podré volver a ver?”. Él me dijo:  “No, se ha muerto. Le vamos a enterrar y se acabó”. Durante años me asaltó la angustia cuando pensaba en mi propia muerte, pues todo se acabaría; no habría nada después.

“En el colegio nos educaban en el ateísmo y no se hablaba de nada trascendente”

¿Qué sabía entonces de la fe? 

Lo poquito que me enseñó mi abuela. Nos enseñó el Padrenuestro, el Avemaría, y una oración al ángel de la guarda. Y que Jesús nació en Belén y murió en la cruz. Eso me impresionó mucho. Una vez mi abuela me explicó el viacrucis y lo memoricé.

¿Esa semilla que sembró su abuela le ayudó posteriormente?

Fue como una pequeña chispa en mi alma. Si nunca me hubiera hablado de Dios no me habría planteado nada, pero de esta pequeña semilla el Señor también se ha servido. Siendo adolescente nació en mí el deseo de conocer a Dios. Llegué a plantear bautizarme, pero luego concluí que si esa puerta no se abrió era porque Dios no existía. 

¿Qué opinión tenía de la Iglesia? 

Muy mala. Cuando cayó el comunismo empecé a ir a un instituto católico, pues ya estaban empezando a devolver bienes a la Iglesia. Tuve un profesor que era converso que hizo que poco a poco cogiera una idea bastante negativa de la Iglesia. En el fondo creía que era gente hipócrita, que no vivía lo que predicaba y que se creía mejor que el resto. 

¿Y en casa era igual?

El comunismo ha trabajado muy bien el rechazo a la Iglesia Católica. Por eso en mi casa siempre se ha desconfiado de la Iglesia. Se hacían comentarios negativos también contra Juan Pablo ii. 

¿Cómo logró la Iglesia sobrevivir en su país? 

Es un milagro. El comunismo ha hecho mucho daño, también en la Iglesia de mi país. Ha sembrado el ateísmo en varias generaciones, como la de mis padres. En mi generación ya no tanto. Aun así, ha habido gente que ha sido católica siempre y ha mantenido la fe en pequeños núcleos.

¿Se ha liberado ya la Iglesia del comunismo en su tierra?

Está todavía marcada por una especie de autocensura. La Iglesia ya no puede vivir en la clandestinidad. La catolicidad se sigue manteniendo en esas familias, pero fuera hay muchas personas que no saben nada. Mira mi caso: ¿dónde me convertí yo? En España. En mi país todavía veo que la Iglesia está marcada por ese rechazo que experimentó. Pero ahora es un terreno fértil, hay generaciones jóvenes que buscan respuestas. 

¿Tenía usted esa inquietud? 

En mi adolescencia llegué a comprarme una cruz. Era mi forma de mostrar que estaba en búsqueda. Pero como este proceso lo llevé sola y nadie me ayudó, me despisté muchísimo. Luego comencé a salir con un chico que también era ateo. Experimenté el vacío, y en casa me ponía a llorar por una soledad que no me explicaba a pesar de tener familia, novio y amigas. 

Y así es como llegó a Santander con una beca Erasmus… 

Exacto. En una de las primeras clases conocí a una chica que era una candidata de las Siervas del Hogar de la Madre. Ella vio la cruz que llevaba y me preguntó:  “¿Eres católica?”. Y yo le dije:  “No, pero estoy buscando”.  Yo no quería decir eso, y menos a una persona que no conocía de nada. Pero enseguida ella comentó: “¡Qué bien, te podemos ayudar!”. Yo no quería ni ver a una monja, pero al final me presentó a una sierva, que me dio el libro Para Salvarte, del padre Jorge Loring. 

¿Le ayudó su lectura?

Empecé a leerlo muy despacito, reflexionando. El libro iba demostrando la existencia de Dios a través de la creación y eso me resultaba muy cercano. Proponía muchos ejemplos y yo veía que era cierto. Así empecé a creer en Dios. Tenía que ser verdad que había un orden en algo tan bello.

Las siervas del Hogar de la Madre están hoy presentes en cinco países. En la imagen aparecen las religiosas de las dos comunidades de Madrid, entre las que se encuentra la hermana Zdenka (la segunda a la derecha, en la fila inferior).
¿Algo cambió? 

Nació en mi alma un deseo grandísimo de conocer a ese Dios que estaba ahí, del que yo no sabía nada. Ese fue el único motivo que me animó a acercarme más a las hermanas, porque yo no quería tener nada que ver con monjas. Sólo quería conocer a Dios. 

¿Pensó entonces seriamente ya en el bautismo?

Me ofrecieron prepararme para que me pudiera bautizar. Vi que todo iba muy rápido, pero el padre Rafael [fundador del Hogar de la Madre]me dijo:  “Si alguien te ofreciera un millón de euros, ¿dirías ‘uy, qué rápido’, o lo cogerías? Pues el bautismo es una gracia muchísimo más grande que eso”. Me ayudó a decir sí. Empecé una catequesis muy intensiva y ahí empezó otro problema. 

¿Qué problema?

Que no podía seguir teniendo la vida que llevaba. Tuve muchas luchas y decía:  “¿Quién es el Papa y quién la Iglesia para decirme cómo tengo que vivir?”. Me fue difícil aceptar eso y tuve muchísimas luchas. Y fue muy fuerte, porque me parecía que todo lo que había vivido había sido defectuoso. 

¿Cómo logró seguir adelante?

Las Siervas me invitaron a una peregrinación a Roma, pues pensaban que me podría ayudar espiritualmente. Pero unos días antes de ir decidí que no me bautizaría. No me veía capaz de cambiar de raíz mi vida. Pese a todo decidí ir a Roma, para luego dejar de ver a las hermanas…

“Sentí fuertemente el hambre y la sed de Dios; sentí que me moría porque no lo tenía”

¿Qué pasó en Roma?

Veía cosas que me ayudaban, pero por las noches me decía: “No voy a cambiar de opinión”. Pero el último día en Roma acabé en la iglesia del Espíritu Santo. Aunque no sabía todavía rezar, me puse de rodillas. Y en ese momento sentí fuertemente el hambre y la sed de Dios; sentí que me moría porque no lo tenía.

¿Qué le hizo lanzarse al vacío?

La Divina Misericordia. Yo nunca había visto el cuadro, y una chica allí en Roma me llevó a una capilla. Experimenté la mirada de Jesús, que Él me conocía, que sabía todo de mi vida. Las hermanas siempre decían que Dios nos ama, pero yo lo había entendido como un amor general a la humanidad, pero nunca como un amor personal. Me tocó también a nivel intelectual, como si las cosas que antes me costaba entender ahora encajaran en mi cabeza. Cuando salí de allí me dije: “Me tengo que bautizar”.

Se bautizó en la Vigilia Pascual de 2004. ¿Cómo lo vivió?

Ha sido la mayor gracia de mi vida. Experimenté mucha pureza, mucha libertad, como si se hubieran soltado las cadenas que tenía. Además, mucha alegría por estar cerca de Él. Cuando terminó la misa no quería salir, me tuvieron que sacar. Si me hubiera muerto en ese momento, hubiese sido la mejor noticia.

Y tocaba contarlo en casa…

Regresé a mi país y fue una bomba. Pensaron que me había metido en una secta. Me había ido despotricando de la Iglesia, y volvía bautizada. También dejé a mi novio. Encontré mucha oposición en casa porque, además, interrumpía los estudios para volver a España en agosto a dar un año al Hogar de la Madre.

¿Cuándo surgió la llamada a la vida religiosa?  

Bastante pronto. Intentaba estar abierta a lo que Dios me pedía. En una oración en la capilla experimenté otra vez la mirada de Jesús. Era intensa y entendí que me decía que me amaba y me quería para Él. Estuve una semana llorando, intentando convencerle de que no. Finalmente, ingresé el 8 de diciembre de 2004. Pasar de no estar bautizada a ser postulante en menos de un año fue un cambio radical. 

¿Cómo se lo tomó su familia?  

Regular. No me entendían. A mis padres les ayudó verme en los primeros votos y observar el ambiente en el que estaba. Conocieron a las hermanas y mi madre, que hoy sigue prácticamente sin fe, me dijo:  “Te quieren mucho”. Eso una madre lo percibe. Vio que había un ambiente de caridad. 

¿Es usted feliz? 

Muchísimo. Desde mi conversión pasé de ver mi vida en blanco y negro a verla en color. Antes tenía amigos, novio, familia, pero todas esas cosas no puedes vivirlas en paz y en orden si no es con Dios. Todo cobró un sentido y la soledad interna desapareció. 

Para muchos, esto es tirar la vida por la borda… 

He experimentado  “el ciento por uno”. Dejé una familia, y me la multiplicó. Me ha dado una familia espiritual. Tenía un novio que era un buen chico, pero ningún hombre se compara con Jesucristo, el esposo perfecto. Por muy poquito que le demos a Dios, Él te devuelve cien veces más, y la vida eterna.

¿Cómo imagina la vida eterna? 

Estando con Dios, con Nuestra Madre, con los santos y en plenitud. He asistido a muchos moribundos en el hospital, y esto allí se pone a prueba. Recuerdo a una señora que se estaba muriendo, me cogió la mano y me dijo: “¿Usted realmente cree en la vida eterna?”. Apretando su mano le dije: “He apostado mi vida entera a que la vida eterna está ahí presente”. Esa persona murió con los sacramentos y está en la Gloria. Eso es el Cielo: estar en la gloria de Dios, en la felicidad y el amor máximo.

“Es importante crear ambientes donde un joven pueda encontrarse con Dios”

En su país el comunismo intentó arrancar el alma de la gente, en España, hoy las nuevas ideologías intentan hacer lo mismo… 

Hoy hay otro tipo de dictadura con estas ideologías que intentan imponer un estilo de vida. Es lo que pasaba con el comunismo y ahora con la ideología de género. O la aceptas, o eres proscrito o incluso perseguido. En España lo que veo ahora es una gran falta real de libertad de expresión. No se puede decir algo contrario a las ideologías reinantes sino una imposición de ir obligatoriamente a una.

¿Cómo se puede escuchar la voz de Dios entre tanto ruido?

Recuerdo que antes siempre estaba escuchando música. No hay que tener miedo a hacer silencio y a reflexionar en profundidad sobre cosas que tenemos en el corazón. Hay preguntas fundamentales que mucha gente no se atreve a hacerse y hay que planteárselas en el silencio. La voz de Dios se escucha precisamente en ese silencio, en la oración. 

¿Faltan jóvenes que digan sí a Dios en la vida religiosa?

Dios sigue llamando, pero es más difícil que la juventud perciba la llamada. Si no se les presenta a Dios y se les mancha enseguida con la sexualidad o a través de los móviles, es más difícil escuchar a Dios. Por eso es importantísimo crear ambientes donde los jóvenes tengan la oportunidad de encontrarse con Dios y que se les eduque como personas íntegras. Desgraciadamente, muchas personas viven hoy guiadas exclusivamente por sus sentimientos y sus instintos.

¿Qué santos le han ayudado más en su vida de fe? 

Sobre todo la Sagrada Familia. Meditar sobre cómo han vivido ellos y cómo se han amado me ha marcado. Y mi santo protector, el Padre Pío, a quienme he encomendado para que me sostenga. De manera más escondida unas veces, y otras al descubierto, ha intercedido por mí para que me mantenga firme en medio de las luchas que me han traído hasta aquí.

Artículo publicado en la edición número 69 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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