Por Enrique García-Máiquez
Artículo publicado en la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.
Ya Jiménez Lozano advierte de su esencial condición paradójica con un recuerdo de niñez. “Debí de mostrar ciertas proclividades que hacían predecir para mí un menor conformismo y un final funesto. María, una mujer muy joven que ayudaba a mi madre, me advertía, como un profeta bíblico ante cualquier trastada infantil, de que yo era el mismísimo espíritu de la contradicción, y que debería tener cuidado, porque eso me iba a llevar un día a la cárcel o a los periódicos.
Quizás fueron esas proclividades las que me hicieron harto fácil no solo ir contra la corriente del uso de los tiempos, sino también de cualquier identidad cerrada. De manera que me he encontrado, luego, siendo tranquilamente un tory anarquista, un agustiniano helenizante o un ilustrado pascaliano. Es decir, un desastre para cualquier carrera de competencia en claridades. Salvo si se trata de palabras, desde luego”.
Con esas tres paradojas andantes se define a modo de ejemplo. Hay muchas más: ama el silencio retirado, aunque ha publicado decenas de novelas, cuentos, ensayos, artículos, poemas… Ha ganado premios importantes, que desdeña. Desconfía de la estética, como san Bernardo, que, por el amor a Dios, renunció a las bellezas del mundo y, como él, halla en la sencillez una inesperada belleza, aún más estremecida.
Fue cristiano progresista cuando no iba con la mayoría; y es un católico que ama el dogma, la tradición y la liturgia, ahora que tampoco va con la mayoría. Podríamos seguir deshojando paradojas, pero subrayemos lo consciente que es él de que eso conlleva un desastre mundano, pero que es –si se trata de ser escritor– una ventaja indiscutible.
Los literatos sin tensiones interiores pueden hacer una obra redonda y pulida que ruede por el mundo, pero los escritores a contracorriente hasta de sí mismos ofrecen un mundo vivo, vibrante, real. El lector inquieto termina encontrándose allí con un maestro y un amigo para siempre.
¿Por dónde empezar?
Cualquier libro suyo es bueno (en sí y para empezar a leerle). El criterio más sagaz será dejar que él nos salga al encuentro según nuestra querencia. Si somos aficionados a la novela, su insólita Historia de un otoño habrá de deslumbrarnos. O la sonrisa de Sara de Ur. Pocas colecciones de relatos tan emocionantes como El grano de maíz rojo; aunque Libro de visitantes resulta un encantador retablo de Navidad. Si nos apasiona el arte, Los ojos del icono es un ensayo inexcusable. El mudejarillo es una finísima biografía de la infancia de Juan de la Cruz. Cualquiera de sus dietarios han sido un hito de un género en boga: Los tres cuadernos rojos fueron pioneros.
No olvidemos su poesía, recogida en la antología El precio. Para él, sus poemas apenas son esos papelitos que se le cayeron de las manos. Pero fray Luis pensó lo mismo de los suyos, y son clásicos. Como los de Jiménez Lozano, clásico contemporáneo. Es esta otra de sus paradojas, que celebramos tanto.
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