La mujer “hipermoderna”

Estamos ante una mujer exitosa profesionalmente, pero infeliz en el plano existencial
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Por María Calvo Charro

El estudio profundo de la identidad femenina es la emergencia de nuestro tiempo, pues la mujer es esa parte del género humano que concede (o no) el acceso a la vida y por lo tanto tiene una inmensa capacidad para transformar el mundo.

Tras siglos de lucha por sus derechos, la mujer ha logrado la independencia, pero no la libertad, pues se halla sometida a una serie de esclavitudes mucho más perversas que las de siglos pasados: la anticoncepción sistemática y constante desde la pubertad, el aborto como método anticonceptivo generalizado, la pornografía, la obsesión por la perfección del cuerpo y por evitar el envejecimiento, los vientres de alquiler que degradan la dignidad de la mujer y la mercantilizan.

Estamos ante una mujer exitosa profesionalmente, pero infeliz en el plano existencial. Desde los años 60 estamos viviendo una mutación antropológica provocada por una transformación progresiva en nuestros principales códigos simbólicos. Se ha impuesto una presunción de inutilidad masculina en el ámbito familiar, lo que ha conducido a muchas mujeres a rechazar al varón como compañero que equilibra, enriquece y complementa, y al ejercicio de la maternidad en absoluta soledad, por técnicas de reproducción asistida condenando a los hijos a ser huérfanos de padre incluso antes de nacer y anulando la pareja como origen necesario de la vida. Los expertos advierten de que el hijo, en estas circunstancias, puede convertirse en un relleno a imagen y semejanza de los vacíos existenciales de la madre con la insoportable carga de satisfacer las expectativas inconscientes de esta.

“La mayor alteración hipermoderna de la feminidad la hallamos en la mujer ‘no madre’, que renuncia a los hijos, vistos como molestia y obstáculo”

Otras mujeres aceptan al varón como padre, pero este resulta desplazado a un segundo plano en el hogar, dada su supuesta falta de calidad en la crianza y educación de la prole, relegado a ser un mero espectador benévolo de la relación madre-hijo.

Pero la mayor alteración hipermoderna de la feminidad la hallamos en aquella mujer denominada por los psiquiatras la “no madre”, que renuncia a los hijos, vistos como molestia y obstáculo a su realización personal, por medio de la anticoncepción y del aborto –fractura insalvable en el corazón de la feminidad– por considerar que la maternidad es causa de mortificación del cuerpo femenino –la tiranía de la procreación– y una amenaza contra su ideal estéril de feminidad.

Estas mujeres renuncian a esa huella psicológica materna ineludible que acompaña siempre a la esencia femenina y se sumergen sin percibirlo en un individualismo autorreferencial profundamente autodestructivo.

La mujer necesita urgentemente conocerse a sí misma, retomar su especificidad femenina caracterizada por la donación, la sensibilidad, la generosidad, la compasión, el cuidado y la empatía. La mujer está orientada de manera especial hacia la vida, y, experimente o no físicamente la maternidad, tiene una especial capacidad de mostrar el amor de un modo concreto y desarrollar la ética del cuidado. Todas las mujeres, independientemente de la realización concreta de su deseo de ser o no madres, contienen en sí un espacio de acogida que reclama ser colmado y que es la clave para la toma de conciencia existencial de quienes somos.

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