A la orden del día

Leo en el rincón del café y oigo, quiera o no, la conversación del público habitual. Un señor se lamenta de la conducta moral de una hija suya con gran resignación ante la escucha respetuosa y a la vez indiferente del resto. Junto al amor de madre (“Amor de madre, que lo demás es aire”), el amor de padre también tiene su solidez, y el buen hombre justifica a su hija con el argumento de que su comportamiento, que ya ha dicho que no le gusta nada, está “a la orden del día”, y qué le vamos a hacer entonces.

Por Enrique García-Máiquez

Ilustración: Marta Jiménez

El libertario que llevo dentro da un respingo. De pronto, caigo en la exactitud dictatorial de la expresión. Hacer las cosas porque están “a la orden del día”  significa eso: obedecer al día, siendo este, encima, el día, tan transitorio y caprichoso. Si al menos estuviésemos a la orden de la eternidad… Pero la expresión es exacta porque vivimos, efectivamente, bajo el imperio de las modas, de las tendencias, de las corrientes, como el camarón que se duerme. “La moda es un verdugo que sus víctimas aclaman”, escribió Christian Bobin con terrible lucidez.

Mis hijos son pequeños y no me han puesto todavía en el brete de tener que bregar con alguna actitud suya que yo desapruebe, y espero que no pase nunca, pero me temo que todo se andará, porque la vida es muy larga, la libertad personal, gracias a Dios, muy ancha, y mis criterios, bastante estrechos. Para ir preparándome y para aprovechar la lección en cabeza (de familia) ajena, me hago el firme propósito de no excusarlos nunca jamás con el argumento de que actúan a la orden del día. Por muy hijos de su tiempo que sean, los pobres, si no van a obedecer siempre a sus padres naturales, espero que no cumplan al pie de la letra las órdenes de ese padre putativo (el siglo), que tiende a la tiranía.

La rebelión contra el propio tiempo, que algunos más quisquillosos llamamos “reacción”, es la más auténtica, porque el tiempo es el más empeñado en uniformarnos, en marcarnos el paso de la oca o el de la hora, lo mismo da, y el que acabará, si me permiten ponerme un poco melodramático, aplicándonos la pena de muerte sin garantías procesales que valgan. El tiempo bien se merece una revuelta o un intento de tiranicidio, que será una fe de vida, pues, como notó Chesterton, los peces muertos también bajan con la corriente, mientras que nadar contra ella requiere una gran vitalidad.

Si dentro de veinte años alguien me oye en un café excusar algún comportamiento de mis hijos con el argumento de que, al menos, no está a la orden del día, pensará, quizá, que me estoy consolando. Aunque, si se fija en mi tono, lo notará alegre y vigoroso, porque en plantarle cara a los tiempos hay un fondo épico, casi moral, un poso de aventura y vida en libertad como no lo hay en lo otro.