Por Enrique García-Máiquez
No hace falta ser un lince ni un sociólogo para comprender que muchas tradiciones están en peligro de extinción. Con ellas, perderemos dimensiones imprescindibles de nuestra identidad y cultura. No es que cambien las modas, que es lo suyo, es que mueren los modelos de vida, que es lo que no podemos permitirnos.
Además, en un mundo donde la paternidad está en crisis y el avance tecnológico deja obsoletos muchos conocimientos profesionales o domésticos que antes se pasaban de generación en generación, las tradiciones tendrían que emerger como redentoras de un orden natural que no puede invertirse del todo sin un gran trastorno antropológico.
Transmitir costumbres
Hoy las tradiciones guardan a los padres que las guardan. Puede que nuestros hijos trabajen en oficios que aún no existen y con herramientas por inventar. Sin embargo, hay valores, estilos y hábitos imperecederos que podemos y debemos transmitirles, restaurando así el sentido natural de la enseñanza y afianzando nuestro papel como padres.
A la Tradición sobrenatural del Depósito de la Fe, que es la más importante, se suman numerosas tradiciones naturales que, aunque de muy diversa importancia, facilitan la transmisión intergeneracional de usos y costumbres. Abren los cauces.
“En un mundo en constante cambio, las tradiciones son un baluarte contra la erosión cultural”
¿Ejemplos? Las fiestas de nuestros pueblos y ciudades, que nos arraigan en la comunidad, permitiéndonos resistir mucho mejor los embates de una globalización despersonalizadora. A la vez, las costumbres estrictamente familiares nos recuerdan que somos parte de una estirpe, aunque sea a través de un plato de cocina de nuestra abuela o un pequeño léxico íntimo y un conjunto de expresiones entrañables. El filósofo Byung-Chul Han ha explicado que los rituales son de primera necesidad porque desactivan una noción utilitaria del tiempo que nos está estresando y porque disuelven el egocentrismo. El yo se pliega a lo establecido. Las tradiciones aportan paz y armonía.
Las tradiciones le cogen las vueltas al tiempo y marcan la -encrucijada del espacio. Ni todo es correr ni da igual dónde estemos. Los niños perciben intuitivamente todos estos beneficios y las aman. En su búsqueda inconsciente de la identidad hallan en ellas una ayuda insoslayable. ¿Cuántos pequeños han recuperado para toda su familia la devoción a una hermandad de Semana Santa o el gusto por una costumbre local? Tenemos que aprovechar pedagógica y espiritualmente esa querencia. Malo es el “cateto del espacio”, que no es capaz de salir de su pueblo; pero, como advierte Enrique Baltanás, debemos temer más ahora al “cateto del tiempo”, que ignora que las tradiciones son viajes enriquecedores a través de la historia y la cultura.
A los fanáticos de la libertad, que dicen que ya nos reuniremos o rezaremos o celebraremos cuando nos apetezca y no en unas fechas marcadas, Chesterton les contesta que “la filosofía anarquista fracasa completamente porque hace caso omiso de este hecho psicológico, el de la resistencia inicial a hacer lo que sea, incluso cosas apetecibles. […] Las formas y los ritos están pensados para darle el último empujón al que tiene miedo de celebrar”.
Forjar la identidad colectiva
En un mundo en constante cambio, donde la tecnología amenaza con hacer obsoletos muchos de nuestros conocimientos y de nuestros hábitos, las tradiciones familiares se erigen como un baluarte contra la erosión cultural. Son el puente que conecta pasado y futuro y el ancla que nos mantiene firmes en medio de la tormenta del progreso. Defenderlas o restaurarlas, y transmitirlas no es un acto de nostalgia, sino una inversión en la solidez de nuestra identidad colectiva y en la salud espiritual de las generaciones venideras.


Nuevas tradiciones
Crear algo nuevo que perdure. Amamos tanto lo antiguo, lo estable, lo heredado, que nos surge paralelamente la necesidad irresistible de crear algo nuevo que también dure y se transmita, y termine siendo, con el tiempo, antiguo y estable. Es la tercera obligación del conservador. La primera, guardar las tradiciones recibidas; la segunda, restaurar las que se perdieron; y la tercera, crear cosas, costumbres y hábitos novísimos, que merezcan adquirir el estatus de antiquísimos.
No hay paradoja. Todas las tradiciones tienen una fecha de inicio, a menudo más reciente de lo que podría indicar nuestra veneración. Tenemos el ejemplo festivo de las doce uvas de Nochevieja, uno de los ritos civiles más vigorosos en España. Arrancó ayer, en 1909, cuando los excedentes de producción de uva animaron la invención de unos inspirados labradores alicantinos. Dios les bendiga. ¡Les debemos las risas de muchos fines de año, y una buena canción de Mecano! No dejemos que nada ni nadie las deshonre.
Cervantes también vio que nunca es tarde para arrancar un linaje noble. En la defensa que don Quijote hace de doña Dulcinea hay mucha galantería pero también una honda verdad: “No es de los antiguos Curcios, Gayos y Cipiones romanos, ni de los modernos Colonas y Ursinos, ni de los Moncadas y Requesenes de Cataluña, ni menos de los Rebellas y Villanovas de Valencia, Palafoxes, Nuzas […] y Guzmanes de Castilla, Alencastros, Pallas y Meneses de Portugal; pero es de los del Toboso de la Mancha, linaje, aunque moderno, tal, que puede dar generoso principio a las más ilustres familias de los venideros siglos”.
Todas las tradiciones son pocas. ¿No nos transmiten una sensación de pertenencia, de continuidad, de arraigo? ¿No garantizan un futuro habitable y valioso? ¿No nos recuerdan quiénes somos y de dónde venimos y, en ellas, encontramos refugio ante la volubilidad del mundo? Necesitamos más.
Vamos a dar generosos principios. La creación de nuevas tradiciones es una prueba de la vitalidad de una sociedad y de una familia. Eugenio d’Ors gozaba enumerando cuántas costumbres españolas ancestrales nacieron en el siglo xviii, entre ellas, los trajes regionales, tan castizos. Las tradiciones que yo recibí de mi padre o de mis abuelos o de más allá…, mis hijos las reciben con igual alborozo que las que nos hemos ido creando en casa sobre la marcha. Como una corona de Adviento con una vela más, celeste, que encendemos el día de la Inmaculada, “domingo” honorario hispánico; o la receta ritual de la fideuá de cangrejo con fumé de mojarra de la Bahía al fino de jerez, que sólo podemos cocinar con mucha prosapia los hombres de la casa. Lo importante es recibir el legado con agradecimiento. Para cuando los hijos de mis nietos transmitan estas nuevas tradiciones, sus orígenes ya se habrán perdido en la noche de los tiempos. Para iluminarlos, felizmente.





