Libertad religiosa

Salvo para quienes se chupen el dedo, está resultando más que llamativa la escalada de agresiones contra la fe católica que se vienen sucediendo en España durante los últimos años. A veces, adquieren la expresión de irreverencias más o menos provocativas, a veces, de actos vandálicos, pero no faltan tampoco las profanaciones y los sacrilegios más bestiales. Y, ante estos atropellos y ofensas, los obispos siempre salen invocando la llamada “libertad religiosa”.

Por Juan Manuel de Prada

Ilustración: María Olguín Mesina

Uno entiende perfectamente que un buen pastor, para proteger a sus ovejas, debe adoptar formas de expresión y gestos que no resulten chillones ni azucen el azufroso odium fidei. Pero seguir a estas alturas invocando la causa de tales atropellos y ofensas como si fuese, a la vez, su remedio y el cobijo que se nos brinda a los católicos para poder proclamar nuestra fe, me empieza a parecer penoso, amén de intelectualmente inane.

Porque la dura realidad es que lo que nuestra época denomina “libertad religiosa” no es más que una tolerancia socarrona de todo tipo de creencias, sean verdaderas, falsas o mediopensionistas (y con especial aprecio por las más pintorescas o disparatadas), de tal modo que todas valgan lo mismo; o sea, NA-DA. Y, allá donde todas las religiones están toleradas pero todas valen nada, es inevitable que el orden temporal erija una religión propia (en nuestra época, la idolatría democrática) que usurpa los atributos divinos, exige adoración exclusiva y eleva sus paradigmas ideológicos a la categoría de doctrina obligatoria.

La libertad religiosa postula, en fin, que cualquier “ciudadano” puede creer en la Santísima Trinidad, como puede también creer en los Cuatro Fantásticos; admite que cualquier  “ciudadano” crea que la Virgen María concibió por obra y gracia del Espíritu Santo, pero también admite que uno crea que a Peter Parker lo picó una araña y se convirtió en Spiderman. Lo que la libertad religiosa no admite es que alguien se atreva a poner en duda públicamente los dogmas ideológicos sobre los que se sostiene la idolatría política vigente, desde los más añejos (división de poderes y parlamentarismo, pongamos por caso) a los de última generación (ideología de género, pongamos por caso). La “libertad religiosa” puede llegar a aceptar que uno en su casita no cambie de tendencias sexuales; pero, desde luego, no admitirá que dificulte que su hijo se hormone para favorecer ese mismo cambio y, mucho menos, que se atreva a proclamar públicamente que el transexualismo le parece una aberración.

Porque tales ejercicios de patria potestad o manifestaciones verbales son contrarios a la idolatría de obligado cumplimiento. Y quien se atreve a cuestionar los dogmas de la idolatría de obligado cumplimiento se arriesga, en el mejor de los casos, a que hagan escarnio de sus creencias o destrozo de sus templos; y, en el peor, a que le cierren el chiringuito y lo metan en la cárcel.

Nuestros obispos deberían dejar de mentar la soga en casa del ahorcado y abstenerse de invocar la “libertad religiosa” que ha permitido la conversión de la fe católica en un culto cada vez peor visto. Y harían bien en empezar a formar a católicos conscientes que entiendan que existe una idolatría que combate su fe, en lugar de formar católicos zombis que, o bien se resignan al desistimiento, o bien reciben tortas hasta en el carné de identidad. Porque Cristo nos pidió que fuésemos  “astutos como serpientes”.